FICX’55: Ferrara, más allá de bien y del mal

Por Rubén Paniceres y Víctor Guillot

Abel Ferrara se ha definido en numerosas ocasiones como católico, su herencia tanto italiana como irlandesa parece justificar el aserto. Pero sus películas nos descubren a un creyente muy especial. Siempre ha habido autores cristianos que han sentido empatía o cierta comprensión hacia los pecadores. Pensemos en escritores como Peguy, Greene, Burgess. Alguno como Papini, en su ensayo El diablo, expresaba la esperanza de que Dios perdonase a Lucifer. Ferrara es algo diferente. No enjuicia con piedad a los renglones torcidos de Dios. Su mirada es la del que se reconoce en el reflejo especular de sus personajes víctimas de las desdichas, que no de las prosperidades del vicio. Pero no demanda la redención, sino que asume la expiación de la culpa.

El individuo debe ser responsable de sus actos y afrontar sus consecuencias. Eso le sucede al policía de El teniente corrupto (Bad Lieutnant, 1992) interpretado por un sublime Harvey Keitel, corroído por todo tipo de adicciones y depravaciones. En vano tratará de engañarse con una fantasía de la salvación, asignándose el rol de vengador del brutal estupro que ha sufrido una monja, mientras sufre alucinadas ensoñaciones , fruto de la ingente cantidad de drogas que consume, en las que cree dialogar con Cristo, para finalmente comprender que los delincuentes que persigue son sus iguales y establecer con ellos una variación desacralizada de la comunión, fumando crack. En análogo sentido encontramos a los mafiosos de El Funeral (The Funeral, 1996), versión inconfesa de Los Hermanos Karamazov de Dostoievski, atrapados en un círculo de venganzas sin fin que los aboca a la destrucción intrafamiliar.

Poseídos por el mal y desgarrados por el deseo insatisfecho del bien, los antihéroes del cine de Abel Ferrara tal vez quisieran ser como el Mefistófeles de Goethe, “esa fuerza que siempre quiere el mal y siempre el bien provoca”. Ese pudiera ser el caso del capo del narcotráfico representado por Christopher Walken en El rey de Nueva York (The King of New York, 1989). Enfermo terminal, quizás del Sida o del cáncer, recién excarcelado se asigna la misión de librar del infortunio a su barrio consiguiendo la suficiente cantidad de capital para edificar un hospital y viviendas sociales. Lo malo es que para ello deberá asesinar a un número considerable de sus competidores en el negocio de la droga, así como de los policías que le acosan. A pesar de sus esfuerzos, Walken no conseguirá su propósito y, en una impresionante secuencia, morirá en soledad, rodeado de una amedrentada legión de agentes de la ley. La búsqueda del absoluto a través del crimen y la ignominia solo lleva a un callejón sin salida.

abel-ferrara-main

Sin embargo, no se estime que el realizador de Ángel de Venganza (Angel of vengeance, 1981), sea un puritano moralista. Ferrara ha pasado por su personal temporada en el Infierno, que diría Rimbaud, y su vida ha transitado por etapas tormentosas. De hecho se podría valorar como una confesión, un retrato en clave de su identidad, a su primera película oficial El asesino del taladro (The Driller Killer, 1979). El carácter central, personificado por el propio realizador, es un trastornado pintor que desahoga su frustración creativa y su marginación social deviniendo en un inexorable asesino en serie que tampoco logrará alcanzar la plenitud artística. Con mayores matices, se vuelve al tema del creador escindido entre la búsqueda del ideal apolíneo del arte y el vértigo dionisiaco de los sentidos en Juego Peligroso (Snake Eyes, 1997). Ahora el protagonista es un realizador de cine, Harvey Keitel de nuevo, – un posible cruce entre John Cassavetes y el mismo Abel Ferrara- que busca la sinceridad en su obra y en su vida personal, pero manipula y casi destruye a sus actores, una Madonna subyugante, y traiciona a su esposa, dominado por su pulsión sexual.

