PROGRAMACIÓN CICA/3

LUNES, 18 DE SEPTIEMBRE, 17.30 Y 20.00 HORAS

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Paraiso. 2017. Rusia-Alemania. 126 mins. Dir.: Andrei Konchalovsky. Con Julia Vysotskaya, Christian Clauss, Phiippe Duquesne, Vladimir Sukorukov, Peter Kurth, Jacob Dehl y vera Voronkova. La actitud del ser humano alrededor de la tragedia más importante de la Edad Contemporánea, el holocausto judío a manos de los nazis, es un tema tan inabarcable, tan poco dado al punto y final, que a pesar de la enorme cantidad de películas (y de libros) sobre su siniestra historia, aún quedan resquicios sueltos, éticos y estéticos, para poder abordarla. Así lo demostró hace dos años el húngaro László Nemes en El hijo de Saúl, a través de un órdago visual, de punto de vista y de sonido, a los tabúes de representación del Claude Lanzmann de Shoah. Y así lo manifiesta el veterano director ruso Andréi Konchalovski con Paraíso, su nueva película, por medio de una serie de entrevistas en forma de Juicio Final sobre Rodada en un blanco y negro más cercano al de Michael Haneke en La cinta blanca, gélido y poco contrastado, que al más estético de Steven Spielberg en La lista de Schindler, Paraíso añade además un estrecho formato clásico en 1,37:1, no demasiado acostumbrado hoy en día, ideal para las secuencias de las entrevistas, que además van acompañadas de bruscos cortes entre frases, y simulacros de defectos de sonido en esos saltos, con las que Konchalovski añade un plus de analítica novedad de conciencias. Los tres protagonistas, un colaboracionista francés, una judía rusa de la aristocracia, y un alto cargo de las SS, reflexionan desde una dimensión paralela sobre sus conductas. Algunos de cara; otros, con evasivas, quizá tan sinceras como desquiciadas. Y, entre medias, el amargo relato de la barbarie, primero en Francia, entre la resistencia y la cooperación, y luego en el campo de exterminio, con durísimas secuencias, aunque casi más mentales que físicas. Como no podía ser de otro modo, por la cantidad, todas estas actitudes evocan en parte situaciones y análisis de películas anteriores tan distintas como Kapò, de Gillo Pontecorvo, Shoah, de Lanzmann, o La zona gris, de Tim Blake Nelson. Pero quizá la novedad esté en que, al tiempo que se narran los hechos, se autoanalizan las culpas. Desde un destino incierto, las propias criaturas evalúan lo experimentado como ningún otro podría hacerlo. Simplemente porque ese otro, es decir, nosotros, no nos vimos en aquella desgarrada tesitura de qué hacer en cada momento.

