Bajo las palmeras

Por Pablo García Guerrero 

Cuando aún se hablaba del «territorio MEC», y para quienes no sabían manejar los hilos administrativos que ayudaban a colocar al niño en un centro de prestigio, existió en Gijón un instituto pre-ESO y pre-pop al que nadie quería ir. Condenado al cierre por el Ministerio desde su creación, sin nombre y con un número de serie, se le adjudicó un edificio destartalado del extrarradio, al lado de una iglesia sin fieles, rodeado de prados y maleza, en cuyas calles con nombres de oficios desaparecidos merodeaban vagos, pensionistas y yonkis, el hermano de Juanele y el loco del barrio que robaba ropa de los tendales y un día quiso entrar al patio a matar a uno. El edificio Las Palmeras se caía, las paredes tenían el color agrio de un orfanato checheno, había mallas metálicas oxidadas cubriendo las ventanas del primer piso, mesas y sillas remendadas, rincones oscuros donde acechaba el olvido y baños sin pestillo llenos de humo, chicles y kleenex. Todo se había hecho a prisa y corriendo, desde el efímero paso por la Casa del Mar, y profesores y alumnos merodeaban las aulas y los bancos del parque con la soga del cierre al cuello. Se peleó durante años cortando la avenida de la Constitución hasta llegar al ayuntamiento, se rescató un nombre de mujer, se obtuvo una ubicación y el instituto sobrevivió.

Pero antes, Mariano, Autos Sama, Xavina y el conductor de Hortal salido de Proyecto Hombre con la mirada perdida y sonando Camela recogían a los alumnos por todo Gijón, y las líneas, 1, 4, 9, 8…, establecían ya un orden, una jerarquía de la maldad adolescente, la que pasa por La Arena, la que viene de La Calzada, los del Polígono, Pumarín, con un asiento asignado para los chungos, las guapas, los raros, todas las edades mezcladas, tripitidores, guajes, protodelincuentes que bajaban a la vez y se desperdigaban por el patio y el parque con sus vaqueros lavados a la piedra y un Nevica por encima en el mes de junio echando un pitu.

Mientras algunos hacían boquetes en la pared para mirar la clase de al lado y dibujaban en cada mesa penes parlantes con ojos y boca, se enseñaban también matemáticas, latín a la antigua y griego de El Aaiuún, dibujo técnico a ojo, historia universal de la derrota, gramática de Alarcos, literatura para pobres, inglés de radiocasete, gimnasia en vaqueros y francés de Suatea, con vocación, paciencia y camaradería. También había filosofía, ética al principio e historia de la filosofía después, en COU, para la selectividad: Sócrates y Platón, Espinosa, Descartes, Kant, Hegel y mucho Marx, Gustavo Bueno, materialismo histórico para chavales con espinillas. «¿Para qué sirve la filosofía?», preguntó el profesor el primer día de clase, y una allí que había repetido, de cuando se repetía, porque de algo se debía de acordar del año pasado, y que nunca más volvió a hablar, dijo que «para buscar la felicidad». «Exactamente», la felicidad, la libertad, la fraternidad, seguía Pablo Huerga, con un jersezón o con una camisa por fuera, sin afeitar, a medio despertar parecía, con el pelo revuelto, abriendo mucho los ojos cuando explicaba la caverna y las lentes de Espinosa para hilarlas con una película, Blade Runner o Parque Jurásico, Felipe González y Yugoslavia, mientras unos preguntaban y escribían y otros dormitaban o dibujaban velocímetros de un coche imaginario que nunca tuvieron, pero sin molestar.

No usábamos libro de texto porque Pablo Huerga tenía la historia de la filosofía en la garganta, y con él pasaban las ideas y las épocas y los sueños oscuros de la humanidad sin lamentos ni nostalgias, no como algo muerto y enterrado, sino al contrario como piezas de un objeto que nos tocaría a nosotros ensamblar, un arma, una lanza, una hoz, para entender el mundo, saberlo y destruirlo. El gusto por la filosofía como arma que transmitió Pablo Huerga a esa generación creó vocaciones entre muchos chavales que hoy están de libreros o repartidores, dirigen a oscuras cinematecas y revistas o escriben crónicas para la radio pública donde se escuchan todas las cavernas, todos los motores inmóviles y todos los animales divinos que explican el mundo y que no existían hasta que alguien nos los enseñó así, con la camisa por fuera y los ojos muy abiertos, con una hoz en la mano.

La filosofía servía para ser feliz, pero sólo siendo libre se era feliz, sólo el conocimiento daba la libertad, y el conocimiento lo dieron la razón, el compromiso, la lealtad y también la adolescencia infinita que pasamos entre las paredes agrias de Las Palmeras y en los bancos fumando del parque de Roces. Pablo Huerga y los demás nos pusieron en las manos las piezas para apropiarnos del mundo cuando aún del mundo no entendíamos nada, y a nosotros habrá de quedarnos siempre el agradecimiento de ese gesto eterno de quien comparte el saber con convicción, con ambición y exigencia para que sean otros, nosotros, los que continúen la lucha, hasta que, en algún momento, alguien tome el relevo y mejore lo poco que hayamos dejado detrás.

Pablo García Guerrero es profesor de español en París.