Manuel Cruz: «El uso de la plurinacioalidad es la legitimación del independentismo»

Por Víctor Guillot / Fotografías: Alejandro Nafría

Manuel Cruz es un filósofo del tiempo. Lo analiza observándolo desde una lente  para poder determinar su forma, sus límites, su alcance. Hombre de izquierdas, barcelonés, federalista, observa también los nacionalismos como el médico que investiga enfermedades y por el medio, por el medio siempre está el amor y la teoría del conocimiento. Manuel Cruz nació en Barcelona en 1951, el mismo año en el que murió Ludwig Wittgenstein y como el alemán, practica esa humildad franciscana concentrada en el aforismo más certero del saber: «De lo que no se puede hablar, es mejor callar».  Desde 1986 ejerce como catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona. Autor de cerca de una treintena de libros (algunos de ellos traducidos a otros idiomas), ha sido galardonado con los premios Anagrama de Ensayo 2005 por su obra ‘Las malas pasadas del pasado’, Espasa de Ensayo 2010 por ‘Amo, luego existo’, Jovellanos de Ensayo 2012 por ‘Adiós, historia, adiós’ y Unamuno de Ensayo 2017 por ‘La flecha sin blanco de la historia’. Colabora en El confidencial, El País, así como en la Cadena SER y Catalunya Ràdio. En la actualidad es portavoz del PSOE en la comisión de Educación del Congreso de los Diputados

-En su último artículo publicado en el diario El País, se ha referido a la nostalgia como un elemento invalidante para poner en práctica la acción política. Sin embargo, esa invalidez, afirma también, se extiende también a la historia. De hecho, replicando a Cicerón cuestiona que en estos momentos la historia sea la maestra de la vida. Aristóteles decía que la poética era más científica que la historia. Y en estas, los nuevos partidos y los viejos se han empeñado en construir un relato de sí mismos alejados de la historia, contemplando un presente que se justifica con un nuevo discurso donde impera la idea de lo nuevo.

-Yo creo que hay un conjunto muy complejo de elementos que hace que nos inscribamos en la historia, tanto de nuestra situación respecto del pasado como del futuro, de una manera distinta a como lo hacíamos en épocas anteriores. Respecto del futuro, creo que hay una idea muy importante: el concepto de futuro que hoy manejamos, si es que manejamos alguno, tiene muy poco que ver con el concepto de futuro clásico. No me refiero al tiempo venidero, porque siempre lo habrá, sino al futuro entendido como eso que la gente mayor denominaba “el día de mañana”, a cuando han de pasar cosas, a ese imaginario en el que ubicabamos el porvenir, las esperanzas, los anhelos o los sueños. Ese concepto ha desaparecido por un sinfín de cosas, por un conjunto. Un elemento muy importante es el ocaso de las utopías. Un crítico cultural norteamericano refiriendose al cine decía que hoy en día al hombre contemporáneo le resulta más fácil imaginarse el fin del mundo antes que el fin del capitalismo. Y respecto al pasado, sucede algo que hace que el pasado esté cada vez más desactivado. Digamos que el hombre contemporáneo se considera a todos los efectos, constantemente presente. En los medios de comunicación se nos machaca con afirmaciones del tipo: hoy se inicia un nuevo tiempo, una nueva era. Siempre estamos iniciando algo. Eso nos convierte en adanistas sistemáticos. Somos seres inaugurales. El mundo nos invita a inaugurarnos cada día. Eso qué implica: que lo que había antes, ahora se haya calcinado. Ya somos otros y no tenemos nada que ver con eso. Y se nos insta constantemente y de forma muy eficaz. Cuánta gente mayor asume ese mensaje. Los jóvenes saben mucho más y mejor. Si nos fijamos, mucha gente habla de su inscripción en la historia como una derrota en el tiempo.

-El hombre pasa a ser una reliquia de la historia

-Porque se les ha convencido que aquello que ellos saben, aquellos que ellos podrían transimitir carece completamente de valor, que ya no es funcional. A quién le importa que alguien tenga buena letra. Se ha devaluado completamente la validez del conocimiento anterior. Eso que era antes una mera coquetería, cuando se decía “yo soy de otra época”, hoy se ha convertido en una frustración colectiva. Entonces, tras haber roto los vínculos con el pasado y roto los vínculos con el futuro, vivimos una época extremadamente presentista, que vive en el presente entendido de una forma muy estrecha, es un presente casi instantáneo.

