Hurra por Hollywood!!!

 

Últimamente la industria de Hollywood parece haber desarrollado un compromiso social y político. Meryl Streep o Robert de Niro montan el show atacando a Donald Trump. Y la ceremonia de los Oscars cada vez se parece más a los Goya con sus combativas arengas de cariz progresista. Sin entrar en la cuestión de si Hollywood se ha vuelto de izquierdas o no, lo cierto es que su autoimagen ha mejorado mucho en los años recientes. El cine americano se inclina por una autocomplacencia narcisista y se postula como referente moral para una era de la crisis. En otras palabras, Hollywood ama a Hollywood. Sin embargo, esto no ha sido siempre así.

A lo largo de su historia, la industria de Hollywood ha ofrecido cíclicamente una demoledora mirada autocrítica sobre su entorno. Escritores que ejercieron el oficio de guionistas cinematográficos como Horace McCoy o Nathanael West nos legaron clásicos literarios como Luces de Hollywood (1938) o El día de la langosta (1939), en las que se desnudaba a la ciudad de la estrellas, como un falaz espejismo, un bulevar de los sueños rotos de las legiones de hombres y mujeres que acudían a las puertas de los grandes estudios para convertirse en ídolos de la pantalla, y que hubieran hecho mejor quedándose en casa. Algo en lo que, probablemente, debió pensar Scott Fitzgerald, escritor a sueldo de las productoras que no logró que ninguno de sus guiones fuera aceptado, al menos en su integridad. Esta situación del guionista como payaso que recibe las bofetadas fue testimoniada por Fitzgerald en su humorística colección de relatos, Las historias de Pat Hobby, crónica patética de un hombre ridículo, un escritor ya desfasado que deambula por los platós sin poder escribir una línea y cuyo único laurel es tirar de la barba a un juvenil Orson Welles, porque cree que es un agitador bolchevique. Con acento más serio, el novelista con su obra póstuma El último magnate (1941), puso el dedo en la llaga en el fracaso de un productor, Monroe Stahr inspirado en el cabecilla de la MGM, Irving Thalberg, quien trata de hacer algo bello, pero que muere sin llegar a conseguirlo, tal vez, porque la propia maquinaria de Hollywood impide realizar algo verdaderamente artístico. Como Ilya Ehrenburg la calificó en 1931, es solo una Fábrica de Sueños. Una factoría que produce objetos en serie semejantes unos a otros. Algo que con ingenio retrata la mirada foránea del escritor francés Blaise Cendrars en su ensayo Hollywood: La meca del cine (1936), donde se explora a la Paramount, más obsesionada por la publicidad de sus estrenos y por la imagen de sus actores y actrices que por el resultado artístico de sus películas. Décadas más tarde John Griffin Dune con su obra El estudio, reportaje sobre la producción durante un año, 1967, de la Fox, nos demostraba que la situación era más o menos idéntica.

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Pero no solo los escritores han sido duros con Hollywood, también hay un subgénero de películas que atacan con saña a la que Kenneth Anger, en su genial libelo Hollywood Babilonia, denominó como Tinseltown (la ciudad de hojalata). Con títulos que abarcan desde El crepúsculo de los dioses (Billy Wilder, 1950) a Barton Fink (Joel y Ethan Coen, 1991), pasando por jalones significativos como The Big Knife (Robert Aldrich, 1955) Ha nacido una estrella (George Cukor, 1956), La rebelde (Robert Mulligan, 1966), La leyenda de Lylah Clare (Robert Aldrich, 1968), El cómico (Carl Reiner 1969), Fiesta salvaje (James Ivory, 1975) o El Juego de Hollywood (Robert Altman, 1991). Un amargo tapiz con acentos casi de delirio gótico que impresiona a los grandes estudios como una antesala del infierno que canibaliza a sus factótums-estrellas, guionistas, realizadores- abocándolos a la locura, el homicidio, la autodestrucción, o al más cruel olvido.

Pero en los tiempos actuales, Hollywood se ha librado de su mala conciencia. Ahora son una especie de ONG que puede desfacer todos los entuertos allí donde han fracasado las instituciones tanto nacionales como internacionales. Tal es el caso de la oscarizada Argo (2012) de Ben Affleck. Película basada en un hecho real, el secuestro de los funcionarios de la embajada americana en el Irán del Ayatola Jomeini. Los héroes de la película son productores, agentes y técnicos de efectos especiales de la industria fílmica de Los Ángeles, los cuales, merced a un enrevesado complot que gira sobre una inexistente película de ciencia ficción, son capaces de triunfar allí donde fracasaron la CIA, El Pentágono, el gobierno de los USA y la ONU; y liberar a varios rehenes de la embajada americana de la cólera del fundamentalismo islámico. Esa faceta heroica de Hollywood se proyecta también al pasado, y se recupera a las figuras damnificadas por la caza de brujas, como el guionista Dalton Trumbo, perseguido y marginado por su ideario marxista durante la guerra fría. Ese periodo que sigue avergonzando a Hollywood, pues fue la propia industria la que excluyó a sus trabajadores- actrices y actores, escritores, directores, técnicos – creando las listas negras por decisión propia y no por orden del infausto senador McCarthy, como algunos todavía erróneamente creen. El film Trumbo (Jay Roach, 2015) utiliza al escritor como anécdota que se eleva a categoría donde se reivindica el pretérito izquierdista que tuvo el cine estadounidense durante el New Deal y la II Guerra Mundial, cercenado a finales de la década de los 40. Dalton Trumbo es canonizado en una película bienintencionada pero algo plana y en la que se remarca que el guionista siguió siendo, a pesar de todo, un hombre de cine, pues permaneció escribiendo guiones bajo seudónimo. Y es, finalmente, rehabilitado por el propio Hollywood, significado en las figuras de Kirk Douglas y Otto Preminger, ambos de tendencias liberales (y judíos como el propio Trumbo), quienes se enfrentaron al sistema de listas negras y lograron que el guionista firmase con su nombre los créditos de Espartaco (Stanley Kubrick), producida y protagonizada por Douglas; y Éxodo, producida y dirigida por Preminger (ambos films fueron estrenados en 1960). Hollywood lava sus pecados y descarga sus culpas en la gacetillera Hedda Hopper, observada como la Némesis de Trumbo, la cual es, en la conclusión de la película, relegada a un merecido ostracismo.

