Una ceremonia para Michael Cimino

Por Adrián Esbilla

There’s guns across the river about to pound you /There’s a lawman on your trail like to surround you / Bounty hunters are dancing all around you Billy, they don’t like you to be so free.”

Billy 4, Bob Dylan

Las películas de Michael Cimino son bailes, bodas y funerales. Son ceremonias, reuniones de una comunidad. Son el esqueleto de la comunidad, la espina dorsal que las sostiene. La repetición, la complicidad, la liturgia. La comunidad es la verdadera religión transversal americana. El rito es lo que conforma la comunidad, lo que le da sentido a la unión de los individuos. Si Milius es el mito, Cimino es el ritual. Su cine es un responso continuo, por igual lírico y violento, por una América que muere y renace; que se renueva en el choque de culturas, de clases, de razas, de religiones…que suceden en su mismo interior. América es apocalipsis y catarsis, borrachera y resaca.

Sus motivos son los inmigrantes y la clase trabajadora. Aquellos que más anhelan la integración, la comunidad. La puerta del cielo, El cazador y Manhattan Sur ofrecen una continuidad lúcida y convulsa. Hijos, padres, abuelos. Un relato de generaciones mutando violentamente su posición en la Historia. Tal vez por ello su ideología sea tan ambigua, difusa y contradictoria.

El cazador comienza en una boda y termina en un funeral. En la víspera y en el velatorio. La gran alegría. La gran melancolía. Entre medias, todo lo que se perdió. Hay un círculo, como en La puerta del cielo, una película escrita en círculos, pero en el trayecto todo ha cambiado. Al principio, alrededor de una mesa de billar, los chicos del pueblo, los obreros de la acería, los inmigrantes que ahora son americanos cantan “Can’t Get My Eyes Out of You”. Canciones pop intranscendentes, cultura americana efímera. Pareciera que se la cantan al mismo país. Gracias, América, Gracias por todo esto.

“And I thank God I’m alive.

You’re just too good to be true”

(Can’t Take My Eyes Off You, Frankie Valli and The 4 Seasons)

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Al final, los amigos se reúnen en el mismo bar. La mesa se pone, pero nadie dice nada. La comida, la bebida, la reunión. El ritual. El grupo está mutilado real y metafóricamente. América lo está. Herida, pero viva, marcada para siempre, pero unida otra vez. Sin música, sin diálogo, sin melodrama. La canción surge natural, es la cura:

“God Bless America,

Land that I love.

Stand beside her, and guide her

Thru the night with a light from above.

From the mountains, to the prairies,

To the oceans, white with foam

God bless America, My home sweet home.”

Irving Berlin en 1918. Un inmigrante ruso.

Los otros elementos de El cazador, la alegoría de la ruleta rusa, la espera interminable/la violencia definitiva me interesan menos que el regreso y, sobre todo, que el antes. La representación del Vietnam, la imaginería sádica y crispada, parece representar de modo literal una frase del general Westmoreland, el alto mano americano para la guerra que había quedado recogida en el documental de Peter Davis Hearts & Mids: “Ellos no valoran la vida igual que nosotros”. Vietnam es un lugar por completo inhumano, tanto que ha pervertido hasta el ritual. La degeneración atrapa a los americanos hasta su aniquilación física, moral, espiritual: El americano desligado de su comunidad no es nada, vaga entre los vientos, como el indio al que Ethan Edwards dispara en los ojos. Como Ethan Edwards mismo.

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Cuando Cimino vuelva a Vietnam lo hará a través del desquiciado policía Stanley White de Manhattan Sur. Un hombre sin comunidad. White, parte Harry el sucio, parte el Castigador, parte fantasía paranoica de Oliver Stone se trajo al guerra consigo y no pudo dejarla en ninguna canción. No hubo ritual que lo sanase. Es un inmigrante que ha dado la espalda a su comunidad, que aliena su esposa y que no va a permitir que otra comunidad se forme, menos una de aquellos que fueron sus enemigos. Todo es ahora paroxismo. La imagen estilizada, la violencia demencial. No hay descanso. White es Ethan Edwards sin una misión, extrañado en un presente donde no pinta nada se ve reducido a sus peores rasgos: racista, misógino, violento. Y así y todo, es un héroe americano. “-Yo solo quería ser un buen tipo. Lo que pasa es que no sé”, dice White al final de su obsesiva caza.

Hay una visceralidad innegable en todo ello, pero lo otro es distinto, trascendente, fordiano. Es contar la Historia desde unos rostros, unos rituales y un rincón del mundo. Es lo que pasa cuando no pasa nada. Hay una verdad esencial, emotiva. La vida de emigrante trabajador, del que necesita integrarse y ser comunidad, como Tyrone Power en “Cuna de héroes”, que cruza los muros de West Point para no volver a salir porque encuentra un lugar, una comunidad, unos rituales. Allí está toda su experiencia de América. La Historia, fuera. La vida, dentro. En El cazador, Vietnam es un eco imparable, noticias angustiosas de un mundo incomprensible de una fuerza abrasiva. Un fuera de campo absoluto que amenaza, desde esa lejanía, con destruir la armonía de la comunidad y de aquellos que la conforman. Al final, solo el rito la restituye.

Cimino es Ford después de Ford porque tal vez eso sea ya todo; porque tal vez el cine americano se reduzca a la angustia de no poder llenar ese espacio, a rodar después de John Ford; a contar el país, sus rostros, sus espacios bajo su sombra. Hay una célebre anécdota, puede que hasta sea verdad, que cuenta como un joven Steven Spielberg visita a Ford en su despacho. Más gruñón que siempre, este interrumpe los balbuceos de aquel tipo de aspecto anónimo y señalando una pintura del Oeste le pregunta dónde está la línea del horizonte.