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-¿Y qué papel juega entonces la nostalgia?

-Pero es que esta no es la auténtica nostalgia. Bauman y yo lo hemos comentado. Vivimos una nostalgia postiza, se recuerda de prestado, o sea, se recuerdan los recuerdos de otros pero no la propia experiencia.

– Pero no deja de ser una nostalgia que parece empañar los límites de una nueva época. Quiero decir que sentimos nostalgia del pasado, vivimos a través de los recuerdos de otros, pero seguimos sin saber cuándo ha comenzado nuestro siglo con certeza. Si con la disolución de la URSS o con los atentados del 11-S. Por eso mi pregunta es si la filosofía de la historia es capaz de construir un nuevo paradigma de la historia del siglo XXI, un nuevo relato. Lo digo porque aparentemente concurren muchos relatos, incluso el 15-M, y todos ellos, de una u otra manera, se neutralizan.

-En cierto modo sí. Yo creo que no ha aparecido un relato hegemónico y no sabemos si lo que va a caracterizar el tiempo futuro será precisamente la ausencia de hegemonía de relato alguno. Y probablemente tendremos que acostumbrarnos a eso. Nosotros vemos muy claro cuáles eran los modelos, discursos y conceptos hegemónicos hasta hace un cierto tiempo, en cualquier ámbito que tu quieras. Por tanto, constato que ese discurso hoy no funciona pero no encuentro otro alternativo. Utilicemos como ejemplo el amor. El modelo romántico de amor ha sido un modelo que, con variaciones, ha sido el hegemónico. Un resumen de urgencia: lo que nos dice el modelo romántico es que en el mundo hay una persona que es para nosotros. Si la encontramos tendremos la plenitud, la máxima felicidad en todos los planos de la vida. Hoy decimos que ese amor no existe. Sin embargo, aceptemos que esto es una lotería. Si encontramos ese amor, ¿lo compramos o tenemos otro discurso alternativo? Todo el mundo lo compra. Efectivamente, el concepto del amor está en crisis, pero esta crisis no ha dado lugar a un modelo alternativo. Entonces, el concepto de historia, de sujeto, de identidad, de proyecto, todo el entramado de categorías sobre el que se construye la historia, todas están en cuestión. Pero ¿hemos sido capaces de entender la historia de otra manera?

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-Bauman reclama unas certidumbres a través de su teoría de la modernidad líquida. Un mínimo de certidumbre para poder vivir porque el éxito, el placer  que proporciona el consumo, no garantiza esa seguridad vital. Siguiendo esa línea de pensamiento en torno al amor, una película como La La land cuestiona nuestra preferencia sobre el amor o la gloria. En el fondo, es el mismo dilema que se le plantea a Aquiles en La Iliada de Homero, cuando se le ofreció elegir entre la seguridad que le prometía el olvido o la gloria que le otorgaba la muerte. Y en esos dilemas, parece que la sociedad del siglo XXI prefiere la gloria, el éxito.

-Es como si dijéramos que la inercia de las cosas, no el resultado, nos ha ido llevando, sin nosotros pretenderlo o buscarlo, a un lugar en el que constatamos que no estamos agusto. Y yo creo que nos resistimos. A mi lo que me preocupa es si lo único que somos capaces ya es de resistirnos sin tener la capacidad o los instrumentos para oponer otra cosa. Valga este ejemplo: la inercia de las cosas del modo que vivimos, fácilmente nos llevaría a una vida completamente sedentaria en la que físicamente nos iríamos atrofiando, sentados en el ordenador, desplazándonos a todos los sitios en coche. Pero no me quiero atrofiar y me desplazo caminando o voy varios días al gimnasio. En definitiva, nos defendemos de eso. Nos resistimos. Cuando nos damos cuenta de que el mundo, el orden o el desorden de las cosas, nos ha llevado a un caos sin sentido, necesitamos resistirnos. ¿Pero tenemos las herramientas? ¿Nos defendemos o hacemos algo más? Cuál sería la forma clásica. Elaborar un discurso alternativo sería la solución, pero ¿estamos en condiciones de elaborar un discurso alternativo?

