Música para ver

Por Pachi Poncela

La primera partitura escrita expresamente para el cine es de 1908. La compuso un tipo que iba para busto de conservatorio, Camille Saint-Saëns. La película se titulaba “El asesinato del duque de Guisa” y duraba quince minutos. De aquella el acompañamiento musical se realizaba en directo, sincronizando lo mejor posible la filmación con la pericia de los intérpretes.

Labor tan ingrata, esa de tocar el piano en los cines, fue el primer empleo musical del jovencísimo Dmitri Shostakovich. Así contribuía a la maltrecha economía familiar. Quién iba a decirle al más grande sinfonista soviético que componer para el cine le salvaría de la penuria, y puede que del suicidio, decenios más tarde: DSCH sobrevivió al veto impuesto a partir de 1948, cuando sus obras estaban prohibidas en las salas de conciertos, escribiendo bandas sonoras, y sólo porque Stalin, secretamente, disfrutaba escuchándolas.

Otro veto, el de los “degenerados” del terror nazi, creó el sonido del Hollywood dorado. La emigración forzosa de los Korngold, Rozsa y compañía nutrió a los estudios de auténticos genios de la banda sonora, a falta de mejor cauce para enfocar su talento. Ni Schoenberg ni Stravinsky, exiliados de postín, hicieron buenas migas con la industria del cine. Lo más cerca que estuvo el padre del dodecafonismo fue con su inquietante Acompañamiento para una escena cinematográfica, escrita en 1929 para una película que jamás llegó a rodarse.

Dicho lo cual, aclaremos que en este programa de “Ganas de Música” (casero, como los bizcochos) no aparece ni una sola banda sonora original. Al contrario, la cosa es mostrar el oído visual de cineastas de variado pelaje, capaces de encontrar la música adecuada para convertir en memorable una escena. Lo mismo les da que sean Beethoven, Grieg u Offenbach si la cosa funciona. Pasen y oigan. Y vean. No, de Kubrick no hay ninguna.