Greene y Philby: tras la pista del tercer hombre


Por Rubén Paniceres

El Golpe de Praga, novela gráfica (editada por Ponent Mon) del guionista Jean- Luc Fromental y el dibujante Miles Hyman, describe la gestación por parte de Graham Greene del argumento que daría origen al clásico del cine, El tercer Hombre (1949). Cinta dirigida por Carol Reed y protagonizada por Joseph Cotten como Holly Martins, patoso escribidor de westerns que investiga la falsa muerte de su amigo Harry Lime, manipulador y fascinador criminal, soberbiamente personificado por Orson Welles. Hábil retrato de una Europa convulsa en plena Guerra Fría, el comic es sobresaliente por desvelar el exorcismo narrativo de Greene de su vínculo emocional con el espía, Kim Philby, el cual fue considerado el traidor del siglo en Inglaterra, y un héroe en la URSS.

Harold Adrian Russell Philby nació en Punjab en 1912 hijo de un alto funcionario colonial Saint John Philby, que prefería llamar a su hijo por el apodo de Kim, en homenaje a la novela de Rudyard Kipling. Significativamente, el héroe de dicha narración es un muchacho que se dedica al “gran juego”, es decir al oficio de espía. Esa labor fue la que desempeñó Kim Philby en el Servicio de Inteligencia británico, el MI6. A partir de 1940 Philby, ejecuto importantes acciones de espionaje, primero contra los nazis y más tarde contra los rusos. Pero en realidad, durante tres décadas, fue un agente encubierto de los servicios secretos soviéticos, un maestro de espías y perfecto camaleón que engaño prácticamente a todos. Ducho en las habilidades sociales, despertaba la empatía y la simpatía, de aquellos con los que trataba. Sus compañeros y amigos le definían como un hombre brillante, inteligente y sumamente agradable. A ello se unían unas excelentes dotes para la burocracia y el papeleo oficial, siendo sus informes calificados de impecables. Detrás de esa tramoya de encantador de serpientes se escondía alguien responsable de delatar a cientos de agentes occidentales, los cuales fueron muertos o apresados por los hombres de Stalin. Capaz de implicarse en el asesinato de un enviado alemán que intentaba negociar la paz con los aliados, para retrasar el fin de la Segunda Guerra Mundial, y permitir a las tropas rusas conquistar Berlín.

 

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Kim Philby, durante la rueda de prensa de 1955 donde explicó su relación con Burges y MacClean.

Cuando en los años 50 la CIA le acuso de agente doble, la clase dirigente y los servicios secretos británicos, elitistas de reaccionaria conciencia aristocrática, no podían creer que “uno de los nuestros”, ex alumno de Cambridge, miembro de la clase alta, un caballero en suma, fuera un espía de los “rojos”. Ayudaba el que en los años 30 Philby (que ya era un hombre de Moscú) fingiera simpatías por el fascismo, y en su labor de corresponsal para el diario The Times, en la Guerra Civil de España, escribiera inflamadas crónicas de apoyo al bando insurgente contra la Republica. Hecho que agradeció el propio Franco condecorando a Philby con la Orden del Mérito Militar. Tener un pasado filo fascista era un buen aval para ser un defensor de la democracia, por lo que se ve (algo que podemos entender si consideramos que el gobierno británico también fue partidario del régimen franquista). Mientras sus condiscípulos universitarios, igualmente agentes soviéticos, Guy Burgess y Donald Maclean, fueron desenmascarados como componentes del que luego sería llamado el terceto de Cambridge, viéndose obligados a huir a la URSS a principios de los 50, Philby fue completamente exonerado y en el parlamento británico, el ministro de exteriores Harold Macmillan, proclamó la inocencia de Kim Philby afirmando que no era “el tercer Hombre”.

En 1963 la comedia no pudo mantenerse más tiempo y Philby se fugó a la URSS. Allí asesoró a los servicios de seguridad del bloque del Este, recomendándoles el primer mandamiento del espía: mentir siempre. Philby le birló la esposa a su compañero Donald MacLean y finalmente falleció en 1988 alcoholizado, cubierto de medallas por el régimen soviético, y firmemente convencido de la rectitud de su conducta, ya que todo lo que hizo fue, según su óptica, para la consecución de un mundo más justo.

el-golpe-de-pragaJohn Le Carré en 1968 calificaba la carrera de Philby como: «una novela marxista, una novela sin humanidad, una novela rica en escenas de decadencia moral»

Tal vez, porque la vida de Kim Philby parecía una novela, atrajo la atención de un subordinado en el MI6, compañero de francachelas, cuya otra ocupación era la de escritor. Esa persona era Graham Greene. Fromental y Hyman en El golpe de Praga, sostienen que Greene ya intuía que Philby era un espía ruso en el año 44 y que renunció al MI6, para no verse obligado a delatar a Kim, al que admiraba, y, posiblemente, consideraba un alma gemela.

