Maestros del silicio


Por Uriel Bonilla Suárez

El edificio Las Palmeras, en Roces, es hoy un centro de formación ocupacional que depende del Principado de Asturias, aunque puede resultar que el Ayuntamiento de Gijón controle la segunda planta para sus propios fines, formativos o de otro tipo. El centro, leemos en la web municipal, «cuenta con: unas fachadas que aparecen cubiertas de zinc, madera y vidrio, […]». Es un bello edificio, singular y en cierto modo deslumbrante. El pasado es otra cosa.

En el pasado haría falta un gran esfuerzo performativo para colocar ante nuestros ojos el estado de un edificio de ladrillo permeable al clima, de pintura desconchada y ecos inquisitivos derramándose por aulas y pasillos. Hoy las palabras se han hecho duras para describir porque existe la imagen fija y grabada, realista. Hoy podemos contemplar el vídeo de las jornadas culturales del IES n.º9, en aquellos momentos ya casi Rosario de Acuña, y prescindir de más. Hoy Martin Guerre no podría regresar.

Pero el IES Rosario de Acuña era una ruina llena. Gente del Rinconín, de la plaza del Humedal, de Manuel Llaneza, del Polígono afluíamos, todos los días en autobús, a este inmueble de la segunda corona de extrarradio de Gijón. Un proceso que aflojó los lazos de la infancia y nos obligó a establecer otros nuevos, para sobrevivir y pasar el rato.

El Rosario de Acuña, dada su situación histórica (al filo siempre de la desaparición por abandono, por inutilidad para el juego político o por la bajada de la marea demográfica), constituyó un proyecto de resistencia fabricado golpe a golpe: jornadas culturales, intercambios con Francia, la revista de los estudiantes (Horizontes Lejanos, confieso mi responsabilidad en proponer semejante rótulo), el proceso de elección del nombre, el premio de investigación, etc. Y de autodefensa en favor de la educación pública. El profesorado, en su mayor parte, fue consecuente con esta visión e hizo cuanto pudo por ofrecer lo mejor de sí: tuvimos un muy sobresaliente profesorado. Eran los nuestros, por supuesto.

También hubo algunos maestros. Pablo Huerga no tenía treinta años cuando llegó al instituto y siguió sin tenerlos cuando salimos de allí. Un año después leyó y más tarde publicó La ciencia en la encrucijada (1999), su tesis doctoral. No fue un Giner de los Ríos, ni un Sócrates, eran nuestros tiempos y menos mal: teníamos, tenemos, educación pública. Y, además, la condición de maestro no es absoluta: se es profesor de todos pero maestro, solo de unos pocos. Así se entiende su reivindicación de la figura de José María Laso Prieto, cuando atribuía la maestría a su actitud, a su entusiasmo y a su manera de transmitir y de ejercer la solidificación de los conocimientos en las personas.

Así aterrizó Homero en nuestras vidas, punto de partida, nada menos, del programa de historia de la filosofía ese año de 1995 o 96: ni siquiera Tales de Mileto fue suficiente. Y así vino Gustavo Bueno a nuestra aula a presentar ¿Qué es la filosofía? Él, Pablo, fue quien propuso a Wenceslao Roces como lar protector del instituto y quien nos habló de José María Laso. Y sus textos y sus palabras nos alearon cuando, los que nos matriculamos en la carrera de Filosofía, participamos en la revista de los estudiantes en la Universidad de Oviedo, cuando pusimos en marcha el proyecto dedicado en Internet a Wenceslao Roces y a José María Laso. Y todos, cuando íbamos al cine y cuando hacíamos política.

Hace falta ser de un metal especial para empezar de cero todos los años. Para mirar los rostros de los adolescentes renovados pero distintos y querer, a pesar de todo, meter las manos en el río y remover con rabia o con alegría (que la disyunción puede ser inclusiva). No con la intención de pescar sino para enseñar a hacerlo. El silicio cristalino suele ser uno de los metales preferidos por los constructores de placas solares para retener la luz del sol y transformarla en electricidad. Pablo Huerga aun es un maestro en la caverna: tiene lengua de metal.

Nota:

A pesar de Internet algunas referencias pueden resultar oscuras, así que hago las aclaraciones pertinentes. Martin Guerre fue objeto de sustitución personal durante el siglo XVI en un caso famoso que comenzó a ser referido ya desde 1561 y que Natalie Zemon Davis estudió pormenorizadamente en 1983. La expresión segunda corona de extrarradio de Gijón (que suena al segundo círculo del infierno) fue acuñada, hasta donde sé, por Ramón María Alvargonzález en su libro clásico Gijón: industrialización y crecimiento urbano (1977). Explico esto porque Pablo Huerga Melcón me aleccionó acerca de la importancia de citar las fuentes.