Elogio de la pornografía

Por Rubén Paniceres

En gran parte del pasado siglo, el cinema pornográfico era rechazado por la sociedad por obsceno siendo consumido de manera clandestina y deviniendo en ocasiones en producto de encargo de las clases más elevadas. Es muy conocida la afición por lo sicalíptico que tenía el rey Alfonso XIII, llegando a manufacturarse cortos eróticos como el estrafalario El ministro (1923), para el regodeo del monarca. Es a partir de 1972 cuando se autoriza la exhibición pública en USA de una cinta repleta de folleteo explícito. La película era una tosca comedia, Garganta profunda, centrada en una joven cuyo clítoris se ubicaba en la garganta. Fue dirigida por Gerard Damiano y protagonizada por las espectaculares mamadas de Linda Lovelace. A partir de ahí, vino la legalización de las salas X, especializadas en la húmeda materia. Las Sex Shops y el video doméstico tomaron el relevo a los cines en los ochenta y luego vinieron las televisiones de pago e internet. De tal modo que merced a miles y miles de páginas web dedicadas al “porno” este es casi un elemento cotidiano en nuestra cultura. A esto se suman ciertos aspectos del famoseo con los que la galaxia mediática distingue a algunos/as de sus estrellas. Hay que precisar que nos referimos a las películas porno más habituales, con preferencia por la orientación heterosexual, dejando de lado la exhibición de parafilias extremas como la zoofilia, el sadomasoquismo o la coprofilia entre otras delicatessen.

Una pregunta que se suscita es si el cine erótico en su vertiente de porno duro o Hard Core es o no una de las bellas artes. La RAE en su diccionario de uso define así a la pornografía: «Género artístico que muestra con detalle escenas de carácter sexual para excitación de quien las contempla». Reparemos en lo de género artístico. Un sector de la crítica revindica que las películas Hard Core son un género cinematográfico más y deberían enjuiciarse sus aciertos y rastrear a sus autores. Sin ánimo de ser exhaustivos surgen algunos sospechosos habituales. El pionero Damiano que derivó al existencialismo con El diablo en la señorita Jones (1973), el historiador de la corriente Alex de Renzy con su Story of the Blue Movie(1970), los hermanos Mitchell y su psicodélica Detrás de la puerta verde (1973), Andrew Blake y su esteticista La casa de los sueños (1990),  el hiperrealista John Leslie o el “feminista” Rocco Siffredi

poderes-unidos-tras-la-puerta-verde_1972023

Ortega en La deshumanización del arte afirmó que el cine era ante todo un arte corporal. Según esto el porno sería el cine por antonomasia porque su piedra angular de manera totalitaria es el cuerpo humano al natural. Pero este es un evidente sofisma. Una planificación venérea de la imagen fragmenta y cosifica la figura humana reduciéndola a una mecánica de insertos de coños, pollas y culos que transforma a los individuos en perseverantes máquinas de follar. Por otra parte,  la faceta transgresora que tuvo inicialmente la pornografía desafiando las inquisiciones y censuras de la civilización occidental que negaba el derecho al gozo, se ha transformado, como examina Octavio Paz en La Llama doble, en una visión capitalista regida por una economía de mercado. Lo fundamental es el rendimiento estajanovista del sexo o sea, cuantos más “polvos” mayor será el beneficio. Los intentos de aportar elementos dramáticos y narrativos al género, el llamado porno con argumento o Gonzo, que tuvo mucho predicamento en los 90, no llegaron demasiado lejos a pesar de realizadores como el italiano Mario Salieri, quien incorporó elementos de la comedia italiana, el poliziesco o el giallo, para sus películas eróticas. Las razones de la insuficiencia eran la pobreza de medios; el trabajar con gente dotada para el fornicio, pero nula en la interpretación convencional. Y sobre todo el que el corazón de la trama en todas las películas porno, inexorablemente, queda reducido al omnipresente mete saca, como diría Alex y sus compadres de La naranja mecánica. Porque el mayor enemigo contra el que suele perder la batalla el Hard Core, no es otro que el aburrimiento. El tedio surge en medio de una oceanografía de corridas de presunta alegría. Paul Valery afirmó que las obras de arte nunca se acaban, solo se abandonan. Lo mismo podríamos decir del cine porno, ya que, obviando, a algunos esforzados estudiosos, la mayoría de los espectadores no ven casi nunca una película pornográfica entera, solo fragmentos (aunque algunos de ellos desgasten los cabezas de los aparatos de reproducción, debido a su reiterativo visionado). Y, no nos engañemos, al usuario el argumento le importa (nunca mejor dicho) un pito. Tal vez por ello al gonzo, le sucedieron fenómenos como el porno amateur ejecutado por no profesionales o las reproducciones de los formatos de la telerealidad, que convierte a los espectadores en voyeurs descarnados y en un émulo del Gran Hermano, más propio de las televisiones privadas que de George Orwell.

Otro elemento más polémico es la moralidad del porno. Numerosos colectivos, desde feministas, pasando por asociaciones religiosas, hasta militancias ideológicas extremas y diversas, tanto de derecha como de izquierda, lo tienen claro: la pornografía es una perniciosa basura que debe ser erradicada.

Hemos de advertir que una película que muestre follando a dos o más personas adultas, sea cual sea su raza y su orientación sexual, no nos parece a priori, algo perverso, porque como dice Roger Shattuck en su libro Conocimiento prohibido: «La pornografía estará siempre entre nosotros; cumple una función y sus formas tradicionales no presentan un peligro serio para la decencia y la moral. La reacción más saludable suele ser la risa, no la indignación».

0b14b740fb6db2c331f1984e83f94f4c--anatomy-art-angel-wingsAhora bien, las feministas tienen toda la razón cuando alegan que el universo de la pornografía es falocéntrico. Haciéndose eco de la cita de Freud, la anatomía es destino, El porno se factura esencialmente para los hombres no para las mujeres. Esto acaece incluso en el Hard Core homosexual que se enfoca más a los gays que a las lesbianas, pues aunque las escenas sáficas son frecuentes en el género, están destinadas a empalmar al público hetero. Se produce la paradoja de que las estrellas del erotismo filmado suelen ser las actrices (las cuales suelen cobrar más que los actores), pero el cuerpo del deseo está subordinado al fetichismo masculino, segregando a la verdadera identidad femenina, reduciéndola como en el cuadro de Leonor Fini, El ángel de la anatomía, a un esqueleto descarnado.

Por otra parte, enlazando con lo que hablábamos antes de la monotonía de la pornografía audiovisual, lo enfermizo es que ese hastío se transfiera a la vida real. Y es que el sexo debería ser algo alegre, liberador, socializador y sobre todo, como dijo Pascal Bruckner, Eros tiene que ser un hijo de la fantasía para no marchitarse. De otra forma caemos en el peligro de aislarnos del contacto con la alteridad y que arribemos al nihilismo que de manera descarnada expuso el poeta británico Phillip Larkin: «No tengo ganas de salir con una chica, cuando puedo masturbarme gratis y pasar el resto de la velada la mar de tranquilo».

En fin, cada uno se corre como se puede. Pero la pornografía no es más que una sublimación de la tristeza y soledad de la carne, de lo que Georges Bataille, denominó en un excelente ensayo, Las Lágrimas de Eros. Ya va siendo hora de que el sexo vuelva a ser feliz y Eros recupere su sonrisa.