FICX’55: Fantasmas en la carretera

Por Víctor Guillot

“-No tengo por costumbre ir a donde no me llaman.”

El hombre misterioso, Carretera perdida (1997)

Fred, Bill Pulman, es un músico de jazz. Fred vive en una gran casa, a las afueras de Los Ángeles. Su éxito brilla tanto como el saxo que toca y es tan efímero como su chica, auténtica Barbara Stanwyck dispuesta a desvanecerse en la portada de Vogue y con la que no te importaría mudarte a una novela de Chandler o de Caine. Efectivamente, Fred ha conquistado el éxito, pero se siente un intruso en su propia biografía.  Todas las mañanas recibe un video en la puerta de su casa que le recuerda su propio fracaso, esa nieve áspera y sentimental que anuncia la nada y que irá alcanzando mayor nitidez a medida que penetra en su casa, en su chica y en su propia vida. Ya saben, Teddy ha muerto.

Carretera Perdida comienza con el I´m deranged de David Bowie, y la clásica línea amarilla en la carretera, verdadero anticipo de todo lo que vendrá después, esa idea del otro que se transforma en nosotros mismos, a partir de un impulso en mitad del  trayecto que logrará que dejemos de ser nosotros mismos para pasar a ser otros, los que nunca pudimos ser, en cuanto nos miremos por el espejo retrovisor. Sobre Carretera Perdida subyace la metafórica idea de dos mundos que colisionan, el de la lógica cotidiana, y el de ese otro sistema que funciona con otras reglas, las de Lynch, donde el hombre misterioso, Robert Blake, Baretta, nuestro asesino a sangre fría, es el rey.

Carretera Perdida significa revisitar los 90, la era de la confesión Clinton, la era del asesino estrella O.J. Simpson. Los noventa eran años afilados, angulosos, laberínticos, sofisticados. Fred es un celoso compulsivo que no soporta que su chica sea el objeto de deseo de todas las miradas, en una industria del porno sucia, limpia, poderosa. Es por eso que un día Patricia Arquette aparecerá muerta y es por eso que a partir de entonces las reglas de este mundo se transformarán en otras para poder escapar de la culpa. He ahí la mancha humana, que diría Philip Roth, la clave de todo este artificio: Carretera perdida es la expresión de una voluntad que pretende alterar la realidad, o escapar de ella, permitiendo que lo siniestro penetre en el sistema, imaginando chicos en moto, jefes de la mafia como Mr Eddy (Robbert Loggia), femmes fatale y casas que arden en mitad de la noche. Y todo eso está muy bien, pero no deja de producir una profunda sensación de claustrofobia en el corazón de la oscuridad, tan asfixiante como encerrar a un perro en el maletero.

David Lynch reformuló el noir americano con esta cinta escrita por Barry Gifford que incorpora referencias constantes del cine de los cuarenta y cincuenta, desde Perdición de Wilder a Detour de Edgar G. Ulmer, Como en Terciopelo azul, Hitchcock vuelve a estar más que nunca presente, con un Lynch voyeurista obsesionando con la idea del doble, con la idea del otro y desde un punto de vista pictórico, no tendrá reparos en incorporar a Francis Bacon para dar plasticidad al notorio intento de experimentar con los límites del pensamiento, ese que a fuerza de exprimirlo puede ser capaz de alterar nuestra percepción de la realidad, convirtiéndonos en otro.

El FICX recupera en 35 milímetros esta obra maestra del director David Lynch que será presentada por el ensayista Dennis Lim esta tarde en Laboral Ciudad de la Cultura.