COLGAD AL DJ, MADCHESTER 90´s

Por Jorge Alonso

Lo importante es mirar hacia arriba. Hacia el altar. Lo importante es que haya un altar. Lo que se transmita desde él, ya no tanto. Si cree que la música popular no tiene conexión con lo sagrado es que no se ha fijado, necesitamos la comunión, el chamán, el rito, el mito, la consagración, la redención y el sacrificio. Sobre todo necesitamos mirar hacia arriba, como si entráramos en la Catedral de Amiens, no se trata de visibilidad, no se trata de poder ver, se trata de mirar y creer.

 

En Manchester, ese lugar del que ya hablamos en esta nueva época de Neville cuando comentamos la llegada de los Smiths a Madrid, lo comprobaron cuando pasaron de admirar las evoluciones de Morrissey sobre el escenario, de bailar desatados la locura que protagonizaban los Happy Mondays, tal vez el primer grupo que admitió que el papel de uno de sus miembros, Bez, no era solo bailar inmerso en un trance de maracas, sino fabricar el mejor éxtasis que el ser humano pudiera parir, pasaron de ser testigos de la explosión breve y eterna de Stone Roses (¿creen que Liam Gallaguer se mueve como se mueve por casualidad? vean a Ian Browne) y corear “No tengo que vender mi alma/Él ya está en mí/No necesito que vender mi alma/Él ya está en mí/Quiero ser adorado/Quiero ser adorado.” A directamente rendir pleitesía a una figura que no era nueva en el altar pero que fue recibida con alfombra roja, o tal vez azul, o de cualquier otro color que no sea rojo, por la Inglaterra de laca y acero.

 

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Aquello que hizo grande y probablemente irrepetible a Manchester y la convirtió en Madchester a finales de los ochenta y principio de los noventa, es decir, el arte y la creatividad que se abrió paso entre los problemas sociales, educativos y políticos derivados de la reconversión que tanto nos suenan por estos lares, fueron poco a poco siendo sustituidos por el hedonismo nihilista que apuesta por la evasión antes que por la respuesta política cultural, lo vaticinaron los Primal Scream en “Loaded”, cuando cantaban “Queremos ser libres/Queremos ser libres para hacer lo que queremos hacer/Y queremos colocarnos/Y queremos pasar un buen rato,” Y punto.

La cultura club no era nueva y la figura del DJ tampoco, ni mucho menos venía de la radio, venía de los inicios de la cultura de masas, pero cuando llegó a Manchester vía Detroit, Chicago, Nueva York y Londres, tras su primer apogeo con la música disco a finales de los setenta, es de suponer que en Downing Street estalló en una carcajada metálica, las Raves que formaban parte de una cultura igualmente hedonista pero al margen, y por tanto a su modo constructiva, fueron atechadas en lugares como la Hacienda, y al hacerlo las miradas que se alzaban tenían las pupilas dilatadas, pero no de ira, la música popular abrazaba un nuevo chamanismo vacío que no buscaba más que el mero trance y la vuelta a la rueda, la perpetuación de la Carrera de las Ratas, del estudiar hasta donde se pueda, trabajar como te dejen, reproducirte sin sentido, endeudarte hasta las cejas, embriagarte de mentiras durante todo el fin de semana “Y bailar y beber y follar/”Porque no hay otra cosa que hacer” como cantan los Pulp, y maldecir tu vida el lunes por la mañana. Fue algo global, llegó el baila o muere como forma de vida y se identificó a todo un género, rico y hermoso, como es la música electrónica, con las piernas que tiemblan de Ketamina y los ojos en blanco que miran sin vida un altar cada vez más vacío. Madchester se hizo Acid y el mundo siguió girando mientras olvidábamos que sí que había una lucha e iban ganando los de casi siempre. Solo decirlo suena panfletario, es el mejor truco del diablo.