FICX’55: París, bajos fondos

 

Dentro de las actividades del espacio de la Laboral se recupera en 35 mm una de las obras maestras de la etapa final del cineasta Jacques Becker, uno de los más penetrantes exploradores del relato criminal de la historia del cine europeo. 

Por Adrián Esbilla

“Es como un juego como los hombres hablan entre ellos”, canta Dominique A.  Como una pose, como una estética.  Leca, el líder de la banda de Apaches de Montmartre le dice a uno de sus hombre que no se vuelva a presentar ante él con una gorra, que da mala imagen al grupo. La guapería viste atildada. Bigote fino, trajes de tres piezas con chaquetas de cuatro botones, fajines, zapatos brillantes, relojes brillantes, navajas brillantes.

Llevar gorra o sombrero es una diferencia de clase, como también le hacían ver a Al Capone en Boardwalk Empire. Es parte de una forma de hablar, de estar, de conducirse. Es parte del escaparate y del ritual. Jo Manda, en cambio, no necesita posar. Viste la chaqueta “chore” del obrero, gorra y pantalones de pana. Dice lo justo y  lo que dice lo cumple. No desentonaría en la película final (y definitiva) de Jacques Becker, esa Le Trou que hizo a partir de las memorias de José Giovanni, apache de otro tiempo.

Serge Reggiani, no hubiera desentonado entre aquel grupo de hombres secos, adustos. Tampoco lo hace en el París de la Belle Époque, a cuya crónica negra Becker recurre en el fondo para articular la forma a partir de una recreación vívida del impresionismo y el post-impresionismo, en especial Renoir y el cartelismo de Touluose-Loutrec, de uno de cuyos cuadro es tomo el título origina Casque D’Or. No es una cita estéril, un esteticismo de postal, sino una impresión vívida, teñida de sordidez y violencia de rostros deformados y cuerpos convulsos. En su representación, Becker se inclina por el expresionismo y tenebrismo, igual que lo hace en su legendario, trascendente, final.

Casque D’Or es Simone Signoret, puta altiva del barrio bajo, femme fatale por defecto que se sacrifica en vano, si entender que el código de Manda no permite esa generosidad y su coste. El mundo viril de París, bajos fondos es impenetrable, igual que el rostro de Serge Reggiani, cara de perdedor, ojos tristes que solo cambian en al electrizante presencia de Simone Signoret. Giran y bailan y todo a su alrededor desaparece. Todo menos el fatalismo, la esencia trágica del relato en negro.