FICX’55: Perder contra el tiempo, canciones de Nick Drake

 

Con el  Toma 3 como escenario, Gabrielle Drake nos trae al FICX 55 un libro de recuerdos sobre su hermano, el cantautor Nick Drake. Publicado por Malpaso en español y co-escrito junto a Colly Collomon, “Nick Drake. Recuerdos de un instante” es un pieza impresionista, guiada por el sentimiento y la memoria, en perfecta correspondencia a la obra lánguida y sincera  del músico inglés. Desde Neville aportamos unas notas sobre su legado y las complementamos con una selección de sus canciones. 

por Chez Neville 

Oír a Nick Drake es como oír la melancolía desperezarse. Como oír al Otoño caer lentamente hacia el Invierno. Como escuchar los cambios de color del verde y el marrón. Sus canciones son desplazamientos sentimentales a cámara lenta, observaciones introspectivas de una pena indefinible. La voz frágil, la actitud retraída encuentran su correspondencia en un sonido pulcro, limpio y preciso plasmado a la primero en un álbum secreto estremecedor, Five Leaves Left” y desarrollado luego en variables hacia el optimismo, en “Bryter Layter”, o hacia la oscuridad total en “Pink Moon”. Muerto por sobredosis de antidepresivos en su casa familiar de  Tanworth-in-Arden en 1974 dejó un puñado de canciones, algunas recuperadas en un discos póstumo y tardíos, como su popularidad, del tipo “Time of no Reply” o  “Made to Love Magic”, que trasparenta una personalidad hipersensible, cultivada y fuera de su propio tiempo. Canciones para espacios antiguos y solitarios, canciones-paseo húmedas como Inglaterra, con algo feerico y algo místico en su sencillez.

Drake, extrañado de su propia clase social, nacido en Birmania, educado en una Public School y alumno de Cambridge prefería el mundo privado al público, lo que marcó su incapacidad para actuar en directo en un momento crucial de su carrera. Satélite único del folk inglés tocado por la psicodelia, el blues, el jazz y el rock, alternó con Richard Thompson o Sandy Denny en las afueras del universo que estaban confeccionando The Incredible String Band, Fairport Convention o Steeleye Span. En su música se deja sentir también el parentesco con el sonido Canterbury o con la digitalización de pioneros de los 60 como Davey Graham o John Renbourn y Bert Jansch, fundadores luego de Pentangle. Aunque tal vez su mayor marca sea la de su propia madre marcado por el talento de su propia madre y las espectrales baladas inglesas que interpretaba para él en su juventud, recogidas luego en el excepcional “Molly Drake”  publicado en 2013 y antecedido por “Family Tree”, una recopilación de grabaciones caseras de blues y folk americano reinterpretado por Nick y su familia.

“Five Leaves Left” fue grabado sin que casi nadie lo supiera y pocos se enteraron luego. Fue el impulso del Manager y productor Joe Boyd quien materializó aquella colección de canciones a punto de romperse, tal y como parecía hacer aquella voz susurrante y melódica que alargaba las vocales entre el temblor y el pudor. Un disco de producción mínima y cálida, punteado por los arreglos de cuerda de Harry Robinson, autor de bandas sonoras para la Hammer, en River Man y de Robert Kirby, amigo del colegio, en el resto de intervenciones. Incluso Richard Thompson prestaba una modesta guitarra eléctrica a la fenomenal Time Has Told Me. Allí ya anidaba todo, la tristeza y el misterio, el aire lejanamente oriental y la especificidad inglesa de su música con unos textos marcados por su fascinación por los poetas romántico británico y simbolistas franceses mezclados con la falsa simplicidad del folk y el blues.

Se trasladó a Londres, buscando tal vez la ciudad fuera de su refugio en el campo, tal vez intentando alejarse de una infancia prolongada y de un lugar donde el tiempo se había parado plácidamente. Allí grabó “Bryter Lyter”, decidido a sonar como hacía falta para acercarse al éxito. Riqueza instrumental, afán luminoso distinguen el conjunto pero ni siquiera el monumento pop que es Hazey Jane II, que contiene la discografía completa de Belle & Sebastian, sirvió para romper el sello del secreto. Las esperanzas comerciales puestas en aquellas canciones hermosas, donde Drake intentaba abrir la concha en la cual su madre escribió que vivía en un estremecedor poema, chocaron contra la obstinación del mercado. Nick Drake se hunde.

La contraportada es profética: un muchacho de espaldas, un bosque, una guitarra, un libro. Regresa a casa, amortiguado por la pena, sin freno hacia la profundidad aceitosa de la depresión. Joe Boyd se empeña en sacar un nuevo álbum de su interior para así intentar sacar a Drake con él. “Pink Moon” es una respuesta desoladora. Un disco desnudo, contrario en todo al anterior, de grabación y resultado agónico. Lo que soy es lo que hay, parece decir. Sin desesperación, resignado a sí mismo. La voz y la guitarra, una entente mágica, tuvo que ser desunida y registrada por separado. Ya no era capaz de tocar y cantar  a la vez. La concha se había cerrado al completo. No oía, no hablaba. Estaba atenazado por los nervios y la medicación. Su mundo fue reduciéndose a esa habitación desde cuya ventana miraba  en la portada de “Five Leaves Left”. Y luego decidió dormir.