FICX’55: Harry Dean Stanton, un americano tranquilo

Por Rubén Paniceres

El crítico estadounidense Roger Ebert, afirmaba que ninguna película en la que interviniese Harry Dean Stanton podía ser mala del todo. Era un reconocimiento a un peculiar actor que solo en muy contadas ocasiones ejerció el papel central de una película, pero su personalidad se hacía notar en el más de un centenar de producciones, tanto para el cine como para la televisión, que interpreto a lo largo de su longeva existencia. Actor sobrio, parco en su gestualidad, y operario, como diría Flaubert, de la palabra justa, lejos de las verborreas inagotables que tanto gustan a los fans de Tarantino, Stanton desplegó una galería de personajes en títulos ya clásicos como A través del huracán (Ride The whirlwind, Monte Hellman, 1966), Dillinger ( John Millius, 1973), El Padrino II (The Godfather II, Francis Ford Coppola,1974), Alien, el octavo Pasajero (Alien, Ridley Scott, 1979), Sangre Sabia (Wise Blood, John Huston,1979), 1997: Rescate en Nueva York (Escape from New York, John Carpenter,1981), Corazón salvaje (Wild at the heart, David Lynch, 1990), o su protagonismo absoluto en la, posiblemente, mejor película de Win Wenders: Paris, Texas (1984).

Mis compañeros de NEVILLE, Victor Guillot y Adrian Sánchez sostienen que Harry Dean era un actor al que se le adaptaban los papeles como una segunda piel. No era Dean Stanton quien se ajustaba a ellos. Ciertamente, Stanton, aparentaba ser ajeno al famoso método del Actor´s Studio, que propugnaba que el actor debía convertirse en el personaje que interpretaba. Un servidor siempre ha considerado a la fábrica de histriones, fundada por Elia Kazan y Lee Strassberg, como un falaz recurso para la exhibición de una artificiosidad en la interpretación que raya en el narcisismo. Los actores del Hollywood clásico puede que no pudieran interpretar a Shakespeare o a Tennessee Williams tan espectacularmente como un Marlon Brando, pero a cambio ofrecían una naturalidad y un carisma sustentado en la personificación de unos arquetipos que el público sentía como cercanos. Ese era el don de Harry. Ser un icono de la intrahistoria de la América poblada por aquellos que James Agee quería elogiar como hombres ilustres. Daba la sensación de que cuando veíamos a Henry Fonda subir una colina en la obra maestra de John Ford, Las uvas de la ira (The Grapes of Wrath, 1940), muchos años después descendía más viejo y desencantado, tal vez más sabio, con los rasgos y el estoico desaliño de Harry Dean Stanton. Un hombre discreto que poseía la delicadeza de ahorrarnos el recuento de sus naufragios en la travesía de la vida. Su corporeidad famélica y levemente desvalida de perpetuo secundario, alguien, que debía abandonar el lecho de su amante para dejar sitio al galán protagonista en Pat Garret y Billy the Kid (Sam Peckinpah, 1973) no podía ocultar su fuerza interior y su capacidad para atraer la atención de la cámara. En el citado film de Peckinpah, hay una secuencia en la que el primer plano lo comparten las figuras estelares de Kris Kristofferson y Bob Dylan, pero al fondo Harry es el que da sentido a la escena, cuando le dice a Billy el Niño que si va a México no será más que otro gringo borracho.

El poder del sentido común del hombre de a pie, -el cual, como diría el poeta, es el semejante, el hermano, de nosotros los hipócritas espectadores- es el que desinfla la artificiosidad de los héroes de leyenda y prefiere imprimir la realidad. Las estrellas nacen y mueren, son la proyección de los deseos reprimidos del público, pero son proclives a la caducidad, a la obsolescencia planificada. Mientras, los actores de verdad, como Harry Dean son el único punto inamovible en una era de cambios. Así, cuando vemos a Nueva York arrasada en la ciclópea batalla entre superhombres y amenazas interestelares, en Los Vengadores (The Avengers,Joss Whedon, 2012), Harry hace un insólito cameo en el que ,de manera silenciosa parece decir “es que van como locos”.

La idiosincrasia estadounidense de Stanton se hacía patente en todos sus papeles. Cuando interpretaba a un bizarro San Pablo, en la no menos bizarra La última tentación de Cristo (The Last Temption of Christ, 1988) de Scorsese, nos investía al apóstol de un aura más próximo a los personajes de Cormac Mcarthy que al autor de la epístola a los corintios. Eso no le impedía exhibir en ocasiones una cierta sofisticación como en la producción europea La muerte en directo ( La mort en direct,1980) , film dirigido por Bertrand Tavernier, en el que personificaba a un avieso productor televisivo que pretendía hacer un pionero reality Show filmando la agonía de una Romy Schneider como enferma terminal. Harry Dean desarrolló el rol inspirándose en la personalidad de Hugh Heffner, el fundador del imperio Play Boy, entrevisto como un vendedor de alienación disfrazado de mendaz progresismo. También, era capaz de aportar tenue comicidad en Corazonada (One from the heart, Francis Ford Coppola, 1982), Repo-man (Alex Cox, 1984) o el estrambótico cortometraje de David Lynch, The Cowboy and the Frenchman(1988).

Su interpretación póstuma ha sido en Lucky (John Carroll Lynch ,2017) que se estrena en España durant la presente edición del Festival de Cine de Gijón. Un papel que, según el consenso generalizado, pudiera haberle conseguido el Oscar al mejor actor protagonista. Tristemente, Harry nos ha dejado a la edad de 91 años. Pero siempre nos quedará el recuerdo de aquel hombre que venía del desierto al principio de Paris, Texas, y se perdía al final en la oscuridad de la noche, rumbo a un ignoto destino. Entre medio asistíamos a un viaje tanto físico como espiritual en el cual, con la mesura que siempre le caracterizó, Stanton nos ilustraba sobre la pena y la alegría del amor y la soledad del corazón humano. Personalmente, yo siempre recordará al hombre que SÍ estuvo allí en tantas películas memorables. Hasta siempre Harry Dean.