CARTELERA CICA/2

LUNES, 11 DE SEPTIEMBRE, 17.30 Y 20.00 HORAS

silencio

Silencio. USA, Taiwan y México. 2016. 161 mins. Dir.: Martin Scorsese. Con Andrew Garfield, Adam Dryver, Liam Neson, Ciaran Hinds, Issei Ogata, Tadanobu Asano, Shinya Tsukamoto, Ryo Kase, Sabu, Nana Komatsu, Yôsuke Kubozuka, Yoshi Oida, Ten Miyazawa. “El secreto ha convertido sus rostros en máscaras”, se escucha en la película con la que Martin Scorsese regresa casi 30 años después a la herida de La última tentación de Cristo. La frase, a su manera, coloca el brillante esfuerzo del director en un extraño y virtuoso punto de equilibrio entre la fiebre y el éxtasis donde lo que se discute es la distancia que media entre la representación y la realidad, entre la verdad y la mentira. Y ello en el límite mismo de lo discutible, de lo pronunciable. Entre la fe y la razón. Pocas veces antes, el responsable de Taxi driver se había exigido a sí mismo tanta sobriedad en la puntual descripción de una pregunta que atañe tanto a su propio oficio, el de cineasta, el de fabricante de máscaras, como, en tono mucho más grave, a la propia vida. Cualquiera de ellas. Silencio -así se titula una de las más elegantes e intensas películas hasta la fecha del director y que se estrena el próximo siete de enero- reconstruye el camino de dos jesuitas en el siglo XVII desde Portugal hasta Japón, desde el martirio a la traición, desde la absoluta negación del enemigo hasta quizá la íntima comunión con él. Y así hasta convertirse no sólo en una profunda y dolorosa reflexión sobre la fe, el silencio de Dios (o la ceguera de los hombres, según se mire) o el perdón, sino, mucho más oportuno ahora, la propia comunicación entre universos, creencias. Se habla de fe cuando en realidad todo el esfuerzo se concentra en reivindicar el valor de la razón; se discute de Dios, cuando el que sufre es el hombre. ¿Se puede querer a Dios y renunciar al hombre? ¿Cuál es el sentido último de esa extraña paradoja que el tiempo ha dado en llamar sacrificio? Y así. La película toma como referencia la novela homónima del autor japonés Shusaku Endo que ya vivió dos adaptaciones a la pantalla. La primera la firmó Masahiro Shinoda y fue presentada en Cannes en 1971. La segunda, del portugués Joao Mario Grilo, data de 1994. Scorsese y el guionista Jay Cocks plantean la película como un viaje. Dos sacerdotes jesuitas (Andrew Garfield y Adam Driver) reciben la triste y confusa noticia de la apostasía de su maestro (Liam Neeson). El que fuera su guía espiritual, dicen, ha renegado de su credo y vive en Japón ajeno a las exigencias de su antigua Iglesia. Lo que sucede acontinuación es un viaje al corazón de las tinieblas con el mismo desgaste ofrecido por Conrad en su novela: la duda, la pasión y, por supuesto, el horror. Scorsese plantea un viaje de liberación. En el esquema de una sociedad básicamente feudal, el humanismo igualitario propuesto por el catolicismo de estirpe jesuita que es observado como una amenaza por el poder.  La inquisición nipona ejerce todo su poder hasta la más elemental de las crueldades sobre el cuerpo de cada creyente. La tortura se convierte en un procedimiento y el cuerpo en un espacio de lucha donde se pretende el triunfo de la fe o de la duda. Tanto el sumo inquisidor interpretado por Issei Ogata como el tan sutil como despiadado intérprete al que da vida Tadanobu Asano consiguen que sus personajes adquieran la consistencia casi dolorosa de la verdad. ¿Tiene sentido sufrir por la fe? ¿Es la herida la firma de su existencia? Estas son algunas de las preguntas que plantea Scorsese. Sin embargo, no se nos escapa que su catolicismo está pasado por el tamiz de cierto protestantismo que apuesta por una creencia de carácter individual, vivida en secreto, si es necesario, en la que no es necesaria la estructura política de una iglesia ni por lo tanto la escenificación ritual de la convicción religiosa para converger con Dios.  Scorsese se sabe fiel heredero de una tradición que tiene en nombres como Carl Theodor Dreyer y su Pasión de Juana de Arco quizá su momento fundacional. Pero, más allá, la película dialoga con el gesto arrebatado y exultantemente místico del cine de Tarkovski, sin renunciar al peregrinar por los abismos de Ingmar Bergman. «¿Suicidarse…? No, no… pero puedes quedarte inmóvil, en silencio, así al menos no mientes y puedes aislarte en ti misma, sin interpretar ningún papel, sin tener que exteriorizar gestos falsos», dice la doctora al personaje interpretado por Liv Ullmann en Persona y ahí, en el reconocimiento del silencio como la última oportunidad para evitar la máscara, la mentira, Scorsese y el director sueco comparten algo más que solamente una herida. El resultado es una película que coloca al espectador en una posición tan reveladora como incómoda. Nunca complaciente. Scorsese quiere en todo momento acercar el héroe al traidor. Y hacerlo con una mirada tan compasiva como finalmente cruel. Sólo las máscaras aciertan a dar con el sentido profundo de la más radical de las paradojas. Y así hasta dar con uno de los finales más delicados y tristes del cine reciente.

MIÉRCOLES, 13 DE SEPTIEBRE, 17.30 Y 20.00 HORAS

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I Am Not Your Negro. Francia. 2016. 93 mins. Documental. Dir.: Raoul Peck. Guión de James Baldwin. El rostro maquillado, blanco y sublimado en refulgente Eastman Color de Doris Day se encadena con la imagen de una mujer afroamericana ahorcada en una de las decisiones formales más agresivas de I Am Not Your Negro, documental del haitiano Raoul Peck que revive las palabras del escritor James Baldwin, creando constantes puentes entre la carga de culpa del pasado americano y un crispado presente de cuestiones no resueltas. Siguiendo los preceptos del montaje dialéctico, la unión de esas dos imágenes –Doris Day + esa víctima anónima- se convierte en conciso diagnóstico del estado de la cuestión (racial) en una nación americana que acaba de dar legitimidad electoral a inéditas inflexiones de la intolerancia: la América blanca es un rostro edulcorado y elevado a la condición de icono (icono de una religión donde el credo es el mercado y la supremacía racial, su correspondiente deriva integrista); la América negra es un cuerpo sin nombre colgado de una soga. El documental tiene espíritu de grito urgente y la dinamo que lo propulsa es el mismo imperativo de supervivencia que, en nuestro entorno inmediato, mueve la lucha feminista contra la violencia de género: algo tan básico y tremendo como ese “¡Nos matan!” que nada tiene de metafórico. Mataron a Medgar Evers, Malcolm X y Martin Luther King… y, a día de hoy, la violencia policial sigue cobrándose víctimas. Peck, que fue ministro de Cultura en Haití y lleva años volcando su pensamiento activista en una obra cinematográfica acentuadamente politizada –su último trabajo de ficción aborda la juventud de Karl Marx-, parte del manuscrito inacabado de Remember this House, la obra que James Baldwin quiso consagrar a la memoria de sus amigos asesinados –Evers, Malcolm X y Luther King- en el contexto de la lucha por los derechos civiles de la comunidad afroamericana. La voz de Samuel L. Jackson rescata las furiosas palabras de Baldwin, mientras el implacable trabajo de montaje de Alexandra Strauss abole toda distancia temporal entre el entonces y el ahora. Los informes del FBI sobre Baldwin dejan claro el subtexto del asunto: esto no es un pulso, es una guerra