FICX’55: Verónica Forqué y el videoclub

 

Por Rubén Paniceres

El ser la hija de uno de los mejores directores de la historia del cine español, José María Forqué, y de la escritora, actriz y traductora Carmen Vázquez Vigo, debería haber encaminado los pasos de Verónica Forqué como interprete a los senderos del cine intelectual y de “calidad artística” que practicaron realizadores como Carlos Saura, Víctor Erice, Manuel Gutiérrez Aragón o Pilar Miró por citar algunos nombres significativos. Sin embargo, Verónica, que tuvo unos tímidos inicios en roles secundarios de las películas de su progenitor: Una Pareja distinta (1974), Madrid Costa Fleming (1975), El segundo poder (1976) o El canto de la cigarra (1980) prefirió decantarse hacia la nueva comedia española, esa que tuvo como realizadores epónimos a Fernando Trueba, José Luis García Sánchez, Fernando Colomo, Manuel Gómez Pereira, Joaquín Oristrell, Manuel Iborra o incluso Pedro Almodovar del que fue, junto con Carmen Maura o Marisa Paredes, actriz fetiche en las primeras etapas del oscarizado realizador. Precisamente con Almodóvar, Verónica logró algunas de sus interpretaciones más populares como la tierna prostituta de ¿Qué he hecho, yo para merecer esto?(1984) o la alocada Kika en el film de título homónimo del año 1993. En dichos trabajos con el “divino”, se revelaban las cualidades esenciales de su naturaleza actoral: una despistada, que no idiota, una excentricidad cercana a la sensibilidad transoceánica del flower power, (que se detectaba en El tiempo de la felicidad dirigida en 1997 por su entonces pareja, Manuel Iborra) y paradójicamente una cotidianidad que reflejaba la idiosincrasia de la España de la Transición.

Dirigida por Almodóvar en Kika

La comedia tardofranquista había sido un baúl de los horrores donde lo verde empezaba en los Pirineos, no se debía desear al vecino/a del quinto (ni al del primero, el segundo, el tercero…) y para ligar había que irse a un Oeste que no estaba en ningún lugar de la piel de toro. En resumen, era un país gris donde el Rosa era devorado por el Amarillo, y como diría Eloy de la Iglesia había Algo Amargo en la boca (1968). Después del óbito del difunto que se disfrazaba de marinero, la sociedad española afronto cambios sociales y políticos, pero también culturales y de costumbres. La moral empezó a dejar de ser un cilicio y eso se reflejaba en las películas de la llamada comedia madrileña y tendencias afines. Sé infiel y no mires con quien (Fernando Trueba, 1985), La vida alegre (Fernando Colomo, 1987), Bajarse al moro (Fernando Colomo, 1988), Salsa rosa (Manuel Gómez Pereira, 1991), ¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo? (Manuel Gómez Pereira, 1993), ¿De qué se ríen las mujeres? (Joaquín Oristrell, 1997), son jalones representativos de que los tiempos, como cantaba Bob Dylan, aparentaban estar cambiando. En todos esos títulos destacaba la presencia de Verónica Forqué con su dulce fragilidad, su recia dentadura, su melena rizada y su inconfundible vocecita. Atributo este último que es uno de los puntos fuertes en su perfomance y también su limitación, y sino que se lo pregunten a algunos cinéfilos implacables, que sostienen que su doblaje en la versión española de El resplandor (The Shining ,1980) es lo más aterrador en el film de Kubrick.

 

El reparto de Bajarse al moro

La Forqué también ha sabido adaptarse a un tipo de historias, que eran el retrato de esa España del pasado con la que había marcado distancias su generación. El año de las luces (Fernando Trueba, 1985), o su protagonismo en el teatro de la obra de Sanchís Sinisterra , ¡Ay, Carmela! en el año 1986, son exploraciones de la actriz en un tiempo que no fue el mejor de los tiempos. Verónica Forqué fue espaciando sus trabajos con el cambio del milenio, lo más destacable fue su reunión con otras actrices míticas de la transición y la modernidad como Carmen Maura, Mercedes Sampietro y Marisa Paredes, en Reinas (2005) dirigida por el guionista más prolífico de la contemporánea comedia española, Joaquin Oristrell. Es un poco injusto que la estrella de Pepa y Pepe esté un poco ausente del actual cine español, cuando el estereotipo que creó en la pantalla, es repicado en sitcoms de actual éxito en las televisiones privadas. Con la ironía de que la propia Verónica ha intervenido en alguna de ellas compartiendo plano con una de sus clones. En fin, sorpresas te da la vida como decía la canción. Pero en la vieja memoria del que esto suscribe, quedará esa escena impresionante de Bajarse al moro, cuando en Marruecos dialoga con un Pau Riba, al que el cannabis ha fundido todas las neuronas. El sutil gesto de dolor de la Forqué, su impotencia al descubrir el coste que a veces conlleva la libertad, es uno de los momentos de oro del cine español.