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Esa línea hagiográfica se encuentra también en cintas más amables como Hitchcock (Sascha Gervasi, 2012) ditirambo al esfuerzo emprendedor del genio del suspense para llevar adelante la producción de su película Psicosis. El hecho se documenta como si fuera la gesta de un independiente que quiere cambiar el cine y no un cineasta experimentado que conocía perfectamente como seducir a la audiencia y sabía actuar en consecuencia, para obtener buenos réditos.

Esto no significa que la vena critica se haya abandonado del todo, pero comparemos la benévola sátira sobre el Hollywood clásico que los Coen nos presentan en Ave Cesar!(2016) con su anterior film Barton Fink, una de las más aceradas denuncias sobre la era dorada de la industria, que desenmascaraba la verdadera naturaleza de la ciudad de los sueños como una real ciudad de las pesadillas. En cambio Ave Cesar! es una cadena de inocuas bromas que no ocultan una nostalgia por los géneros epónimos que facturaban los estudios. El western, el musical, las cintas bíblicas…

Ya habíamos comentado en un anterior articulo para NEVILLE, cómo Hollywood añora su pasado mítico, porque presentaba un paisaje y unas figuras épicas que permitían aparentar una visión ética de la existencia. En la actualidad, cuando se pretende un revival de ese esplendor el resultado puede ser una película tan carente de nervio como el remake de los Siete Magníficos (2015), dirigido por Antoine Fuqua. Parece que un aliento homérico solo se puede encontrar en las películas que ilustran las aventuras de los superhéroes del comic. El inconveniente es que las películas más logradas de la tendencia, Watchmen (Zack Snyder ,2008) ,según el comic de Alan Moore o la trilogía de Batman dirigida por Christopher Nolan, contienen un mensaje apenas encubierto, que nos indica que una sociedad equilibrada no debería necesitar guardianes protectores, porque ¿quién vigila al vigilante?

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Una nostalgia más inteligente es la representada por La ciudad de las estrellas, La, La Land (Damien Chazelle, 2016), recuperación del espíritu onírico del musical clásico, donde más importante que los números de canto y baile, es una agridulce reflexión sobre el precio del éxito y los costes de la honestidad como artista. La película de Chazelle asevera que lo verdaderamente importante es triunfar en la sociedad del espectáculo, la cual crea una suprarealidad mágica e ilusoria, aunque haya que renunciar, a cambio, a la felicidad y al amor. En realidad, las dos horas largas del film de Chazelle no son más que una paráfrasis del breve film de Woody Allen, La rosa purpura del Cairo (1985), dolorosa comprobación de que la gente de a pie solo puede rozar el paraíso durante un breve momento de ensoñación en la butacas de un cine. Esa concepción que un olvidado poeta como Pete Sinfield resumía así. “Todos vivimos en una prisión, pero algunos tienen la suerte de poseer una ventana a través de la que contemplar un bello paisaje”.

Puede que las mujeres y hombres de Hollywood se evalúen a ellos mismos como el jesuita de Silencio (2016) de Martin Scorsese, obligado durante décadas a ocultar su verdadera identidad pero manteniendo sus creencias en un exilio interior. La industria fue creada por judíos que durante muchos años trataran de minimizar sus orígenes hebreos y con un lobby muy importante de lesbianas y gays que se escondía en lo más hondo del armario. Durante mucho tiempo Hollywood ha carecido de boca, pero quería gritar. Ahora, tal vez berrea demasiado. Y es un poco escandaloso el numerito progre de unas estrellas que se gastan millones de euros en cirugía plástica y clínicas de desintoxicación. Porque la meca del cine como refería David Mamet en su ensayo, Bambi contra Godzila, tiene una gran capacidad para entretener, pero no demasiada como modelo pedagógico en la aventura de la vida.

En definitiva, deberíamos juzgar las películas hollywoodenses por sus logros artísticos, y no porque sus millonarias estrellas le quieran partir la nariz a Donald Trump. Y esos logros, si es que existen, suelen ser un pretexto para vender todo tipo de mercancías obsolescentes y prescindibles. Desde hace mucho tiempo, el cine americano es solo un gigantesco anuncio publicitario y tratar de recuperar su glorioso pasado, se ve como una empresa muy dudosa. Y es que uno tiene la sensación de que la verdadera esencia del Hollywood actual son los anuncios de Cafés Expresso que dirige y protagoniza George Clooney.