FICX’55: Arnaud Desplechin, la gran melancolía

 

Arnaud Desplechin trae al FICX 55 Los fantasmas de Ismäel, su nueva colaboración con ese rostro-estilo que es el actor Mathieu Amalric. Desde Neville proponemos unas notas sobre el cine conjunto de ambos creadores que intenta dar una serie de claves con las cuales dejarse llevar por películas que son como ríos, como alambicados pedazos de vida.

 

Las películas de Arnaud Desplechin ha ido, progresivamente, pareciéndose a una novela. Como si el lenguaje de la imagen hubiese capitalizado el de la escritura, pero al tiempo se hubiese dejado contaminar del mismo.  Son novelas “imaginadas”; novelas que contienen cuentos, ensayos, poemas, cartas…piezas de un idioma en fuga. Parecen buscar una forma de relato integral, inaprensible. Una imagen de vida ficcionalizada. De vida propia y ajena, además. El esfuerzo, claro, es demencial y sus película, en coherencia a sus personajes están dominadas por la melancolía.

Esto determina su humor cambiante, su disonancia tonal, su dodecafonía. Pero, a la vez, hay en ellas una hermosa línea armónica, una melodía emocional/emocionante. Son relatos sentimentales, historias de gente cercana (la familia por encima de todos, también los amigos y los amantes), que se sincera y pasa a otra cosa, que se comprende, se hace daño y se sonríe. Melodramas folletinescos reinventados, pasados por cineasta anteriores (Eustache, Garrel, Green, Truffaut, Cassavetes, Bergman…) que van a dar a esa singularidad que es Arnaud Desplechin.

Su cine es barroco y caprichoso, temperamental. La melancolía que decía, el humor del momento. Al contrario que muchos cineastas, que según avanzan en sus carreras lo hacen hacia el ascetismo, hacia el quitar, Desplechin lo ha hecho hacia la suma. Ha ido poniendo más y más cosas en sus películas-río, como si la siguiente contuviese a la anterior y así.

No es algo nuevo, su evolución hacia ese macrorelato fue rápida y, no en vano, coincidente con la aparición en su obra de Mathieu Amalric, quien representa en su estilo nervioso, al tiempo contenido y expansivo, melancólico de nuevo, el núcleo del cine de Desplechin. Amalric ejecutó la sustitución efectiva de los Yo masculinos anteriores de Desplechin en la tercera película de este, un monumental relativo viviente de tres horas sobre las relaciones sentimentales, la angustia vital y todo lo demás: Comment je me suis disputé… (ma vie sexuelle) (1996).

Emmanuel Salinger, protagonista masculino de sus dos películas anteriores fue arrollado por Amalric y, al tiempo, Desplechin encontró en él el complemento, el igual, de Emannuelle Devos, el Yo femenino del director. Ellos son Paul Dedalus (Dedalus aquí, Bloom en su última colaboración, la referencia se explica sola) y Esther, la pareja/ no-pareja. El amor decimonónico para el Siglo XX que Desplechin revisa, años después, en otros cuerpos en Tres recuerdos de mi juventud. Es él y ya son sus propios personajes los que tiene esos recuerdos. Amalric regresa como Paul Dedalus para contar, en tres historias y el habitual epílogo su juventud y como conoció a Esther.

Es la primera vez que noto que una película de Desplechin me parece vieja, anticuada. Sus recursos ya los ha explorado antes, es redundante, repetitiva. Está su coqueteo con los géneros, con el tropo común para darle la vuelta, sus elementos descaradamente literarios y anticinematográficos, la desestructura, que se exagera en la colección de historias-recuerdos que dan mayor importancia al atroz vívido que a la vaga impresión general. Pero, de algún modo, algo falta. Algo de verdad, de naturalidad.

Aunque tal vez todo responda a algo, ese contener o integrar lo anterior que mencionaba antes. Tal vez Desplechin esté cerrándose sobre sí mismo, algo que se ve también en Los fantasmas de Ismaël, donde regresa Amalric como protagonista en cuerpo y alma y donde también lo hace Marion Cotillard como presencia por igual carnal y fantasmagórica. Ya había estado, en realidad, en Comment je me suis disputé… (ma vie sexuelle) donde, breve pero fulgurantemente había sido todavía más carnal y espectral, directamente angélica. Allí su belleza hacía temblar y descubrir la vocación religiosa la propio Desplechin en una memorable secuencia.

Ismaël era también Amalric en Reyes y Reina, donde todo el dispositivo de Desplechin hace click con una perfección devastadora. Amalric era un violinista como una chota, segundo amante (o rey) de la reina Devos. Ella, llena de pasado se enfrenta a la muerte gradual, inapelable de su padre, un célebre escritor a quien encarna de modo estremecedor Maurice Garrel, apdre del director Phillippe Garrel. Devos no es Esther, sino Nora, pero como Ismaël parece una variación de aquella, tal vez otra encarnación posible.

La cámara parece flotar, el montaje acoge la síncopa y el ritmo se amolda al personaje que dirige la secuencia. Los personajes nos hablan directamente, nos leen sus monólogos interiores y nos hacen partícipes de ellos mismos y sus espacios. La película es una locura, no hay fronteras en ella, sino una sensación absoluta de libertad. El absurdo y el dolor se resumen en solo uno, igualados. Desplechin se abre incluso a lo fantástico, algo que domina ahora Los fantasmas de Ismaël, en una emocionante secuancia donde Devos habla con pasmosa naturalidad con su primer amante, suicidado diez años antes. Las puertas de la muerte, la enfermedad y la locura, abren la percepción.

Los tres son elementos esenciales de su cine, unidos a una progresiva idea de la herencia, de las generaciones. En Un cuento de Navidad una familia (padres, hisjos, nietos…) se reunen en la casa para unos días. Sí en Comment je me suis disputé… (ma vie sexuelle) y en especial en Reyes y Reina el relato se desperdigaba entre historias dentro de historias y personajes dentro de relatos que se quitaban la voz los unos a los otros, esta vez se concentra. Seguimos en el río, pero nos hemos detenido en un remanso. Es un melodrama sin gritos, su delirio es paradójicamente sereno y su humor acogedor y doloroso por igual. El estoicismo de la madre, Catherine Deneuve ante su enfermedad, lo define. La relajada interpretación de la actriz o la bonhomía y el humor de Jean-Paul Roussillon, de nuevo comprensivo padre de Amalric como en Reyes y Reina, determinan el sentimiento de la película, su decidida voluntad de alcanzar una paz de espíritu aunque sea momentánea.

La brutal amargura de la carta, hablada directamente a cámara como se leen las cartas en el cine-epistolar de Desplechin, por parte del padre de Nora en Reyes y reina no tiene espacio aquí. La balanza de la melancolía se ha movido hacia el lado luminoso. Desplechin explica su cine como trozos de historias y piezas sueltas concentrados en una sola corriente. Se define como creador intuitivo, influido tanto por la literatura, la música o la pintura, que también practica, como por el cine. Y sus historias y personajes son expresiones de si mismo, de sus momentos e intereses. Su cine es memorístico e intenso, marcado por el recuerdo, la alegría y la angustia y parece que ya no va, sino que vuelve, desandando lo andado para buscar sus días dorados, Tres recuerdos de juventud se tituló en inglés, desde un ahora que es cercanía al final.