FICX’55: Loving Vincent

 

El esfuerzo conjunto que es una película pocas veces adquiere una representación tan clara como en la animación y, prácticamente ninguna como en trabajos del tipo del presente Loving Vincent, un auténtico devocionario. Proyectada dentro de la sección Animaficx, los créditos como directores se reparten entre la animadora polaca Dorota Kobiela y el productor británico Hugh Welchman, pero los autores son, en realidad, el grupo de abnegados artistas que le han dado, literalmente vida.

Por Adrián Esbilla

 

Loving Vincent usa, para su propia existencia, el truco del género. El recurso al enigma, la especulación en forma de investigación sobre la muerte de Van Gogh, crea una línea narrativa que permite trazar una historia a partir de sus pinturas, de sus paisajes y rostros. La colección de actores populares que prestan su rostro y cuerpos para que su actuación se rotoscopiada después, deben de haber ayudado también en gran medida a que Loving Vincent sea algo más que un modesto experimento. La estructura comercial, el desarrollo técnico, de vanguardia.

Los flashback en blanco y negro, que rompen tanto la estética como la plácida melancolía de la película, introduciendo algo tortuoso, en correspondencia con la personalidad del pintor, conforman un puzle de conversaciones, de cuadros (vivientes) que dialogan sobre quién fue su creador. Tal vez por ello, la más estremecedora recreación sea la epigonal, con el propio Van Gogh dirigiendo su intensa mirada al público, vivo en la pintura.

Esta, con su textura táctil y la densidad de las pinceladas visibles, responde a los cambios de luz y al movimiento integrando la naturalidad del movimiento y la expresividad del gesto incluso en sus aspectos más sutiles. Aunque el desarrollo descanse en el diálogo, lo que impresiona es como personajes y arquitecturas, objetos y naturalezas pertenecen a los espacios, tiene peso en ellos. No hay abstracción en Loving Vincent, sino que parece que la realidad naturalista haya sido remodelada en los colores dorados, azules y verdosos de Van Gogh. Y a través de eso se trasciende el logro técnico, el esfuerzo empleado merece la pena más allá del asombro y se llega a la emoción.