FICX’55: José Antonio Nieves Conde, integrado pero apocalíptico

La proyección en Laboral de Los peces rojos, obra clave de su carrera, dentro de las actividad del FICX 55, impulsa a Neville a recorrer el legado de José Antonio Nieves Conde. Un cineasta fundamental para la historia española cuyos méritos comienza a contemplarse fuera de los prejuicios. 

Por Rubén Paniceres.

Nacido en Segovia en 1911 (fallecido en 2006), José Antonio Nieves Conde es un caso atípico en la historia del cine español. Hombre que nunca abjuró de su ideario político (fue militante de Falange desde antes de la Guerra Civil), es autor de algunas de las películas representativas del ideario nacional católico, como Balarrasa (1950) con la santificación de un sacerdote, ex legionario, un magnífico Fernando Fernán Gómez, capaz de desfacer todos los entuertos habidos y por haber. Pero, y aquí empieza nuestro cineasta a romper el estereotipo oficialista, sus bondades son recompensadas por el Altísimo, con la muerte por hipotermia, en la soledad de los paisajes de la helada Alaska.

Nieves Conde parecía dos cineastas distintos en uno solo. Por un lado el director que filmaba  melodramas religiosos sobre textos de José María Pemán, Rebeldía (1953) o panfletos  anticomunistas como La legión del silencio (1955, codirigida por José María Forqué).  Pero, también, el  autor de algunos de los títulos, como Surcos (1951), más hipercríticos con la realidad española del momento. El citado film causó un pequeño (o no tan pequeño) escándalo y debate en la ultraconservadora España de la década. No era para menos. Surcos ilustraba el desarraigo del campo español, la emigración a una suerte de purgatorio urbano donde campaban a sus anchas el estraperlo, la prostitución más o menos encubierta, la delincuencia camuflada de señorío, la violencia…

La cinta pudo estrenarse a pesar de la oposición de los sectores más reaccionarios del régimen (esto es casi un pleonasmo), merced a la defensa entusiasta del entonces Director General de Cinematografía, García Escudero, y, tal vez, porque era una película facturada por falangistas (el propio Nieves Conde, más los guionistas Gonzalo Torrente Ballester, Natividad Zaro y Eugenio Montes). A  pesar de recibir varios galardones y ser declarada película de Interés Especial, Surcos era un film incómodo para el establishment. Y cuando Nieves Conde volvió a las andadas con El inquilino (1957), película que trataba el angustioso problema de la vivienda y concluía con una familia en la calle por culpa del desahucio (¿de qué nos suena esto?), la respuesta no se hizo esperar y el Ministerio de la Vivienda  logró que el film fuera prohibido. Más tarde autorizado, luego de ser mutilado y en cierta medida desvirtuado algo su virulencia.

Entre medias el realizador había presentado Los peces rojos (1955) según un guion del gijonés Carlos Blanco, la cual se exhibe en el presente festival de cine de Gijón. Film que establece una crítica sutil, pero acerada como un cuchillo de doble filo, sobre la hipocresía y falacia imperante en la España de la autarquía. Un universo en el que para poder sobrevivir hay que sufrir el temblor de la falsificación, ejercer el oficio de la mentira que conduce a otras mentiras hasta llegar a una semi-esquizofrenia que diluye los contornos de la realidad en una telaraña de pequeñas infamias que pueden arrastrar al abismo.

El cineasta había intentado hacer un Neorrealismo a la española. Pero si dicho movimiento había sido torpedeado  por el poder en su nación de origen, Italia, una presunta república democrática, mayores dificultades suscitaban en el feudo del Generalísimo.  Nieves Conde tuvo que refugiarse en un discurso humanista y bienintencionado, con Todos somos necesarios (1956); o el agridulce cruce entre comedia picaresca y sermón cristiano que es Don Lucio, y el hermano Pío (1960) esta última protagonizada por unos inmensos Tony Leblanc y José Isbert. Dos títulos a los que el paso del tiempo les ha sentado bien y se les descubren matices interesantes en cada nuevo visionado. Menos provecho tiene la aburrida parábola, Cotolay (1965) con santo  y seráfico infante incluidos.

La carrera de Nieves Conde se había iniciado en los 40(después de un aprendizaje como asistente de Rafael Gil) con un tríptico de notables films policiales: Senda Ignorada (1946), Angustia (1947), y Llegada de noche (1949). Como retorno a esos orígenes, a partir de los 60 eclosiona un nuevo realizador, aparentemente menos ambicioso en la temática, que utiliza los mimbres del cine de género para la construcción de un sólido discurso narrativo.

Con El sonido de la muerte (1965) Nieves Conde consiguió un clásico del cine fantástico español. Reminiscente de las ficciones de Ambrose Bierce, era un relato que imbricaba el terror y la ciencia ficción, describiendo el enfrentamiento de un reducido grupo de hombres y mujeres  contra un depredador  e invisible  monstruo de los tiempos remotos. Película que aún provoca el escalofrío y que esconde bajo su superficie el retrato de una generación desplazada por una guerra a la que no se alude (pero no es difícil suponer cuál es).

 

 

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Igualmente, citaremos El diablo también llora (1963), esquinado melodrama policial que parece una variación sobre Muerte de un ciclista (1955), pero con más mala leche que el film de Bardem. En los 70 al igual que otros, como su compañero Forqué, se decanta hacia las coproducciones internacionales con doble versión para el exterior. Historia de una traición  y Marta, ambas de 1971, son relatos de morbosidad más sugerida que explicita(al menos en las versiones españolas). Pero esa contención las beneficia, pues, se desarrolla un clima  retorcido y malsano que haría las delicias del psicoanálisis freudiano. En Marta, la más conseguida del díptico, Nieves Conde a partir de una comedia de Juan José Alonso Millán, realiza el pastiche hitchcockiano más recargado de la historia (con permiso del posterior sospechoso habitual, Brian de Palma) ,combinando elementos de numerosos títulos del mago del suspense como  Vértigo, Recuerda o Psicosis. Destaca en ambas películas la maravillosa belleza de la actriz austriaca Marisa Mell, a la que el realizador español supo sacar un buen partido.

En la recta final de su carrera Nieves Conde practicó otra vuelta de tuerca y se apuntó a la tímida corriente aperturista de finales del franquismo que propició un auge de la comedia, más o menos (más lo segundo), erótica. Las señoritas de mala compañía (1973) o La revolución matrimonial (1974) denotan cierto cansancio en el cineasta. Tal vez por eso,  su última película personal, Casa Manchada (1975) según una novela de Emilio Romero, es la ilustración de una trágica historia ambientada en la Guerra Civil,  teñida de desencanto en una atmósfera de fatalismo.

Habitar en un país y una cultura refractarias a cualquier aire de libertad, unido a la incongruencia de ser un hombre honesto alineado en el bando incorrecto, impidió a Nieves Conde, como a muchos cineastas de su generación pensemos en Lazaga, Forqué, Ruiz del Castillo, Serrano de Osma, Mur Oti realizar una carrera todo lo brillante que pudo haber sido. Sin embargo, en el archivo del mejor cine español de todos los tiempos quedarán títulos como Surcos, El inquilino, El sonido de la muerte y sobre todo esa obra maestra incontestable que es Los peces rojos que cualquier buen aficionado al cine debe (re)descubrir.