-La certidumbres de la irrupción de nuevas revoluciones tecnológicas crean nuevas incertidumbres, sin determinar su estatuto y nuestro estatuto político.

-Políticamente vamos a rebufo de todos los acontecimientos científicos y tecnológicos en todos los ámbitos. Un ejemplo reciente es la gestación subrogada. Nos encontramos con la posibilidad técnica de la subrogación y pero sólo después de que tiene lugar nos paramos a pensar si es políticamente oportuna o no. Dicho de otra manera: políticamente vamos chupando rueda. En el pacto educativo sucede igual. Los sectores antaño progresistas antes iban por delante y ahora van por detrás. No perdamos esto, no perdamos esto. Parece que hay una especie de fuerzas ciegas que parecen haberse disparado y nosotros vamos a rebufo de ellas, incluidos quienes en otro tiempo eran progresistas también.

-En el preámbulo de Vigilancia líquida, Bauman nos advertía que el complejo científico tecnológico ofrece nuevas categorías sociales a partir de los hábitos de consumo.

-Efectivamente, pero qué discurso tenemos. Primero no tenemos discurso, tenemos argumentos, que ponen de manifiesto que las condiciones materiales van por delante de los argumentos políticos. Lo vemos habitualmente en políticos que no argumentan, que tan sólo leen o escriben twits. Y como tienen que hablar fingen que eso es un argumento. Puede parecer una exageración, pero es que para argumentar hay que lee ensayos. Y yo constato una cosa, la importancia que tenía en el ámbito de la izquierda los discursos, los planteamientos, los autores, hace treinta años y el escasísimo peso que tienen hoy. La izquierda de hace cuarenta, treinta años, leía, leía y leía. El Politzer para empezar, y Lenin, y Marx, y si no lo había hecho tenía que decir que los había leído.

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«El barón que es líder del partido en su territorio y es barón porque gobierna en esa autonomía, o sea, el barón que además de tener el apoyo de su partido, tiene el apoyo de sus ciudadanos, ¿merece ser descalificado?¿Y eso lo oponemos a una especie de poder directo construido por las bases? Eso es hacer trampas con el lenguaje.»

-También es cierto que los intelectuales habían penetrado mucho más en la realidad política. Un Mounier, Sartre o Camus, construían los debates políticos, incluso para justificar lo injustificable. Quiero decir que de la misma forma que había discurso y la izquierda asimilaba, también era cierto que esos discursos eran auténticos búnkeres sobre los que no cabía ninguna crítica posible.

-El carácter superyoico era muy importante. Hoy no es así. Pienso en Sobre la tiranía, un libro correcto, pero es de una ligereza, porque este libro hace unos años no habría superado los standares de exigencia.

-Las victorias de Macron, Trump o, incluso el resultado de Corbyn, parecen indicarnos que los partidos políticos, pesados, estáticos, serán sustituidos por movimientos políticos ligeros y dinámicos. Dicho de otra forma, sus victorias se apoyan sobre movimientos políticos antes que sobre las estructuras clásicas de los partidos. Esto tiene que ver con la idea de la historia que tienen los partidos y la idea de historia que tiene la sociedad movilizada.

-Sin ninguna duda. Hagamos un análisis dual sobre lo que tiene que ver con una crisis que desemboca en el presente y lo que tiene que ver con las expectativas de futuro. Si los partidos serán sustituidos por movimientos me siento absolutamente incapaz de hacer una prospectiva, porque todo lo que he ido viendo a mi alrededor ha sido extremadamente volátil. Por otra parte, ha habido la persistencia no confesada de muchas viejas lógicas. Yo creo que la gente que alcanza cierta edad y experiencia se ve, inevitablemente, ninguneada, y puede sufrir un reflejo conservador, casi biológico, que le empuja a rechazar lo nuevo y a no poner la antena para preguntar qué está pasando ahí fuera. Pero tú, si tienes intensamente la sensación de que eso ya lo conoces, de que esa película ya la has visto, tienes la obligación pública de decirlo. No te lo puedes callar por miedo a que te llamen abuelo cebolleta. Y yo tengo esa sensación intensísima, la de que podría acreditar bibliográficamente que muchas cosas que hoy pasan por nuevas, que muchas palabras que se anuncian nuevas, y repito, yo lo puedo acreditar, son palabras muy viejas.

