El gran masturbador

Por Pachi Poncela

Puede Javier Marías decir bien alto que no le gusta Gloria Fuertes. De hecho, lo dice bien alto, con tribuna y con firma, porque de lo contrario no pasaría de ser una opinión más. Desde su atalaya, a la vez que opina, va cimentando un canon, el suyo, basado tal vez en la excelencia y seguramente en el prejuicio. Puede que a Marías le pase lo que a muchos adoradores de Gloria Fuertes y que, cuando la denigra, no hable desde el conocimiento, sino desde la ignorancia.

Como le dice Rick a Ugarte “si llegara a pensar en ti, posiblemente te despreciaría”. No creo que el autor de Todas las almas se haya molestado en leer con detenimiento a la poeta, no habrá tenido ni tiempo ni ganas. Lo que puede llegar a molestar es que se crea más listo que los que disfrutan admirando a Gloria Fuertes (muchos de los cuales, por cierto, tampoco se la han leído). A mí, por ejemplo, me gusta más Sebald que Marías. Pero, dicho por mí, no tiene valor alguno.

Por eso, y porque Neville me lo permite, puedo opinar en contra sin temor a ofender. Por ejemplo, no me gusta Serge Gainsbourg. Y no me gusta, como le pasa a Javier Marías con Gloria Fuertes, por ignorancia. Sólo que mi ignorancia no aspira a forjar ningún canon. Lo más seguro es que más de la mitad de los lectores de este artículo no hayan pasado del primer párrafo. Eso me permite dar libre curso a mi inquina, y decir que para qué un Gainsbourg cuando ya teníamos un Boris Vian y un George Brassens. Qué necesidad teníamos de otro francés contracultural, de esencia cabaretera, aficionado a sutiles y no tan sutiles juegos de palabras, un nuevo pornógrafo del fonógrafo, otro polizón de la canción.

01a35cb5fbdcb555cdc064350a627221--charlotte-gainsbourg-serge-gainsbourgNo me gusta Gainsbourg, no encuentro en sus canciones (las que conozco) nada que musical o poéticamente me haga tilín, salvo que algunas son bailables. Esa fijación tan suya con el cuerpo femenino me resulta de un rijoso insoportable, vomitivo cuando, jugando a pulverizar tabús, lo entrevera de babeos incestuosos. Lo asocio con la sensación de tongo intelectual, de onanismo con pretensiones de obra artística, que me dejó la lectura de aquel presunto mirlo blanco de las letras francesas, Las benévolas, premio Goncourt y qué sé yo, que leí hasta el final por pura cabezonería, y que hoy regalo a quien aún conserve neuronas que malgastar.

Tengo con Gainsbourg una sensación de impostura constante, de enfant terrible a cualquier precio, entre el existencialismo y lo sinsustancia. Debe de ser algo muy francés, muy de intelectual que intenta no parecerlo, o justamente todo lo contrario, de un no-intelectual que se divierte poniendo petardos a la puerta de la Academia. Claro que a mi ignorancia, igual que Marías, sumo el prejuicio: a mí lo que me mata es el personaje. Me parece tan hijo de su tiempo y de su circunstancia que lo encuentro banal e incluso antipático. Y ese poco aprecio a la imagen proyectada me impide darle a su obra el valor real que sin duda tiene. Sí, el tipo tiene que ser bueno. Porque si no ¿cómo es posible que mantenga una parroquia tan nutrida, y no sólo entre aquellos cuyo apogeo vital coincidió con el de Serge? Algo tendrá para haberse convertido en un clásico.

Se lo confieso con la mano en el corazón: devoto de Vian, de Brassens, de Wiener & Doucet, de Camus, de Queneau, de Perec… lamento profundamente que no me guste Gainsbourg. Pueden conmigo, ya lo he dicho, no saber y no querer ver más allá de esa imagen de crápula irredento. Aunque quizá haya una única y podrida razón para tanto resentimiento: la secreta envidia de no ser él.