Al igual que Philby, a Greene le gustaba el alcohol y las aventuras con un gran número de mujeres. Igualmente, compartía un pasado de estudiante de Cambridge, trabajos de periodismo y una visión izquierdista (que se trasluce en novelas como El americano Impasible, o Nuestro hombre en la Habana). Por otra parte el autor de El poder y la gloria opinaba que la labor de escritor era similar a la de espía (parece darle la razón el gran número de escritores británicos que en algún momento fueron agentes secretos: John Buchan, Somerset Maugham, Ian Fleming, Daniel Defoe, Christopher Marlowe, los propios Greene y Le Carré). Análogamente, el espía es un creador de ficciones que hace pasar por reales, alguien que distorsiona los hechos con un (gran) juego de artificios. Para el agente encubierto no existen los absolutos, el mundo es un laberinto de espejos, en los que el ser existe en función de la percepción que de él se tiene en su entorno. Philby podía mentir y engañar, porque su falsificación de la verdad era convincente y satisfactoria como una buena novela.

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Graham Greene

Algo más profundo suscitaba el respeto de Greene. El novelista era un católico atormentado, inclinado a los pecados de la carne (sobre todo con las mujeres del prójimo), que dudaba de su fe, le costaba amar a sus semejantes, y se veía a sí mismo habitado por el mal. Philby, en cambio, nunca vaciló en su particular credo, el marxismo soviético, y todo lo sacrificó a su ideal: parejas, amistades, incluso la residencia en la nación por la que siempre tuvo nostalgia. Aunque Kim dijo que su patria era la URSS, al mismo tiempo se consideraba como alguien “irreversiblemente británico” y hasta el fin de sus días siguió leyendo la prensa inglesa para enterarse del resultado de la liga de Cricket. El traidor del siglo resultaba un asceta que renunciaba a su felicidad por la exigencia de su doctrina. En su novela Los comediantes, Greene exponía que lo único que liberaba al ser humano de ser una pasión inútil era la creencia, sea en un dios o en… el comunismo. En otro sentido, el escritor parecía partidario de la leyenda romántica que explicaba la traición de Philby, por razones sentimentales. Su primera esposa; Litzi Friedman, una judía comunista y sionista que Kim conoció en la Viena de los años 30, le convenció del peligro que representaba la barbarie nazi, y de que el único adversario legitimo contra el fascismo era la Rusia de Stalin. De manera disfrazada, esa tesis fue esgrimida por el novelista en uno de sus últimos libros El factor humano, publicado en 1980, cuyo protagonista es otro funcionario del Foreign Office que traiciona a una Inglaterra aliada de la Sudáfrica del Apartheid, por amor a su mujer de raza negra. Lo cierto es que Philby se divorció pocos años después de Litzi (después de infidelidades varias), y se casó numerosas veces más, pero permaneció leal a Stalin y a sus herederos.

Sin embargo, a pesar de sus simpatías, Greene no podía admitir la traición de Philby, y el guión de El tercer hombre (que luego transformaría en una novela menos conseguida que la película), recoge su dilema. Fromental y Hyman plantean la hipótesis de que Greene sigue la pista de Philby hasta Praga, donde acaece, en 1948, el golpe de estado que da el poder a los comunistas, y borra las huellas que pueden desenmascarar a Kim como agente doble. En parte, porque esa información beneficiara a criminales de guerra nazis. Pero también, como consecuencia de las ambigüedades del autor británico, que le hacen exclamar: «Traición, lealtad, que alguien me explique el sentido de estas palabras, en un mundo edificado sobre el pillaje, el asesinato, los genocidios, las cámaras de gas, la erradicación nuclear de ciudades enteras». No está demás recordar que en su prefacio a la autobiografía de Philby, Mi guerra secreta, Greene escribía: «¿Quién de nosotros no ha cometido traición contra algo o alguien más importante que un país?».Todos somos culpables, luego Kim es inocente. Después de todo, la casuística jesuítica afirma que si la intención es buena, no importa que el acto sea malvado.

 

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Obituario de Kim Philby, fallecido el 11 de mayo de 1988 en Moscú, publicado en el diario La Vanguardia

El revés de la trama de El tercer hombre es una catarsis liberadora para Greene. No puede aceptar a Philby, pero no puede delatarle. Holly Martins asumirá el rol de Greene y, horrorizado por la vileza de su amigo, traicionará a Harry Lime (Philby) a pesar del afecto que siente por este. La ficción resuelve las contradicciones y Greene, de manera simbólica, apaciguará a su conciencia. Los autores de El golpe de Praga, no son tan benévolos con el autor de Inglaterra me hizo. Convierten en portavoz moral del relato a Elizabeth Montagu, cicerone del escritor por las ruinas de la Viena de posguerra, en las que la oscuridad y el blanco de la nieve apenas camuflan la podredumbre y el miedo. Elizabeth descubrirá cuáles son las reales intenciones de Graham y las resumirá a través de una cita de Joseph Conrad que manifiesta que tolerar o disculpar la corrupción nos hace igualmente corruptos. Philby, según diferentes perspectivas éticas, pudiera o pudiese ser un traidor abominable o un héroe revolucionario al que la historia no absolvió, porque el reino de la utopía es inalcanzable. Pero la mala fe del Tartufo, que adora a Dios pero desprecia a la humanidad, y es encantado por la impostura, nos hace pensar que el verdadero equivocado fue más Greene que Philby. Y es que la vida, a pesar de la faena de literatos y espías, no es una novela que termine bien.