Jessica Jones: vivir cada día

Por Rubén Paniceres

Jessica Jones, detective privada con un ignorado pasado como superheroína, fue dada a conocer al gran público merced a una reciente serie de televisión de la cadena Netflix, protagonizada por Krysten Ritter, con Melissa Rosenberg como Showrunner. Pero los orígenes del personaje se remontan a las viñetas del comic con la serie Alias publicada entre 2002 y 2004 en el sello Max de la editorial Marvel. En dicha obra, el guionista Brian Michael Bendis y el dibujante Michael Gaydos, nos propusieron una inteligente reflexión sobre la dialéctica relación entre la vida cotidiana y la tarea delhéroe en la sociedad. Ahora Bendis y Gaydosretoman su creación en una colección editada en nuestro país por la editorial Panini.

Scott Fitzgerald escribió que la vida americana no concede un segundo acto. Es decir, hay un momento clave para triunfar en la vida y cuando este pasa, sólo queda hacer mutis por el foro, porque la obra continua con otros protagonistas. Un carácter como el de Jessica Jones protagonista de la saga de 28 números, Alias, parece hacerse eco de la opinión del autor de A este lado del paraíso. Durante un breve periodo de su juventud fue una superheroína apodada Joya, y estuvo a punto de ser miembro del grupo de los héroes más poderosos de la tierra,  Los Vengadores. Por razones que Jessica no le gusta explicar, abandonó su fugaz carrera de justiciera en mallas y escogió una vida gris cercana al estereotipo de la novela negra. Investigadora a sueldo, dedicada a un trabajo que indaga en el lado más oscuro y sórdido de la condición humana y su contexto social. Y como tradicional private eye que se precie, con una rutina aderezada de alcohol y de profuso sexo ocasional, sin ataduras. Lo cierto es que casi nadie parece recordar o al menos no le importa demasiado ese efímero pretérito imperfecto de Jessica. Pues, como en el tango de Gardel y Lepera no llego a la meta por una cabeza. En otras palabras,dejó de ser alguien, sin haber llegado a serlo. Visto así, parece que el escritor Bendis, nos proponía una nueva mirada hacia el fracaso del individuo en su búsqueda del sueño americano. No en vano Grant Morrison en su ensayo Supergods, Héroes, mitos e historias de comics definía a Bendis como un autor más deudor de David Mamet que de Stan Lee. Sin embargo, las intenciones de la serie iban más lejos de esta premisa inicial.

El icono del superhéroe es en cierta medida una sublimación de la mediocridad de la vida corriente. El campeón superpoderoso suele tener otra identidad caracterizada por una circunstancia personal nada remarcable. Un ejemplo paradigmático es el clásico de los años 40, CapitánMarvel, en el que el otro yo del superhombre es Billy Batson, un chico invalido en la frontera de la indigencia que al pronunciar la mágica palabra SHAZAM! se transforma en el invencible Capitán Marvel. El superhéroe es, pues, aquel que logra todo aquello que el hombre de a pie desearía y no puede hacer.

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Sin embargo, siempre he pensado que los lectores se identifican más con el insignificante alter ego que con la faceta del superhéroe. No somos Spiderman, pero muchos de nosotros nos hemos sentido alguna vez en nuestra etapa escolar como Peter Parker, el chivo expiatorio víctima del acoso del resto de la clase. No volamos como Superman, pero nos encontramos cercanos a Clark Kent, el último de la fila en su trabajo, ignorado por su guapa compañera Lois Lane a la que sólo le atraen las capas de color escarlata. En los superhéroes del comic lo que nos engancha como lectores es esa compleja dualidad que lleva a un Matt Murdock a ser por el día un abogado que cree en el imperio de la ley, y, por la noche, un diablo enmascarado que aporrea sin piedad a los criminales que la corte deja en libertad. Es la soledad y la sensación de estar fuera de sitio de Steve Rogers alias El Capitán América. Es el dolor de un Bruce Wayne, que ha contemplado el brutal asesinato de sus progenitores, lo que nos lleva empatizar con un individuo disfrazado de murciélago, y le da una profundidad casi shakespeariana.

Debido a esa importancia de la faceta cotidiana del héroe en los ochenta y los noventa, autores como Alan Moore con Watchmen; Frank Miller con DareDevil: BornAgain o Kurt Busiek con Marvels dieron un paso adelante y llegaron a la conclusión de que había que pasar de los disfraces y las máscaras y recuperar nuestro propio nombre, siendo humanos, tal vez demasiado, pero humanos siempre, porque el hombre de la calle es lo que de verdad importa. Mientras que autores como Rick Veitch con su trilogía El Maximortal o Pat Mills y Kevin O´Neill con la saga del cazador de héroes, Marshall Law, llegaron aún más lejos y diagnosticaron al superhéroe como el síntoma de la enfermedad de la sociedad occidental.