-Como el socialismo asambleario.

-Por ejemplo. Muchas de las cosas que pasan en nuestro entorno, se las escuché, tal cual, a los representantes estudiantiles de las universidades, hace cuarenta años, con el agravante de que el que la repite no dice que esto se decía hace 40 años, pretendiéndose aparentar como algo inaugural. Objetivamente no son problemas nuevos. Si suenan nuevos es un problema subjetivo, pero eso está ahí,  y constata otras muchas cosas más que se repiten. Yo vengo de una época en la que lo que más se criticaba eran los liderazgos. Ahora, en la subcomisión educativa del congreso, hay quien reivindica el liderazgo del director en el centro educativo. Entonces nos llenábamos la boca con la crítica de los hiperliderazgos y hoy tenemos un hiperliderazgo del tamaño del mundo. Donde está lo inédito aquí.

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«Desde el punto de vista conceptual, la plurinacionalidad es una contradicción, pero al mismo tiempo también estamos en un estado que afirma la existencia de nacionalidades que es un concepto que nadie se ha atrevido a definir porque no se sabía muy bien lo que era»

-De acuerdo, pero revisemos la historia. Mitterand reconstruyó el partido socialista y logró vencer a Giscard D´estaing después de dos derrotas. La socialdemocracia alemana no se concibe sin el PSD, de la misma forma que la Democracia Cristiana en Italia. Observamos que sus modelos de estado han privilegiado a aquellos partidos que introducían un sistema de decisión basado en la democracia representativa. Visto esto, encontramos que el PSOE desplaza este sistema por otro más presidencialista. ¿No cree que es un error introducir una pieza que forma parte de otro puzle?

-Yo, como el chiste del cura vasco. No soy partidario. Y en todo caso, la naturaleza de ese cambio no se corresponde con el modo en el que ese cambio se presenta. Y ahí el lenguaje nos puede hacer mil trampas, tanto en el anuncio de lo nuevo como en la condena de lo viejo. Para ilustrarlo: el lenguaje asambleario proyecta un significante: el de los barones. Hablar de barones es hacer a mi juicio trampas con el lenguaje. Porque el término barón viene cargado de connotaciones. Barón hace referencia a un noble y lo es porque el rey se lo ha concedido. El barón que es líder del partido en su territorio y es barón porque gobierna en esa autonomía, o sea, el barón que además de tener el apoyo de su partido, tiene el apoyo de sus ciudadanos, ¿merece ser descalificado? ¿Y eso lo oponemos a una especie de poder directo construido por las bases? Eso es hacer trampas con el lenguaje.

-Una de las consecuencias que ha producido el nuevo socialismo asambleario está vinculado a nuestro modelo de estado que, en el 39º Congreso del PSOE se ha reivindicado como plurinacional. A falta de una conceptualización precisa por parte de quienes lo defienden, como definiría usted esta supuesta España plurinacional?

-Desde el punto de vista conceptual es una contradicción, pero al mismo tiempo también estamos en un estado que afirma la existencia de nacionalidades que es un concepto que nadie se ha atrevido a definir porque no se sabía muy bien lo que era. Dicho esto, ¿podemos afirmar que hay realidades nacionales desde un punto de vista de un sentimiento identitario? Yo creo que sí, es un hecho, pero la carga política que tiene esto es otra cuestión. Si eso se hace para lo que Stéphane Dion decía que era la política del contentamiento, entonces apaga y vámonos. Porque Dion ya afirmaba que a los nacionalistas no había manera de contentarlos. Y  Dion es un demócrata libre de toda sospecha, defensor de la ley de la claridad. Según él, la política del contentamiento es un grave error porque los nacionalistas nunca se van a contentar. Entonces, si alguien piensa, y me es igual que lo piense alguien de mi partido o de otro, que aceptar la plurinacionalidad para contentar es un error. Es evidente que el uso que se va a hacer de la plurinacionalidad es la legitimación ontológica del independentismo. Si somos nación tenemos derecho a la autodeterminación y a la independencia. Ya está.

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