FICX’55: Son of Sofía

Por Rubén Paniceres

Dentro del apartado Rellumes se estrena en España la coproducción Greco/Franco/Búlgara, Son of Sofía (2017) dirigida por Elina Psykou, una de las más turbadoras películas proyectadas en la edición del FICX 55, galardonada en el festival de Tribeca.

Mary Shelley hizo exclamar a su criatura,-manufacturada por el doctor Frankenstein-. “Soy malvado porque sufro”. En esa dirección se encuadra el protagonista del film de Psykou. Misha es un muchacho ruso que emigra a Grecia durante las olimpiadas del 2004, para vivir con su madre, Sofía, viuda que ha vuelto a casarse con un anciano griego que en el pasado fue estrella de programas televisivos destinados al público infantil. Las dificultades con un idioma ajeno, la adaptación a un entorno diferente y una relación difícil con su padrastro, son algunos de los problemas que deberá afrontar el chico, aunque el fundamental es su soterrado amor hacia su madre que le hace considerar a un padre postizo como un rival que planeará eliminar físicamente.

El film deviene, así, en un claustrofóbico drama familiar, no precisamente aliviado por las fugas del hogar de Misha que le hace relacionarse con una suerte de hermano adoptivo, un chapero ucraniano, que parece extraído de la obra maestra de Gus Van Sant, Mi Idaho privado( My own private Idaho,1991). La originalidad viene dada porque el realismo de la trama se rompe y colorea con la mítica de los cuentos de hadas para adultos en la tradición de una Ángela Carter o un Robert Coover; unido a los mimbres de la cultura clásica. Misha, que se comporta como un semi autista, encerrado dentro de su obsesión, sólo da muestras de viveza cuando se disfraza de oso, símbolo de su identidad eslava, y ruge como un feroz plantígrado. Su mirada interpreta al mundo como un paraje mágico habitado por dragones, caimanes, árboles de habichuelas mágicas y todo suerte de elementos de las fabulas infantiles. Ello se imbrica con una recreación del mito de Edipo (reinterpretado por el inevitable Freud), y metáforas usufructuadas de Sófocles, Esquilo o la gesta de Leónidas y sus 300 espartanos. Elina Psykou expone, sin concesión alguna a la sensiblería ni la ternura, una dura historia debajo de todas esas capas de mitos y leyendas, que es un descenso al abismo de la locura y la crueldad infantil de la que nos alertaron autores como Henry James, William Golding o Richard Hughes.

En sus mejores momentos la película logra crear una poética surrealista que nos trae a la memoria un añejo film, Leolo (1992) dirigido por Jean Claude Lauzon. Pero es demasiado amarga su conclusión, una afirmación de la negación más absoluta de Misha hacia su padrastro, el cual, debajo de su rudeza, no es más que un pobre viejo necesitado de recibir y dar afecto. No hay un rito de paso liberador, que nos lleve del egoísmo y la perversidad polimorfa de la infancia hacia la madurez de la edad adulta. Psykou viene a sugerir de forma simbólica, que no podemos escapar de nuestros demonios. Y eso, no deberíamos aceptarlo. Recordemos el final de True Detective, de Nic Pizzolatto, donde se medita en que en el principio reinaban las tinieblas y luego la luz se hizo y nacieron las estrellas. Deberíamos buscar esa luz y renunciar a nuestra piel de oso.