Gainsbourg canonizado

Por Pablo García Guerrero

«¿Qué queda hoy de Serge Gainsbourg?» Esta pregunta aparece en francés ocho mil setecientas ochenta veces en Google. Le Journal du Dimanche, France Soir, Le Figaro, Le Soir, Radio France Internationale, Le Nouvel Obs’, Le Parisien, L’Humanité, Télérama, Elle, Femme Plus, ParisMatch, La Montagne, Pinterest, Facebook, Twitter y un agregador de noticias chino («Jīngguò èrshí duō nián de Gainsbourg shèng xià de jiù?») llevan tratando de contestarla desde 1991: qué queda hoy hace diez años, qué queda hoy hace quince, qué queda hoy hace veinte, qué queda hoy hace veinticinco. Qué quedará hoy, hace treinta años.

Tal mediática perseverancia explica por sí misma el grado de construcción de los mitos modernos: no basta con disfrutar de un artista, se trata de construir con él un monumento, un símbolo, un hastag; situarlo en su época o aceptar que se pueda pasar de moda conlleva poner en duda la perennidad y la pureza de un genio que, convertido en monumento-hastag, representa ya el país entero, como el camembert y los disturbios en la periferia, y es, por eso, intocable. Es ajeno a la crítica y al análisis, aparece en camisetas (http://lasoga.org/heavier-than-you-la-hipsterizacion-las-camisetas-heavys/) y tazas, en pósters y en bolsas de tela, no sabemos nada de él, pero no se debe tocar, como la religión.

Una pregunta que ha de repetirse sistemáticamente, invariablemente, en tantos medios de comunicación, aprovechando las estúpidas efemérides que componen el grueso de la información cultural, lleva implícita, además, su respuesta: nada. De Gainsbourg, musicalmente, no queda nada. Y estoy en condiciones de afirmarlo porque me he leído una a una las ocho mil setecientas ochenta entradas de Google, incluidas las repetidas, las de Facebook y la china, y todos los artículos están vacíos, no hay una frase que responda claramente a la pregunta, ni una sola investigación sincera, científica, que es lo que se necesita en estos casos, ciencia y no especulación: quedan su imagen pública y el «relato construido» por los mismos medios que se autocuestionan periódicamente. Están hoy, dicen, sus laboriosos hijos artistas, los biopics, los vídeos compartidos de cuando quemó en directo un billete de quinientos francos, sus ojeras, sus cigarrillos, sus borracheras, sus mujeres, novias y amantes: el papel couché. Y en música, apuntan al cantante de Placebo, porque estuvo un día en Luxemburgo y se asustó al verlo en la tele diciéndole a Whitney Houston que quería acostarse con ella, y a Beck, por algo similar. Entre los franceses, hablan de Benjamin Biolay, de sus ojeras y de sus cigarrillos, o de M, que lleva gafas de sol con luces LED.

Se esperaba uno encontrar más similitudes, pero la lista es brevísima. Faltarían, por decir algo, Dominique A, Étienne Daho, la «nouvelle chanson française» de Vincent Delerm, Bénabar, Cali y el propio Biolay, por el lado sentimental, roto, de largas historias que acaban mal; el pop de los ochenta, sistemáticamente, por lo insustancial; Noir Désir después, por la oscuridad y las tinieblas de quien canta como si ya estuviera muerto; y hasta Zebda, Les Négresses Vertes y por qué no Mano Negra, por la mezcla, la rumba y la falta de respeto. Todos ellos y mil más podrían ser legítimos herederos de Gainsbourg, porque Gainsbourg lo mismo hacía canciones melosas susurrando a la oreja de una rubia que se ponía a mezclar reggae y marsellesas, así que su legado, que es lo que se busca en esos artículos, su consagración eterna a través de épocas y galaxias, puede encontrarse si se quiere en cualquier parte, en cualquier susurro y en cualquier rubia francesa de voz dulce e intercambiable.

¿Quedaría de Gainsbourg, entonces, todo, absolutamente todo?: ¿todos y cada uno de los artistas franceses posteriores a Gainsbourg lo han imitado o se han inspirado en él, todos lo han versionado, han adoptado sus poses y se han dejado ojeras para aparentar una marejada interior de creatividad y rebeldía bobo? ¿Todo lo que se ha hecho en Francia y se hará, musicalmente, cada vez que toque recordarlo, de cinco en cinco años, llevará el halo, el estigma, de Gainsbourg? Pero, si fuera así, si de él quedara todo, y todos fuéramos conscientes de estar escuchando a Gainsbourg cada vez que abrimos ansiosos el papel de un camembert pasado de fecha, que interrumpimos la lectura por culpa del músico ambulante del metro, que nos zapeamos los doscientos canales de la TDT para evitar la cara de Macron, entonces, ¿por qué coño habría que repetir la pregunta cada cinco años? ¿Porque nadie se acuerda de él? ¿Porque a nadie le importa? Un drama, Serge.

En 2021 repetiremos la búsqueda.