LADIES AND GENTLEMAN… THE ROLLING STONES IN GIJÓN, 1995

Por Jorge Alonso

No estaban fáciles las cosas para los Stones a principios de los noventa. Los rumores que hablaban de su final estaba tal vez más fundados que nunca, Bill Wyman se había ido, Keith Richards y Mick Jagger habían publicado discos en solitario (el buen Main Offender, y el flojo Wandering Spirit), el rock alternativo estaba bastante alejado de su influencia, no así el rock duro que había triunfado a finales de los ochenta (los Guns And Roses se reclamaban herederos suyos), y pese a la buena acogida vía MTV Unplugged que estaban teniendo algunos contemporáneos suyos como Neil Young o Bob Dylan, siendo el primero reivindicado además por bandas como Pearl Jam, ellos no tenían nada claro el papel que podían jugar en la década que estaba barriendo con gran parte de lo anterior.

El primer paso fue el habitual en estos casos, esto es, contratar un productor que estuviera conectado al momento y no fuera ajeno a sus modos y sus formas. La elección fue de lo más acertada, y ojo, que no siempre es así. Una vez que decidieron continuar como banda, como LA banda, contrataron los servicios de Don Was. El de Detroit sabía mantener la raíz del Rock y hacerlo sonar de un modo no tanto contemporáneo como atemporal, casi nada. Si necesita un ejemplo escuche el Brick By Brick de Iggy Pop, o lo que es lo mismo, la resurrección de La Iguana. Was podía mantener el rumbo firme y hablar el lenguaje Stone al mismo tiempo. También faltaba un bajista, y se incorporó Darryl Jones, quien sin ser un Stone no ha dejado de tocar con ellos hasta ahora, venia recomendado por Charlie Watts, y Watts no suele fallar. Faltaban las canciones. Para ello se encerraron (es un decir) en el refugio irlandés de Ron Wood dispuestos a componer, ensayar y grabar. Algo así como una versión más reposada del método que dio a luz el maravilloso e irrepetible Exile On Main Street. La cosa funcionó. Voodoo Lounge es un disco que escapa de la etiqueta “digno” para convertirse en un buen disco que tiene momentos brillantes, ahí están los cuatro singles para demostrarlo, Love Strong, You Got Me Rockin, I Go Wild y la preciosa Run Out Of Tears les fueron poniendo en órbita de nuevo durante el 94 y el 95. Bueno, eso y el Voodoo Lounge Tour, claro.

En esta ocasión los rumores habituales de “esta-es-la-última-gira-de-los-Rolling-Stones” fueron desplazados por los comentarios de “la-virgen-lo-que-hacen-estos-tíos-todavía”, y por estos lares el rumor que fue clamor no tuvo desperdicio: Los Stones van a tocar en España, un solo concierto, será el 22 de Julio. Y será en Gijón.

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Al principio nadie lo creía, hasta que los medios lo hicieron oficial, los telediarios dieron la buena nueva y la ciudad aturdida por el Xixón Sound se encontró de repente en el epicentro del terremoto Stone. “Gijón recibirá a los Rolling Stones con lleno absoluto y una reventa disparada” decía El País el día antes del concierto, y así se hacía eco del lleno absoluto de El Molinón (45.000 seres humanos), y de la picaresca que no acabó de cuajar, y es que al final esos paraguas a la venta con entrada de regalo no fueron tan rentables como amagaban en un principio. Aquella mañana de Julio no eran pocos quienes yacían desde el amanecer en los bajos del estadio, tampoco quienes estaban más pendientes de los teloneros que de las estrellas. Comprensible si tenemos en cuenta que los teloneros eran los Black Crowes del The Southern Harmony and Musical Companion (casi nada), el pack completo costaba el equivalente a unos treinta euros, definitivamente eran otros tiempos.

¿Eran los Stones una banda que aún merecía la pena en directo? ¿O aquello iba a ser una especie de teatro roquero? Pues un poco de todo. Se venían con un escenario impresionante coronado por una serpiente que, ejem, echaba fuego y calentaba lo suyo. Un escenario que disponía de hinchables para momentos estelares como Simpathy For The Devil, y del inevitable pasillo para marcarse un set acústico, pedir canciones al respetable y tocar un poco lo que te dé la gana, Angie en este caso, ni tan mal. Pero lo realmente impresionante era la actitud de la banda en el escenario, por mucho que se les echara en cara un supuesto playback, más bien lo habitual es contar con músicos invisibles, y que los coros acompañaban lo suyo, y los efectos, y las famosa Jumbotron, y todo lo demás estaban allí para a rellenar todos los huecos necesarios, pero ver a Jagger recorrer el escenario una y otra vez, sin dejar ni una sola de sus poses en el camerino, con una voz sin mácula y con los sospechosos habituales bordando su papel, esos Wood y Richards (quien al ser presentado saludo golpeando con los nudillos su frente, su pecho y su entrepierna) en plan pandilla, con Watts sonriente, brillante y repleto de Groove, aquellos Stones que ya entonces nos parecían mayores empezaron estallando Not Fade Away, y desgranando el rosario de temas que brillaban en el nuevo disco y en los anteriores. Hubo Wild Horses, hubo Satisfaction, hubo Like a Rolling Stone y hubo Jumpin´ Jack Flash, del mismo modo que cuando se apagaron las luces del estadio se mantuvo encendida toda la ciudad, llena de riffs, lenguas, caderas cimbreantes y miradas extasiadas. Una noche de brindis para celebrar algo impensable entonces e imposible ahora, que habían venido los Rolling Stones, y había sido bueno.