El carnicero indiscreto

Por Juan J. Alonso, Jorge Alonso y Enrique A. Mastache

Editar ensayos es fácil, siempre y cuando no se tenga intención de ganar dinero, fama y prestigio y se esté dispuesto a morir de las ideas pero, como quería Georges Brassens, de muerte lenta. Ofrecimos al filósofo Pablo Huerga publicar un ensayo sobre el tema que quisiera con dos únicas condiciones: sería un ensayo breve porque lo bueno, si breve, aligera las facturas de la imprenta, y Pablo se comprometía a entregar el texto en un plazo determinado. Pablo aceptó el encargo e incumplió con magnífica elegancia las dos condiciones: no escribió un texto breve, y no entregó el texto en el plazo previsto. El resultado fue un ensayo deslumbrante, minucioso, profundo, a veces difícil y mil veces corregido al que Pablo puso por título Una poética materialista del cine. Los editores sólo hicimos una sugerencia: ¿se podría pensar en un título un poquito más atractivo y un poquito menos intimidante? Pablo propuso La ventana indiscreta. Era perfecto. Pero también insistió en que el subtítulo fuera Una poética materialista del cine. No hubo problema.

Presentamos La ventana indiscreta en salas de conferencias y en librerías, nos movimos entre auditorios numerosos (teniendo en cuenta que los libros de filosofía no son tan populares como los de cocina) y casi minimalistas, nos adaptamos a facultades de Filosofía y a bares de copas… Pablo concedió entrevistas en prensa, radio y televisión, firmó ejemplares de su libro, polemizó con colegas, aceptó elogios y críticas, llevó ejemplares en mano aquí y allá y lamentó muchas veces no haber pensado antes en una idea que podría haber mejorado el texto y que a él la parecía importantísima. Los editores sabemos perfectamente cómo consolar a los autores cuando encuentran una errata en su libro o están convencidos de que esa nueva y tardía idea es fundamental para el buen entendimiento de la obra. Las palabras mágicas son: “segunda edición”. Tranquilo, Pablo, en la segunda edición del libro corregiremos lo que haga falta y podrás añadir lo que creas necesario. Mano de santo. ¿Qué sería de los editores sin el mito de la segunda edición?

¿Por qué Pablo, que podría haber escrito el libro que le diera la gana, se decidió por lanzarse a la piscina de una poética materialista del cine? El sociólogo y filósofo estadounidense Lewis Mumford ya se dio cuenta de que se supone que existe una estrecha relación entre el bienestar y el número de baños, coches o productos análogos, y lamentaba la sombra de reproche que tienen que soportar todos los intereses y ocupaciones no materiales de la humanidad. La ventana indiscreta no trata de baños ni de coches, y se ocupa de algo muy poco material, así que siempre estará a la sombra. ¿O no es así? ¿O acaso reflexionar sobre el cine es algo que tiene que ver con las preocupaciones de la humanidad? Quizás el filósofo francés Michel Onfray tenga razón cuando dice que es un error imaginar que es posible el acceso a una obra de arte (La ventana indiscreta de Hitchcock, por ejemplo) con las manos en los bolsillos, totalmente despreocupados. Todo juicio estético, sostiene Onfray, se hace imposible, impensable, si se ignoran las condiciones de existencia de una obra de arte y el lenguaje en que está escrita. En ese sentido, La ventana indiscreta de Pablo Huerga es tan útil como un baño o un coche. Bueno, puede que esté exagerando… Pero comprendan que los editores vivimos de vender libros.

De La ventana indiscreta surgió otro texto, que la editorial publicó en forma de cuaderno, en el que Pablo aplicaba su poética materialista del cine a La misión, la película de Roland Joffé famosa sobre todo por la exquisita banda sonora escrita por Ennio Morricone. Gnoseología de la película `La misión´ tiene un título poco atractivo, pero en este breve (esta vez sí) ensayo, Pablo se comporta como aquél carnicero chino del siglo IV a. C. cuyos cuchillos nunca se mellaban porque conocía perfectamente la disposición de los huesos y articulaciones de cada tipo de esqueleto, lo que le permitía cortar con exacta habilidad. El cuchillo de carnicero de Pablo ataca las articulaciones de La misión hasta dejarla despiezada ante los ojos del lector, aunque Pablo siempre presta más atención al cuchillo que a los huesos y ve defectos en el filo que, ya saben, los editores juramos corregir en la segunda edición.

Los carniceros chinos son insaciables.