Monstruos en el tiempo

Por Víctor Guillot

Querido Medrano:

Este joven y desesperado siglo XXI nos ha juntado para contar sus grandezas y miserias. De una anecdótica gabardina y una estola kilométrica logras construir el relato periodístico de la economía española de las últimas dos décadas. Decía Valle-Inclán que la anécdota es el nervio de la historia. Así es.

Rodrigo Rato ha venido a ser uno de nuestros peores monstruos. De manera que lo monstruoso vuelve a ser un concepto que desde el arte y la política recobra una vigorosa actualidad a través de la crónica constante del saqueo, relatado en los papeles, la radio y las televisiones. Como Verres o Catilina, regresamos a la cueva en la que mora la bestia de la codicia, oculta tras millones de páginas web y una letanía de twits.

El monstruo de hoy nada tiene que ver con el monstruo romántico del siglo XIX. Aquél nos provoca hoy una ternura inconmensurable y apacible. Es el poder literario de lo absoluto que va de lo fantástico hacia lo abstracto. Casi dos siglos después de que Mary Shelley publicase Frankenstein, hoy la figura del nuevo Prometeo sólo nos ofrece un altísimo grado de empatía: cariño, compasión, tristeza. Sus dilemas morales, tan ingenuos; la consciencia de sí mismo, tan trágica; y su voluntad férrea de transformarse en algo mejor, tan épica, sólo nos ofrecen una fisonomía y una psicología del monstruo tan humana que nos conmueve y excita aunque viviera condenado en su propia naturaleza deforme y destructiva.

Y sin embargo, sus manos también se mancharon de sangre.  En ellas también se depositaba la esencia del mal. La filosofía ha tratado de desentrañar eso que hoy entendemos por Mal.   El cine de la Universal, en aquel espléndido periodo de entreguerras,  también nos dio un ejemplo de su semilla, a través de la extraordinaria figura de un monstruo  humanísimo y tenebroso, ingenuo y atávico, moderno, poderoso, eléctrico, encarnado por el magistral Boris Karloff. Bastaba un gesto con sus manos para darnos a la bestia que se despierta cada día con nosotros. En ocasiones cómico y otras tantas doméstico, lo monstruoso consistía en la superación del límite de lo humano, como si aquel film del genial James Whale no fuera otra cosa que un ensayo presocrático sobre la naturaleza humana y la naturaleza de las cosas. Pero en aquel concepto del Mal, no había nada anecdótico, ni siquiera banal. De la banalidad del Mal nos alertó Hanna Arendt y la rescato aquí, querido Medrano, para advertir que esa banalidad ya no se da sólo en las guerras étnicas o políticas, sino también en el combate diario de nuestra economía.

Dominique-Strauss-Kahn
El ex-director del FMI Dominique Strauss-Kahn

Cuánto han cambiado las manos del monstruo. De él cuelgan hoy los relojes más caros. Acarician billetes, pechos, nalgas y coños.  Sus dedos se desperezan cada mañana con la manicura recién hecha. No conocen frontera en su depravación. Detentan todo aquello que desean. Veo a Rodrigo Rato como un ejemplo del nuevo bestiario 2.0, que ha mutado en su fondo y en su forma hasta hacerlo irreconocible a la luz de los románticos. Quiere uno decir, querido Medrano, que el monstruo de hoy es un animal político, económico y financiero, un ser épico que viste todos los días trajes gris marengo, estolas kilométricas y chaquetas de Pierre Cardin.

Rato, Straus Khan o Madoff. El monstruo de hoy es un hombre ausente de culpa que pierde cabello en las almohadas del Richt. Ha inventado la nueva economía, el NASDAQ, los paraísos fiscales, los productos financieros; son los padres del neo-capitalismo. Ellos lo fundaron, a sabiendas de que el nuevo Frankenstein es un monstruo que devora todo lo que le rodea hasta devorarse finalmente a sí mismo. Nos descubrieron el dinero como si de un pecado se tratara, la sangre que uno necesita para alimentarse de más sangre. Amasar fortuna para acumular más fortuna hasta acabar enterrado en un mausoleo de oro o con los huesos en la cárcel.  Nada les limita, todo lo pueden. Son vampiros de una ficción escrita en un billete de dólar, dispuestos a la destrucción de todo y sin ninguna pretensión por salvar su alma. Caminan sintiéndose inmunes por los juzgados, inocentes de todo aquello que se les acusa.

Lo dijo Rato durante su comparecencia: “Es el mercado, amigo”. El monstruo es el mercado, la mano invisible de Smith, vino a decirnos con toda su soberbia. Straus Khan reclamó su inocencia firmando un cheque en blanco después de que fuera acusado de abusos sexuales y se desvelara su estilo de vida. La farlopa, las putas, el champán y las orgías esperaban al máximo responsable del Fondo Monetario Internacional antes y después de que decidiera dar un préstamo a Argentina o presionara a los Estados para que subieran o bajaran los tipos de interés. Abel Ferrara, católico desmesurado e inmoral, nuestro director maldito, lo contó muy bien en Wellcome to Nueva York con un Depardieu grotesco y monstruoso en la piel del hombre más poderoso de la economía global. “Yo soy inocente y a nadie le hecho mal”.

madoff110307_560
Bernard Madoff, fundador, estafador condenado a perpetua

 

Lo ha vuelto a hacer Barry Levinson, el pasado 2017 con Robert DeNiro encarnando a un Bernie Madoff  carismático como sólo lo pueden ser los hombres hechos a sí mismos, pero que estafó 75.000 millones de dólares en 20 años. Madoff inventó la nueva economía americana. Era, en esencia, un hombre honesto que prestaba dinero y fabricaba inversiones. Y sin embargo, todo era mentira. No había nada en aquellos libros contables, tan sólo una ficción que había logrado dominar la realidad económica de los Estados Unidos durante un cuarto de siglo. Se cumplen 10 años desde que fuera acusado por estafa piramidal y aún no comprende qué hace un tipo como él en la cárcel. ¿Era su codicia o era la codicia de los demás? se pregunta todos los días. Uno de sus hijos se colgó de una soga desde un apartamento de la 5º avenida. El otro falleció por cancer y su mujer no quiere saber nada de todo.

Goya Giant II

El monstruo de hoy es el gigante que pintó Goya hace dos siglos,  el mismo titán que superó el romanticismo a través del expresión cruel de los gestos de un hombre; y sigue vigente. Tras su paso sólo queda la nada, que ni siquiera es lo mismo que el vacío. Ahora que se hunde el Titánic, ya sólo podemos creer en el átomo y en un perro sacudiéndose las pulgas.