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“It’s all about where you put the horizon/Said the Great John Ford to the young man rising”, resumen Drive-By Truckers en “Monument Valley”. Es un símbolo demasiado hermoso como para no usarlo. Eso es, eso es todo: los directores después de John Ford dedicados a contestar en su imágenes la gran pregunta, transmutándola en una cuestión metafísica. El cine americano post-fordiano como la búsqueda de la línea del horizonte.

“History is made by the side of the road

By the men and women that can persevere”

(Drive-By Truckers, Monument Valley)

En La puerta del cielo el círculo se estrecha. La guerra está a la puerta, sobre el territorio de una América que todavía se está inventando, son las raíces de un sistema capitalista que permite todo menos ser pobre. La construcción de la comunidad es precaria y el intento por retener el tiempo desesperado. Como en ninguna otra película de Cimino esto resulta más presente. Como El cazador es otro relato paciente, indirecto, narrado a través de la experiencia con las cosas y los lugares, con las personas, de unos personajes en su relación con la cotidianidad. La imagen monumental de Cimino nunca fue más íntima, sus escalas están en una tensión casi insoportable.

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Traumfilme, película soñada, solo puede equiparar a otro relato sobre el tiempo como Érase una vez en América. En ambas la pantalla te traga, sus imágenes son casi inasumibles, su dimensión, inmensurable. Pero, pese a ello, puede resumirse en un momento que contiene todos los momentos: tras el gran baile de la comunidad, tras los patinadores girando y girando a son de música centroeuropea, solo quedan Ella y James que bailan un vals que es eterno y al tiempo no puede durar en un lugar vívido e imposible. Bailan para ellos y para nosotros, son conscientes de nuestra presencia al otro lado; integran ese otro lado. Cuando terminan de bailar, desde la lejanía del fondo de la sala, junto a la puerta, nos miran, nos sonríen y agradecen. Salen y los músicos siguen tocando. Para nosotros. La melancolía debe de ser esto, Exactamente esto, la constatación de que cuando te vas, la música sigue sonando.

Epílogo:

Los restos de Cimino tras la debacle de La puerta del cielo los recogió Dino De Laurentiis, que financió su desesperación hasta el borde de 1990. Ya no había bodas ni bailes, pero ofició su lento funeral a lo largo de más de vente años tras la cámara y otros tantos lejos de ella. El cordón con la comunidad se había roto, ya nadie atendía a la ceremonia y el ritual era una farsa. Él era también un hombre sin una misión, sin lugar al cual volver. Su confusión, su rabia, su necesidad supuran en todas su películas posteriores. Tras Manhattan Sur se fue de América. Un error mortal. Con El siciliano pretendió su ópera italiana, pero en aquel momento ya ni los italianos hacían óperas. La vida del bandido, rebelde e independentista Salvatore Giuliano se afianza en las profundidades políticas e ideológicas del Estado italiano antes del Estado italiano. Giuliano es el individualista definitivo, opuesto a todos los poderes: la Nación, La Mafia, la Iglesia.

Cimino se mira en Giuliano no a través de Francesco Rossi, si no de Luchino Visconti, Sergio Leone o Bernardo Bertolucci. La imagen vaporosa, sensual y violenta desborda los límites del encuadre, pero de nuevo todo se diluye antes de cristalizar. Es un híbrido imposible, una película fuera de tiempo y lugar que sucede en una Italia donde todo el mundo habla inglés., donde un francés es el héroe nacional siciliano, un inglés un decadente aristócrata italiano, una alemana una burguesa americana. Hay algo en ella esencialmente artificial, es una falsificación hollywoodiense de algo real, una epopeya de los años 40 en formato aberrante. Cimino se ha perdido. La vuelta América será dolorosa.

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De Laurentiis todavía le produce otra película, desorientada y terrible. 37 horas desesperadas, donde se reúne con Mickey Rourke en el espacio de un remake de William Wyler, una de sus influencias del periodo clásico. Una película desquiciada, donde la tensión entre la imagen grandiosa de Cimino y su lugar en el cine del presente, en sus imágenes se hace insoportable. En ella hay una fuga hacia el espacio abierto, tan incoherente con la trama como coherente con el devenir de Cimino que anuncia su final, como un grito desesperado. Uno de los personajes, uno de los secuestradores, se suicida al no querer entregar su arma en mitad del lecho de un río, entre caballo salvajes y acogido por las montañas de Utha. El plano es un cuerpo tiroteado, masacrado. El contraplano un lírico paisaje americano, la infinitud del país. Es el lugar hacia el cual irán los héroes de Sunchaser, el valle prometido, la gran montaña, la América mística, espiritual, donde Robert De Niro se encuentra con el ciervo.

“Si pudiera elegir

sólo un deseo

pediría vivir

siempre cerca del cielo,

de un cielo tan real

como el abismo,

en una guerra tan cruel

como la de uno contra uno mismo.”

(Nacho Vegas, Cerca del cielo)

Cimino tampoco quiere soltar su cámara, quiere que lo maten con ella en la mano, una muerte de guerrero para ascender al cielo de la gran nación. Dios bendiga América, tierra de los hombres libres, hogar de los valientes.

“I watched you suffer a dull aching pain

Now you’ve decided to show me the same”

Wild Horses, Gram Parsons/Keith Rich