PUTO DERBI

Por Dani Permuy

Los derbis son especiales, dicen. Y supongo que lo son. No entiendo mucho de esto pero seguro que lo son. Son especiales, sobre todo, si la última vez que uno de los dos equipos visitó el campo del eterno rival (que expresión más de mierda) aún había gente que se preguntaba si internet llegaría verdaderamente a cambiar el mundo. Todo bien, entonces. Especial, especial, especial. Especial de cojones.
Nos puteamos un poco en la oficina, hacemos porras, nos metemos un poco con los jugadores del equipo rival y todos silbamos al árbitro cuando pita en contra, porque es lo que toca.

Todo bien hasta ahí, porque en el fondo, todos sabemos que el Sporting y el Oviedo, como muchos otros equipos y ciudades similares, son dos caras de una misma moneda y que las discusiones entre sus aficionados solo se entienden cuando están dentro de los márgenes del humor. Por eso, cuando alguno se pone a hablar en serio del tema, a buscar clasificaciones históricas, títulos y diferencias estructurales, e incluso filosóficas, entre ambos clubes, lo único que deja realmente claro es tener muy poco mundo o como mínimo, una estrechez de miras brutal.

Los campos de entrenamiento de uno y otro club están separados por unos 30 kilómetros (no necesito mirarlo en Google Maps, aquí es todo tan local, que los márgenes de error son escasos), ambos equipos tienen unas aspiraciones similares (Primero: llegar a primera división y mantenerse. Después: conseguir salvarse un par de jornadas antes de acabar la temporada a poder ser. Después, cada diez o veinte años: soñar con la maldita UEFA (que ahora no sé como se llama), una final de copa y cosas así. Un poco más tarde: intentar no bajar a segunda. Cuando finalmente bajan: volver a empezar, como la peli de Garci). Ambos clubes han tenido momentos de gloria pero no han durado mucho. Que uno haya tenido más momentos de gloria que el otro entra dentro de la anécdota; al fin y al cabo, no es que un club haya ganado la jodida Copa de Europa y el otro haya paseado su escudo durante treinta temporadas por Tercera División. Las diferencias son sutiles, pequeñas, provincianas. En las últimas décadas las diferencias vienen marcadas por un ayuntamiento que ha apoyado al equipo (una decisión desde luego cuestionable) y otro ayuntamiento que no, que lo ha dejado caer, como a la banca (pero al revés). En las últimas dos décadas, ni siquiera podemos hablar de diferencias que tengan que ver propiamente con el deporte, ya ven.

Ambos equipos han hecho buenas campañas a lo largo de su historia, algunas gloriosas, pero ninguno ha podido marcar realmente la diferencia para convertirse en un Athletic, y esto, supongo, tiene un poco que ver con el propio carácter de los asturianos, aunque tampoco me atrevería a jurarlo, aún soy joven (supongo), y tienen también que ver con esa división de dos ciudades que de tanto odiarse, no han hecho más que joderla, joderla y joderla.

Ambos equipos tienen también en común unas sólidas aficiones, que han llenado estadios en momentos impensables y que padecen (y en esto también se parecen) los estragos de juntas directivas a las que solo les ha faltado el loro los garfios y las patas de palo. Ambos equipos tienen también dos canteras potentes, sobre todo la de Mareo, con jugadores subidos del equipo filial que acaban siendo mal vendidos para fichar a verdaderos paquetes y mover el dinero, los sobres y las comisiones. Directivos y fútbol, una mezcla de mierda.

Esa cercanía en todo, les guste o no, es lo que hace que los roces sean como los de dos hermanos durante la pubertad: absolutamente pueriles. Carentes de verdadera sustancia. Y eso es algo que me parecen bien, la gente tiene que divertirse y seguramente nada resulte tan divertido como tocarle un poco las pelotas al de la lado. Un poco.

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Pero luego está la última cosa que ambos clubs tienen en común, y que abunda alrededor de los estadios: los gilipollas. La mierda que la ciudad no es capaz de expulsar. La mierda atascada que lo jode todo por dentro, los gilipollas. Los gilipollas de verdad, dispuestos a apedrear un autobús, a pegarse con la policía, a asustar a un niño por llevar la camiseta de un equipo de fútbol y a partirle la cara al padre de la criatura, o la madre si se ponen. En sus putas narices. En las narices de un niño.

No, no tienen otro nombre, son unos gilipollas, en Gijón en Oviedo y en la República Popular China.  Unos putos amargados incapaces de enfocar su estancia en el mundo hacia algo mínimamente productivo. Unos putos amargados que odian odian y odian. Odian al vecino. Odian a los negros. Odian a las mujeres. Odian a los maricones. Y sobre todo, se odian especialmente a sí mismos, aunque no serán capaces de reconocerlo hasta que ya viejitos se caguen y se meen encima.

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Son esos que no entienden nada, unos putos necios, los que cantan conjuntamente, como ovejas, como ovejas bobas, como ovejas con sus ojos vacíos y bobos, acordándose de jugadores muertos y de cosas aún peores. Son esos que no entienden nada, unos putos necios, los que hacen sonidos guturales cuando toca la pelota un jugador negro, y los que hacen cosas incluso peores.

El derbi sí, el puto derbi. Llamémosle mejor el puto derbi por culpa de esos mismos gilipollas.