MIÉRCOLES, 20 DE SEPTIEMBRE, 17.30 Y 20.00 HORAS

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El imperio de las sombras. Corea del Sur. 2016. 134 mins. Dir.: Kim Jee-Woon. Con Song Kang-Ho, Gong Yoo, Han Ji-Min, Singo Tsurumi, Um tae-God, Shin Sugn-Roc y lee Byung-Hun y Park Hee-Soon. En los últimos años, el cine surcoreano parece dispuesto a exorcizar los fantasmas de la Ocupación japonesa a través de películas que abordan los traumas de la identidad nacional desde uno y otro bando: el de la Resistencia, que lucha por la libertad, y el de los traidores a la patria. Kim Jee-woon utiliza esos elementos para configurar la película definitiva en torno a ese oscuro período, y lo hace adscribiéndose a las reglas del thriller de espionaje de raigambre clásica, pero desde una perspectiva eminentemente coreana, sobre todo, a la hora de articular un puñado de escenas de acción de una épica profundamente estilizada. El director nos introduce en el submundo clandestino de la Resistencia coreana de los años 20 a través de un trabajo de ambientación exquisito. Espacios recargados, atmósferas viciadas y un arrollador magnetismo visual para contar una historia de dobles agentes que intentan lavar su conciencia en un universo podrido. Quizás, una de las obras más rotundas del cine oriental contemporáneo. Como si vivieran existencias paralelas, los cineastas coreanos Park Chan-wook y Kim Je-woon han regresado a casa tras sus respectivas experiencias americanas, que cristalizaron en dos trabajos que, si bien no podían contarse entre los mejores logros de sus trayectorias, al menos rompían con la creciente uniformidad del cine estadounidense de género: Stoker y El último desafío (2013). Sus dos nuevas películas son muy distintas entre sí, pero comparten ambición narrativa y el contexto histórico de la ocupación japonesa. Si con La doncella Park Chan-Wook vampirizó una novela de la británica Sarah Waters para proponer una afortunada suma de sus obsesiones en torno a la venganza, la dominación y el deseo, Kim Je-woon ofrece en El imperio de las sombras su particular lectura del cine de espías, género que aún no había pasado por su filtro de sofisticada estilización. Primera producción coreana de Warner, El imperio de las sombras se abre a lo grande, con la espectacular secuencia de la emboscada policial sobre un miembro de la resistencia: colocando al espectador abruptamente en el interior del relato, la situación desemboca en una persecución policial por los tejados que Je-woon eleva a virtuosa set-piece. Tan contundente arranque no prepara al público para la verdadera naturaleza de la película que, pese a sus puntuales explosiones de violencia, prefiere concentrarse en los dilemas interiores de su protagonista, un policía que pasará del pragmatismo culpable a una peligrosa toma de conciencia. Un explícito orgullo nacionalista se entremezcla con una sombría mirada al precio personal que se cobra toda lucha política en un desenlace de tono casi engolado.

