Una filosofía a contracorriente

Por Víctor García Guerrero

Pablo Huerga es hijo de sus padres de Benavides, León, y de Platón, Atenas. Es un hombre de la tierra labrada y del árido mundo de las ideas, que forma tan parte del planeta como el Bierzo. En eso consiste ser filósofo, en tener los pies en el suelo, en saber de qué está hecho el mundo, para poder recorrer sus surcos sin perderse en los falsos caminos de la superstición y la ideología. Pablo Huerga es un maestro y un filósofo porque se ha manchado las manos del barro maltratado de la escuela pública como profesor del Instituto Rosario de Acuña de Gijón y está empeñado en encontrar la luz que se esconde en nuestras tinieblas cotidianas, las que se ven en las pantallas de nuestros móviles y televisores. Esa luz que asoma en la pintura, la fotografía y el cine, artes hijas de las sombras que Platón dibujó en una cueva para convencernos de que para conocer y cambiar la realidad, a veces, conviene mirar al otro lado de las cosas.

Pablo Huerga hace filosofía a contracorriente, que seguramente sea la única forma de dedicarse al oficio. Así se debe definir la tarea de analizar la ciencia, la educación, el Guernica o el cine desde las coordenadas del materialismo filosófico, el artefacto que se inventó Gustavo Bueno para entender las cosas de la vida y que Huerga estudió y desentrañó cuando entró en la facultad de Filosofía donde entonces mandaba Bueno. No se puede entender la filosofía de Huerga sin la de Bueno, del que Pablo ha dicho que es «el mejor filósofo español del siglo XXI y uno de los más grandes de todos los tiempos». Aquí no hay peloteo sino genuina admiración por el padre del sistema a partir del que filosofa Huerga. Y es, como digo, contrario a los tiempos: materialista en un siglo idealista, marxista en el imperio del capital, ateo en las catedrales de Wall Street, y en el fondo revolucionario cuando la historia dicen que se ha acabado. Pablo Huerga practica una filosofía incómoda porque se mete con nuestras ideas de sofá.

Para empezar, con la ciencia y sus mitos. La tesis doctoral de Pablo Huerga es una historia de héroes en el periodo de entreguerras, de jóvenes científicos-filósofos que creían en el hombre nuevo de la revolución soviética y que el mundo podía ser, por eso mismo, humano. Publicó aquella tesis que se leyó una mañana de Oviedo ante la presencia de sus padres y la mirada basilística de su diretor, Bueno, en formato de libro con el título de La ciencia en la encrucijada (Pentalfa, 1999).

En esta obra analiza la ponencia de Boris Mijailovich Hessen, físico, filósofo e historiador de la ciencia que se hizo comunista para luchar por la revolución de Lenin pero que no sobrevivió a la noche de Stalin. Hessen fue el autor de Las raíces socioeconómicas de la mecánica de Newton, un libro esencial al que Pablo Huerga llegó a través de Bueno para entender cómo los científicos son menos dueños de la ciencia de lo que parece sin que eso signifique enterrar su verdad. La idea de Hessen era que los científicos no son tanto geniales gigantes solitarios que gritan eureka al caer la manzana como piezas en un engranaje político y social al que arriman el hombro y que, necesariamente, determina sus teorías. La tesis y el libro de Pablo analiza la aportación de Hessen a lo que luego será estándar a los dos lados del Muro, la “historia social de la ciencia”, pero sin derrotarse en el postmodernismo, la moda relativista dominante que huye del concepto de verdad y que, por lo general, impregna los programas de las asignaturas Ciencia, Tecnología y Sociedad (CTS) que se imparten en los institutos.

De la verdad trata ¡Que piensen en ellos! (El Viejo Topo, 2003). Aquí Pablo discute, de nuevo, cuestiones de materialismo y relativismo a partir de esa españolada de Unamuno que le sirve para dar el título a su libro y también para introducir las peculiares condiciones de la educación y la ciencia en España. Aquí está otra de las claves del pensamiento de Huerga: la preocupación por lo que se enseña, por la transmisión del conocimiento y por una idea de España alejada de los cánones franquistas pero también de los disolventes.

A la educación, a la historia y la filosofía de la educación, vuelve Pablo Huerga en El fin de la educación. Ensayo de una filosofía materialista de la educación (Eikasia, 2009). En esta ocasión, Huerga pone en práctica las herramientas del materialismo filosófico de Bueno para buscar el núcleo (el fin, el objetivo de la educación) pero también su curso (su camino, su ¿final?). Muy en resumen, Huerga encuentra el núcleo de la educación en la formación de la persona, y ese núcleo no se constituye al margen de la naturaleza de la sociedad. Siendo la nuestra una sociedad “turbocapitalizada”, donde el centro de la vida no son los seres humanos/personas sino el dinero, no hay más final que la melancolía para la educación pública, entendida en estos tiempos como “educación para la ciudadanía”, o sea, para el consumidor.

Pero nunca nos sentimos así los que algún día nos colamos por gusto en las clases de Pablo Huerga en el instituto. Al contrario, en ellas se planteaban ejercicios críticos de lo que hay y se ve. Como los cuadros. Como el Guernica, materia del que trata La otra cara del ‘Guernica’: ensayos en torno al materialismo filosófico (Zahorí, 2011), que es un análisis original y brillante del célebre cuadro de Pablo Picasso, pero también el principio de unas ideas que cristalizan en La ventana indiscreta: una poética materialista del cine (Rema y Vive, 2015), y cuyo título nos revela el contenido: una filosofía del cine, una reflexión sobre la verdad -si es que la hay- del arte, y en particular el arte pictórico, el de las imágenes, el de las cosas que vemos, sean sombras o luz.

Plena de sombras está la historia de España, y especialmente tenebrosa se ha pintado la era americana de España. Sobre eso reflexiona en su último obra hasta el momento. Gnoseología de la película ‘La Misión’ (Rema y Vive, 2017) utiliza la película (el relato, la imagen, la apariencia) de Roland Joffé para abordar mitos y realidades de esa España a veces maltratadora y maltratada por propios y ajenos. Aquí, de nuevo, Huerga navega contra la catarata de la ideología dominante, asentada en el confort del prisionero que observa la historia reflejada en la caverna.

En fin, Pablo Huerga es un maestro, y aquí tampoco hay peloteo sino genuina gratitud. A los que entramos en su aula, a los que nos concedió alguna tarde de viernes entre algún café y unos ducados adolescentes, nos enseñó una filosofía que abría el mundo en canal, lo diseccionaba y finalmente lo reconstruía para volver a empezar. Ignoramos e ignoraremos, dijo el filósofo y recuerda Pablo Huerga, que por eso mismo anima sin cesar al conocimiento, a la crítica y a la sospecha para luchar incansablemente contra esa superchería sin patria ni madre que jura que la historia ya se ha terminado.

 

Víctor García Guerrero se coló en las clases de Pablo Huerga cuando no le tocaba y tuvo que hacer algo parecido en las universitarias de Gustavo Bueno. Es periodista en RTVE.