Réquiem por un gilipollas (Le Pacha, 1968)

Por Jorge Alonso

Aquí está todo, condensado en una escena de apenas dos minutos de la película Le Pacha, desde el instante en que llega el coche hasta que Serge abandona el estudio de grabación. Aquí está el espíritu afrancesado global que cautivó a Mick Harvey, ese australiano que lleva ya cuatro discos homenajeando el (casi inabarcable) legado del sátiro picassiano, el espíritu que nos ha cautivado a tantos. No es puramente el de la chanson el Serge Gainsbourg que aquí vemos, aunque desde luego está ahí, él siempre fue acumulando una capa a la anterior, o despojándose parcialmente de ellas para volver sobre alguna prenda oculta hasta entonces, o por entonces. Pero no es desde luego el Gainsbourg pegadito a La Javanaise, el Couleur Café y Boris Vian, no solo él, aunque también.

Está esa batería, escúchela, el ritmo sincopado que trota junto a los bongos ¿de dónde sale? ¿Qué canto ancestral lo impulsa? Estamos en una película noir que no se mueve ni un milímetro del canon, excepto tal vez por el aire de esta canción, un guiño africano de la Francia que tortura y asesina en Argelia, un ritmo hipnótico pensado para el trance que será carne de Dub años más tarde; no solo esta canción sino muchas más del repertorio Gainsbourg han sido acertadamente filtradas por el tamiz del género urbano de raíz jamaicana. Está esa percusión entonces, y parecería que vamos a deslizarnos por la cuesta del Sympathy For The Devil Stoniano, esa que grabó Jean-Luc Goddard en el documental experimental del mismo nombre, pero va más allá, escuche la línea de bajo, y lo que es más, observe al bajista, el que mira un punto a un milímetro de sus ojos entreabiertos mientras probablemente piensa solamente en el lugar al que deben viajar sus dedos y el tempo adecuado en el que tienen que hacerlo, o tal vez no, tal vez piensa en la compra que no ha hecho, en la cita de una hora más tarde o en el tabaco que debería haber comprado, tal vez lo piensa allí, mientras fuma y toca fluyendo empastado, mientras espera que ahí, justo en ese momento, entre el riff afilado de la guitarra, el que no suelta el acorte, el que se tira hacia atrás y raja la canción, la traspasa como una navaja sin que pierda ni un hilo del total de las vestiduras, está todo ahí, entre el humo.

De entre esa nube aparecen los ojos de sapo vidrioso y los labios torcidos y carnosos de Gainsbourg, de este Gainsbourg de 1968, y entonces canta sin apenas cantar, canta recitando sobre el ritmo tribal, acompañado por la sutileza del bajo y la guitarra funk sedosa y cortante, canta tras una calada breve y, mientras enfatiza con ávidos golpes de cabeza, dice: escucha el órgano que toca para ti, la melodía es terrible, espero que te guste, es bastante bonita ¿verdad? Es el réquiem para un gilipollas, lo compuse a tu sórdida memoria, es un bonito tema ¿no te parece una semblanza tuya? Pobre gilipollas.

c56c7f3a4e7ac166ff9848d345e88e12Dice eso, con rabia elegante, y pensamos quién será el destinatario, aunque muy probablemente el destinatario no sea otro que el tipo que sigue sujetando el Gitanes con dos dedos mientras da otra calada rápida y mira hacia atrás, hacia la banda, para asentir, para dar la razón y que sigan con esa atmósfera de baile chamánico europeo, el Comisario Joss, un Jean Gabin duro e inmarcesible,  entra en el estudio de grabación mientras él, con el movimiento circular de un dedo, pide que sigan, que siga la canción, imperturbable, aún con los ojos a media asta, mirando tal vez hacia dentro o tal vez hacia los mil metros. Es el bajista quien repara en la presencia del comisario y la canción dura apenas un verso redundante más, antes de que Serge y Joss se crucen brevemente en la puerta del estudio. Gainsbourg, con su fino abrigo negro de cuello Mao, le observa fijamente de soslayo, con cierta soberbia o bastante condescendencia, mientras Gabin, derrotado, desciende su mirada. Ese ya no es su mundo, no es el de la Guerra, ni siquiera el de la posguerra, es el mundo que Serge va definiendo y construyendo, haciéndolo suyo y mutante, un mundo fluido en el que cabe, entre los pliegues del género negro francés, el genio de un hombrecillo irresistible, ególatra, de moral laxa e ingenio inagotable, el mundo cada vez más personal e intransferible, pero afortunadamente disfrutable, del hombre que escribe para el gilipollas irrepetible en que se convirtió Lucien Ginsburg. Y está todo allí, en una escena breve, en apenas dos minutos. Poco más hace falta para caer enamorado, o muerto.