VIERNES, 22 DE SEPTIEMBRE, 17.30 Y 20.00 HORAS

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Billy Lynn. USA. 2017. 108 mins. Dir.: Ang Lee. Con Joe Alwyn, Kristen Stewart, Chris Tucker, Garret Hedlund, Vin Diesel y Steve Martin.  Un rápido vistazo sobre la filmografía del taiwanés Ang Lee nos deja descubrir a uno de los cineastas menos encasillados del panorama cinematográfico, capaz de abarcar cualquier tipo de empresa con idéntica eficacia, sin género que se le resista y con títulos en su haber que, en muchos de los casos, desconciertan. Así, en su currículum brillan dos joyas que hablaban de la homosexualidad clandestina como El banquete de bodas (1993) y Brokeback Mountain (2005) –su primer Óscar al mejor director–; un drama victoriano de Jane Austen como Sentido y sensibilidad (1995) más propio del británico James Ivory –con galardonado guion de Emma Thompson–; una fantasía de artes marciales visualmente apabullante como Tigre y dragón (2000) –Óscar a la mejor película de habla no inglesa–; un ácido retrato de la liberación sexual en la América de los 70 como La tormenta de hielo (1997), o la fábula multirreligiosa La vida de Pi (2012) –segundo Óscar al mejor realizador–, obras que constituyen una muestra palpable de su indiscutible versatilidad. Incluso a dos proyectos tan, a priori, más convencionales, como el western Cabalga con el diablo (1999) o su incursión en el universo de superhéroes Marvel Hulk (2003), supo imprimir Lee una gran personalidad que el gran público no acertó a asimilar. Pues bien, la última demostración de este gusto del director por experimentar en todos los frentes nos llega con Billy Lynn (2016), una extraña aproximación al conflicto bélico de Irak que rompe con todas las visiones anteriores que el cine americano nos ha ofrecido del tema, a la vez que osa experimentar con las últimas tecnologías, siendo filmada a 120 fotogramas por segundo, con una resolución de imagen de 4k y con un original empleo del 3D. Cualidades que, por otra parte, solo pueden ser disfrutadas en todo su esplendor en las contadas salas habilitadas para ello. La historia, basada en una novela de Ben Fountain, sigue los pasos de un grupo de jóvenes soldados del pelotón Bravo convertidos en repentinas celebridades para el pueblo americano después de una acción bélica en Irak. Más concretamente, se centra en Billy Lynn, de solo 19 años, cuya imagen enfrentándose cuerpo a cuerpo con un combatiente enemigo para tratar de salvar la vida de su sargento –correcto Vin Diesel en la piel de un militar filósofo y muy espiritual que dice “te aquiero” a sus hombres antes de cada misión–, fue capturada por una cámara para convertirse en inspiración y muestra del honor, valentía y arrojo de estos “héroes” de guerra. Como reconocimiento a su labor, los muchachos son llevados a la espectacular Super Bowl del día de Acción de Gracias, un escenario único para que Ang Lee y sus guionistas Simon Beaufoy y Jean-Christophe Castelli desplieguen una sangrante sátira cargada de dardos envenenados hacia la superficial (y selectiva) percepción que de la guerra tienen los civiles que vitorean a sus guerreros. A lo largo de la gira asistiremos a la confusión en la que se ven inmersos estos jóvenes, afectados, en muchos de los casos, del estrés postraumático causado por los horrores que les ha tocado vivir, manejados como marionetas por gente sin escrúpulos dispuesta a sacar el máximo rendimiento económico de sus figuras, expuestas ante el público como monos de feria. Durante el caótico festejo propagandístico conoceremos las negociaciones del mánager de la patrulla –un Chris Tucker más contenido que de costumbre– para llevar a buen puerto una propuesta de Hollywood de rodar una película sobre la hazaña del pelotón Bravo; las intenciones de un ambicioso empresario republicano –sorprende Steve Martin en un antipático rol que le aleja de sus recurrentes papeles cómicos– de hacerse con sus derechos de imagen a un precio insultante; o los continuos desplantes de los organizadores del evento a estos chicos a los que, en una muestra de absoluta falta de sensibilidad, utilizan poco menos que como un elemento decorativo más dentro de la parafernalia del show. Esta manipulación alcanza su máxima expresión en la magnífica escena del concierto de Destiny´s Child, con los soldados colocados de manera estratégica sobre el escenario, desconcertados ante los fuegos artificiales que estallan a su alrededor. Billy Lynn acierta de lleno a la hora de ofrecer una radiografía vitriólica que deja en muy mal lugar al país de las barras y estrellas, mostrando una visión muy poco favorecedora del estilo de vida americano, con unos ciudadanos postrados ante efímeros ídolos de los que, en cuestión de días, nadie se acordará –muy representativo el papel de Makenzie Leigh como la cheerleader que, más que enamorarse de Billy, parece obnubilada por su popularidad como héroe nacional– al ser reemplazados por otros. Una sociedad hipócrita, que lo mismo se vanagloria de sus creencias cristianas que envía a sus hijos a morir en el frente. En contraposición a este ambiente de enajenación enfervorecida, el libreto deja un hueco para la cordura en ese personaje de la antibelicista hermana de Billy –interpretado con excelencia por Kristen Stewart– que intenta por todos los medios hacer que el muchacho desista de su intención de regresar a la contienda durante las pocas horas que tiene de permiso. Por desgracia, gran parte del poderoso mensaje de la cinta queda plegado ante las ambiciosas formas del proyecto y su particular estética. Los numerosos planos subjetivos, esos personajes mirando a cámara mientras hablan, los continuos flashbacks que muestran cómo las mentes de los militares aún siguen en el conflicto bélico y el deslavazado dibujo de la mayoría de sus criaturas –el prometedor Joe Alwyn, notable como Billy, y Garrett Hedlund, en su papel de sargento, hacen verdaderos esfuerzos para destacar en un reparto coral dominado por el carisma de sus secundarios– solo hacen que el filme resulte un tanto artificioso y carente de la necesaria fuerza dramática que sirva para dar contundencia al material. Lo que queda es un título muy irregular y menor dentro de la obra de Ang Lee, que, sin embargo, merece ser aplaudido por la valentía con la que critica el excesivo patriotismo americano, a la vez que habla del sinsentido de las guerras y cómo estas llegan distorsionadas a través de la televisión. Vividas en primera línea, no cuentan con vencedores o vencidos. Al final, todos son víctimas del horror y los supervivientes se muestran incapacitados para regresar a sus hogares, en los que ya se sienten extraños y desubicados, viéndose empujados a volver al frente para no decepcionar a un país que, mientras tanto, continúa adelante con sus comodidades, sus partidos de fútbol y su doble moral