El amante feo

Por Victor Guillot. Viñeta de Javi Guerrero.

Toda victoria erótica se consigue a costa de una claudicación del yo. Gainsbourg había construido un lenguaje a base de miradas, ese código morse del sexo, sincopado y perverso. Supongo que Juliette GreccoJane Birkin o François Hardy eran mitos convertidos en simples mujeres entre las manos de Gainsbourg o, lo que es peor, simples títeres de su propia voz. Podemos creer que la gran epopeya sexual entre ellos se iba convirtiendo lentamente en una novela corta después del amanecer y que aquel languidecer merecía la pena por una buena canción, aunque todo aquello le dejara envilecido.

Por Gainsbourg comprendimos que la mujer desborda afecto y ternura y que el hombre es una economía de sentimientos. Los suyos sólo recaen en los animales y los objetos. El hombre es cobarde. Siempre teme la respuesta de la mujer. Así que Gainsbourg se nos presentaba desarrapado, borracho, oliendo a tabacazo, como no queriendo saber nada del mundo, volviendo a casa maquillando la culpa con un reproche. La ternura engendra ternura, la sobriedad buenas canciones. Enredado en su música, en su propia trampa, ávido de fama y dinero, ha gravitado sobre su mundo una inmensa y represada carga de ternura masculina que, encarcelada, se transformó en elegante y sofisticada agresividad, esa que hace levitar la arquitectura del escándalo, un segundo tras otro.

Aunque Andy Warhol institucionalizó el esmoquin con vaqueros, le debemos a Gainsbourg la combinación, después tantas veces copiada, de la americana con jeans. Añádanse unas zapatilla de tenis modelo Converse y tendremos el modelo completo. Gainbourg, el pequeño Lulu, el dislocado Gainsbarre…había sido el músico de jazz, el chansonnier, el amante, el padre, el marido, el bueno de Lucien, el hombre/anuncio de sí mismo, dispuesto a decir y a hacer con tal de seguir siendo o dejando de ser Serge Gainsbourg.  Sabemos todo eso y más, lo que no sabemos ni podremos saber nunca es si hubiera resistido el feminismo de nuestros días.

Gracias a las artes de un fotógrafo como William Klein, Gainsbourg nos mostró en el disco Love on The Beat su rostro como glamuroso travestí. Después de haber transformado a Jane Birkin en ser andrógino en la película Je t’aime moi non plus, exhibió sin ningún pudor, su cara más femenina y seductora. Podía ser el amante feo de todas las guapas o la guapa más fea en un paisaje sórdido y artificial, construido a imagen de sí mismo.

La televisión es testigo de cargo de algunas de sus famosas “salidas de tono”, como cuando le soltó a bocajarro  a la cantante Whitney Houston un «I want to fuck you», y también queda para el recuerdo lo que la  hacienda fiscal se llevaba en impuestos de su trabajo, después de quemar un billete de 500 francos

«Serge nunca fue un hombre amable» afirmó Lois Dillon en un semanario, al hablar del primer marido de su madre, Jane Birkin. «Vengo de una familia de bordes, donde a las mujeres solo se les dejaba ser musas, sin derecho a la palabra.  Me he peleado con los hombres de mi familia hasta casi llegar a las manos. Pero al mismo tiempo, odio a las chicas que se toman por chicos. Yo soy una mujer, pero con los suficientes cojones para plantarles cara». Volvemos la mirada a la actriz, cantante y modelo, tan divine, para comprender que Serge Gainsbourg no hubiera aguantado un sólo asalto en los mas media del feminismo de hoy que reclama cada día más escaparate o visibilidad.  Probablemente a Gainsbourg le habrían colgado de los cojones en lo alto de un mástil para poder cantarle que lo aman, pero no tanto.