Y si hablamos del cine español de aquellas décadas posteriores a la dictadura, este competía duramente con el cine estadounidense en la gran pantalla (en la actualidad, podemos certificar que ya ha perdido la batalla y puede que la guerra). Pero tenía una segunda vida en las estanterías de los videoclubes que florecían como los champiñones en un día de lluvia en los –para algunos felices 80 y primeros 90. La comedia madrileña, andaluza e incluso la barcelonesa se disfrutaban con mayor tranquilidad en la salita de estar en el domicilio frente al video, acompañado por la familia, la pareja o la peña de amigos, según correspondiera en cada caso. Allí surgían los comentarios inefables.: “Antonio Resines es más simpático con bigote”; “Ana Belén ya no es tan progre, se maquilla”; ¡Que graciosa es esa María Barranco! “Ese Imanol Arias es un estirado”. “¿Cómo se llama ese tío tan majo?: ¿Guillermo Montesinos?”. Claro que no todo era sociabilidad y alegre camaradería. Surgían las divisiones y las distintas banderas. O se pertenecía al equipo Beta o a la escudería VHS. Aunque siempre, había algún creso que tenía los dos sistemas de magnetoscopios e incluso poseía el efímero video 2000 que nació y murió para la retransmisión del mundial de futbol. Nunca olvidaremos al mal amigo que no nos dejó ver en su magnetoscopio la edición en formato 2000 de la excéntrica película dirigida por Frank Zappa, 200 Motels. “Es que yo no veo cosas de drogados “, exclamó, el muy pedante.

 

Coda

Ir al videoclub el fin de semana, en aquellos tiempos era una pequeña aventura. En la frondosidad de locales que alquilaban películas había una oferta variada y disímil. Pues en unos se encontraban títulos que no ofertaban los otros lugares de alquiler de películas, y viceversa; ello conllevaba en que no era raro ser socio de decenas de establecimientos. Aquel era el paraiso del cinéfilo, pues se podía estar viendo filmes todo el tiempo. Además, era la oportunidad de rellenar los huecos en la educación cinematográfica. Fue una época de recuperación del pasado y de redescubrimientos. Los grandes clásicos de Hollywood, El cine de autor europeo, los hitos del western mediterráneo, los escalofríos del Giallo y el Poliziesco italiano, o las diversas variedades de las artes marciales se codeaban junto de abisales exquisiteces del fantaterror hispánico. En ocasiones, había que realizar una labor de arqueología casi detectivesca. Podía hallarse la primera película de Lars Von Trier, El elemento del crimen, (Forbrydelsen element, 1984) bajo el título de Documentos Sangrientos, y con un caratula ilustrada con fotos de películas de Arnold Schwarzenegger. Mientras joyas del cine gótico italiano se presentaban camufladas de producción estadounidense. Por otro lado, Las cintas de video no eran objetos inofensivos, podían agarrarse como un pulpo a los cabezales de tu magnetoscopio, o decidir quedarse atascadas en su interior. A veces, el dependiente del video club no se tomaba con mucha calma el que le llevaras una película en estado terminal, y amenazaba con que debías abonarle un millón de piastras. Otras veces, el video podía ser letal para el aparato reproductor. En el interior de aquellos negros recipientes de plástico y baquelita a veces se encontraban yacimientos de tierra del jardín o todo tipo de mohos. En ocasiones, las películas, se veían en copias desanaformizadas en las que había planos en los que dos narices, una a cada lado del encuadre, sostenían un dialogo, con la presencia central de un florero como protagonista. La imagen estaba granulada. El blanco y negro, era más lo segundo que lo primero. Mientras los colores demolidos y empastados solían abundar. Pero todo eso no importaba, vivíamos en el reino del cine y nuestro apetito era insaciable. En la actualidad Internet y las plataformas de pago han echado el cerrojo a la mayoría de los videoclubes y solo queda la nostalgia de una forma de ver el cine que se acerca a su ocaso. Pero, bueno, como diría Orson Welles, “las cosas que hemos visto”.