Esos enfoques dejaron su huella en la cultura popular y, sin duda, influyeron en la creación de Jessica Jones. Ella no viste ningún uniforme ni usa antifaz, ni apenas utiliza sus dotes excepcionales. No ostenta otro yo heroico, solo su identidad real significada en un apellido tan corriente que parece la quintaesencia de la vulgaridad. En la serie original Bendis y Gaydos nos radiografiaban la América posterior al atentado del 11-S del 2001. Un universo corroído por el racismo; la paranoia; el fundamentalismo religioso; la corrupción de las instituciones y la manipulación de la sociedad, simbolizada en Kilgrave, el hombre purpura; villano capaz de abducir a todas y a todos. Frente a ese panorama Jessica no se comporta como el personaje de comic al uso (algo que en un rasgo meta referencial alude Kilgrave comparando su vida a un tebeo), logrando victoria tras victoria contras las fuerzas del mal. Su recorrido se cifra más en un intento de sobrevivir a la corrupción de su entorno- cuyo exponente más agudo es Kilgrave que logra llevarla al límite de la degradación- y afirmarse como persona. Los héroes el comic siempre están salvando al mundo cada mes con lo que la excepcionalidad de su misión se revela como reiterativa y redundante. Cuando se solucionan crisis tras crisis, hay que pensar que en realidad no hay ninguna crisis y la existencia es un largo río tranquilo en el cual todos los imprevistos tienen arreglo. La vida real, por desgracia es muy diferente. El subsistir y desarrollarse como ser humano; tal vez formar una pareja y una familia; desarrollar un proyecto de vida; sustentar unos principios éticos que nos sirvan de ancla ante los dardos azarosos de la fortuna .Todo ello es el work in progress que forma nuestra trayectoria y eso es lo que una serie como Alias nos proponía en su conclusión donde Jessica Jones afrontaba su mayor reto: ser madre y formar pareja estable con Luke Cage otro superhéroe atípico y tan marginal como la misma Jessica.

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Después vino una continuación, la serie Pulse donde Jessica cambio de profesión y se convirtió en periodista en el DailyBugle, un pretexto para que Bendis realizase una desmitificación del universo Marvel, pasando revista a los aspectos más ridículos y disparatados de los héroes enmascarados. Es a finales del 2016 cuando los dos autores originales recuperan a su personaje en la serie Jessica Jones en la que se ilustra el éxito en su faceta heroica y su desplome en su vida personal. Algo bastante habitual en los comic books de la Marvel, pero expresado con mayor convicción por Bendis, pues se plantea que la labor de los superhéroes no sea más que una muestra de narcisismo prepotente que engendra la envidia y el resentimiento de sectores de la sociedad. Ya en Alias había apuntes interesantes donde personajes de la trama fingían ser héroes para que la gente les hiciese caso o ingerían drogas de diseño para conseguir superpoderes. Esa obsesión por sobresalir por encima de los demás al precio que sea, sugería que los superhéroes podían ser un pernicioso modelo a imitar para algunas mentalidades. Además, en la actual saga se desliza una turbador dilema. Un personaje de la acción atestigua que los guardianes enmascarados han destruido mundos y realidades alternativas para que solo subsista el mundo donde ellos habitan. Es el maquiavélico imperativo que el general Mcnamara expuso en referencia a la guerra de Vietnam: «Es preciso destruir un mundo, para salvar a otro».

Así, unos arquetipos tan emblemáticos de la cultura de los USA como los superhéroes pueden ser el reverso de la política del Destino Manifiesto yanki que ha bombardeado medio mundo en nombre de unos ideales que se pretenden universales, sin conseguir convencer de ello a los bombardeados. Por otra parte, siempre me ha llamado la atención aquellos que se auto-valoran como poseedores de una superioridad moral, pero son tan inoperantes, cuando no mezquinos, en sus relaciones con la familia, amigos o vecinos. En ese sentido es más impactante que la batalla contra delirantes conspiraciones, la ruptura de Jessica con Luke Cage, que degenera en un monólogo a dos voces, repleta de agresividad y violencia, o su desconexión emocional con su madre. Difícilmente se puede tener la receta para corregir todos los desperfectos del universo cuando se tiene la propia casa sin barrer.

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En definitiva, una serie como Jessica Jones hace una paráfrasis del ritual con la que la republica de la antigua Roma recibía a sus generales victoriosos en una ceremonia en la que un esclavo les susurraba al oído, «recuerda que eres mortal y toda gloria es pasajera». Superhéroes o gente corriente, todos nos enfrentamos siempre al mismo reto: tratar de conseguir una humanidad que día a día ,cada vez más, parece escapársenos en un mundo reducido a la apariencia y el simulacro, donde el Alias es más importante que nuestro verdadero nombre.