FICX’55: Los peces rojos, fantasmagoria en Gijón

Por Adrián Esbilla

 

 

En 35 mm. Gran formato, vuelve a Gijón Los peces rojos,  relato en negro de una ciudad fantasmagórica.  Clásico oculto del cine español, clásico por categoría y oculto por venir dirigido como José Antonio Nieves Conde.  Prestigioso en su día, caído en el olvido luego por su filiación falangista, y hoy reivindicado es autor mayor de títulos como la neorrealista Surcos o El inquilino, comedia masacrada por la censura. Los peces rojos es un exponente rotundo del noir español, en su vertiente melodramática, que producido desde Madrid se contrapone al espíritu más directo, de bolsicine, de la escuela barcelonesa.

Para la majors (convengamos) de la capital -CIFESA, Hispamer, Suevia…- los thrillers eran una parte más de la producción, un complemento que podía ser económico o más lujoso y de prestigio, como esta misma de Nieves Conde. En cambio, las productoras barcelonesas estaban enfocadas al género ya la consecución de una suerte de serie B. Existía una preocupación mayor por el rendimiento económico inmediato, que garantizase la continuidad de las empresas. Por ejemplo, Ignacio F. Iquino produjo 3 títulos como Emisora Films y 14 como I.F.I, Alfonso Balcazar, otro futuro indispensable de las coproducciones y subproductos, entregó 4 en solo 1 año (entre 1954 y 1955), más que la madrileña Hispamer, que fue la que más  insistió en el noir, con 3 cintas. El barcelonés era un thriller espartano, lacónico, directo, muy diferente en forma y fondo al estilo denso y las intenciones psicológicas de su homólogo madrileño

Así, Iquino y Nieves Conde pueden funcionar como los extremos del género a la española. Ambos son, además el ancla del noir español de la época con los protonegros de los 30 y 40. Las tres primeras películas como director de Nieves Conde, previas a su éxito nacionalcatólico Balarrasa, transitan las afueras del género. Senda ignorada , ambientado y desarrollada en EEUU con total voluntad mimética, Angustia , un mistery de regusto británico y Llegada de noche, una curiosa intriga en clave paranoica, con ambientación de época y flecos folklóricos.

Es el elemento paranoico, la tensión entre la realidad, percepción y fabricación, que liga estas con Los peces rojos. Rica en interpretaciones y posibilidades, dotada no solo de una historia apasionante y enormemente original, sino de un sustrato metaficcional sorprendente, gravita sobre la misma creación y puesta en escena de una alambicada ficción. En la película, un escritor frustrado que nunca ha logrado publicar por su aversión al realismo imperante, detalle autoirónico de Nieves Conde,  terminado por crear un personaje definitivo que le permite seguir viviendo de las rentas: su hijo imaginario. Cuando la corista de la cual está enamorado se encapriche del hijo fantasma (o más bien de su dinero al descubrir un extracto bancario) el protagonista confesará y entre ambos tramarán una charada que termina con la muerte ficticia del hijo ficticio… con el fin de cobrar una herencia real.

Esta historia, sugestiva y compleja de por si obra de Carlos Blanco, guionista gijonés autor así mismo de otra pieza clave como Los ojos dejan huella del no menos falangista José Luis Sáenz de Heredia, se articula con arreglo a una narración acronológica donde las distintas vías y puntos de vista (de los personajes y sobre los personajes) abarcan por igual el abismo de la locura, la culpa en clave hitchcockiana, la investigación policial, la ambición humana y la reflexión sobre el medio desde el medio mismo.

Los peces rojos es la puesta en escena de la puesta en escena de una mentira confundida con una verdad. Fascinante. Elegante siempre, intensa e inteligente, interpretada por una sensual Emma Penella y el gran actor mexicano Arturo de Córdova, equilibra la precisión en el retrato de ambientes la estilización del melonoir y los bordes del fantastique con esa atmósfera mortuoria de Gijón azotado por una galerna. Un logro mayúsculo, un film singular a la altura de los mayores logros de Robert  Siodmak, Jacques Tourneur, John Brahm o Edmund Goulding.