La tiranía de los instintos, tema medular en la filmografía de Ferrara, puede arruinar incluso a los más poderosos como al financiero encarnado por Gerard Depardieu en Welcome to New York (2014), un monstruo, humano, demasiado humano, inerme para controlar su depredadora ansia carnal. La herejía gnóstica atribuía la imperfección de la materia a un aciago demiurgo, no a un Dios Supremo, luego una forma de liberarse del pecado es saturarnos de él hasta el hartazgo, para luego poder escupirlo. Abel, que ha demostrado sus simpatías hacia esa variante heterodoxa del cristianismo en su película, Mary (2005) , parece estar en sintonía con esa visión, pues algo similar les ocurre a los vampiros de The Adiction (1995), que tienen que regurgitar toda la inmundicia que llevan dentro y expirar, para alcanzar la purificación.

Más allá de la culpa y el remordimiento, del perdón y la desesperación el cine de Abel Ferrara es la búsqueda de la aceptación por parte del individuo. Tenemos que vernos en ese espejo oscurecido por nuestra flaqueza y degradación que refleja nuestro verdadero yo. Somos lo que hacemos y debemos convivir con ello. De lo contrario caeremos en la hipocresía, en la vil negación de nuestras faltas como perpetra el homicida astro de la pantalla de Black Out (1997). O, como los personajes de Un cuento de Navidad (R Xmas,2001), transformarnos en individuos alienados, suerte de sonámbulos, que vagan por el mundo ignorantes del mal que hacen. La comprensión de esa pequeña gran verdad, puede que no nos salve, pero nos hará libres para ser nosotros mismos en nuestro camino hacia el cielo o hacia el infierno.

Ferrara y todos los demás

El cine de Ferrara ha sido, por lo demás, un constante enfrentamiento con el discurso moral de otros directores. El primero de ellos, sin lugar a dudas, su coetáneo Martin Scorsese, otro director de tradición católica que en todos sus films encuentra la redención de sus personajes pagando sus culpas con la muerte. Si el rey de New York ansiaba la paz a través del pecado, los personajes de Scorsese buscan, sobremanera, el triunfo, sin reparar en el método, degradado y cruel. Carácter es destino: unos y otros están abocados a la muerte, pero por vías distintas. En Ferrara, hay un sentido del mal inconsciente. Todos sus personajes viven ensimismados en sus propios actos, ajenos a su condición de viles o monstruosos. Por el contrario, en Scorsese, no hay uno solo de sus mafiosos que no sea sabedor de su propia corrupción. A lo sumo es el precio que hay que pagar para alcanzar el poder. Ferrara retrata monstruos, más ligados a una visión romántica sin restar un ápice de modernidad a sus caracteres, mientras Scorsese dibuja a hombres mezquinos que terminarán penando por sus actos acribillados, generalmente, a balazos.

Otro de los directores con los que habitualmente el discursos ferrarista suele confrontar es con el de Lars Von Trier. No deja de ser sumamente interesante la manera en que ambos observan el sexo y el apocalipsis, dos miradas, una visión católica heterodoxa contrapuesta a una concepción individualista y protestante. Mientras el Willem Dafoe de 4:44 Último día en la tierra se despide de sus amigos, en la víspera del fin del mundo, la Gainsbourg de Trier en Melancolía contempla ensimismada como colisiona la luna con la tierra. Este último motivo que desencadena esa visión final de la humanidad no es baladí. Ferrara apuesta por un apocalipsis ocasionado por el propio hombre, que con su ambición capitalista, ha contaminado una atmósfera que arrasará con todo el planeta en una hora y una fecha muy  concreta. Para el director danés, el mal o la destrucción de la Tierra no puede provenir del proceder del hombre.

Abel Ferrara sigue haciendo un cine modernismo, contemporáneo y de una coherencia abrumadora, contraste con sus vicios y sus paranoias vitales. Celebramos a Ferrara como uno de los grandes directores que ha sabido resistir el paso del tiempo y los avatares de la industria del cine para mantener incólume su firma. Bien.