1001 vidas imaginarias

Por Rubén Paniceres

Las biografías de personajes ilustres copan el interés de los más diversos campos, el literario, el cine o la novela gráfica se dedican a cultivar la hagiografía, la mayoría de las veces. Pero más allá de la leyenda aurea, hay una suerte de biógrafos, por llamarlos de alguna forma, que enfocan su tarea de una manera más creativa. Construyendo la ficción a partir de la realidad, o a la inversa, llegando a la autenticidad a través de hechos fabulados, buscando ese ideal que argumentaba Pablo Picasso, un arte de la mentira que nos permita decir la verdad.

En 1896 el escritor francés Marcel Schwob publicó un libro de culto, Las vidas imaginarias, una miscelánea de breves biografías sobre personajes tanto reales como ficticios. Schwob sostenía que el arte del biógrafo se cimentaba en la selección: “No debe preocuparse por ser verdadero; debe crear, dentro de un caos, rasgos humanos.” De este modo, Schwob reinventaba la peripecia vital de personajes célebres como los filósofos Lucrecio, Empédocles , Crates o el pintor Paolo Uccello y no tan célebres como los infames ladrones de cadáveres y asesinos, Burke y Hare. Revistiéndoles a todos ellos de una pátina imaginativa y fabulosa, transmutando la existencia de seres reales en un simulacro de novela. Como contrapartida, igualmente, nos narraba la vida y milagros de seres ficticios- como el hechicero Sufrah, antagonista de Aladino en las Mil y una noches– con idéntica intención de verosimilitud. Si un Homero o un Heródoto no marcaban distancias entre el mito y la historia, análogamente Vidas imaginarias, proponía que invención y realidad son igualmente válidas. Y, como sugería John Ford en El hombre que mató a Liberty Valance, entre la leyenda y la verdad, es preferente imprimir la leyenda.

En el relato titulado Petronio. Novelista. Schwob conjeturaba que el árbitro de la elegancia después de escribir El Satiricon decidía vivir en la existencia real lo que había soñado en la literatura. Labrando su vida y su muerte como un remedo de lo escrito por el mismo. Similar estrategia parece haber inspirado a diversos creadores para realizar ficciones en las que un autor se fusiona con el universo delineado en su obra.

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El escritor David Zane Mairowitz y el dibujante Robert Crumb en su novela gráfica Kafka (publicada inicialmente en los años 70 para el sello Beginners de Icon) nos brindan un acercamiento bifronte a la vida de Franz Kafka. Combinando el texto biográfico a cargo de Mairowitz , con la ilustración en viñetas esbozada por Crumb de los principales pasajes de los relatos del autor de La metamorfosis, logrando una perfecta simbiosis entre vida y obra, vistas como una consecuencia directa la una de la otra. Camino inverso recorre el film Kafka, la verdad oculta (1991) dirigida por Steven Soderbergh , fantasmagórica pesadilla que asemeja un capitulo perdido de El castillo, que sufrirá un desvalido Kafka y que determinara su destino como escritor y su desgracia como ser humano, profeta del horror que legara el Siglo XX. Esa transfiguración de Kafka en sus personajes se sugiere en la adaptación al comic de El proceso, realizada en 2008 por (de nuevo) Zane Mairowitz y la dibujante francesa Chantal Montellier que dibuja a Joseph K con los rasgos del joven Franz Kafka.

Estrategias similares las podemos encontrar en diversos acercamientos cinematográficos a la figura de Edgar Allan Poe. En el truculento film de serie B, El espectro de Edgar Allan Poe (Mohy Quandour, 1972), donde un joven Poe se verá envuelto en una trama gótica plagada de referencias a la obra que posteriormente escribirá como catarsis a los horrores que vivirá en una siniestra mansión de la locura. Mientras que en El enigma del cuervo (James Mcteigue, 2012) el creador del moderno cuento policial devendrá en detective para detener a un asesino en serie que se inspira en los cuentos del propio Poe.

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Una vez más la realidad alimenta a la ficción y viceversa en un juego de vasos comunicantes, como ocurre en El hombre de Chinatown-Hammett, dirigida en 1982 por Win Wenders con producción de Francis F. Coppola según la novela de Joe Gores, Al estilo Hammett, publicada en 1975. La historia describe los primeros pasos como escritor de Dashiell Hammett, después de un real pasado como detective de la agencia Pinkerton, para introducirle en una negra trama en la cual el amargo reconocimiento del lado oscuro de la sociedad siembra la semilla inmortal de narraciones como El Halcón Maltés o las hazañas del Agente de la Continental. La película de Wenders y Coppola (el cual influyó decisivamente en su resultado final) es una defensa de la fantasía, la leyenda que se debe imprimir, único reducto donde el sentido ético puede alcanzar una victoria.

También puede suceder que el biógrafo improvisado reinvente al biografiado para ajustar cuentas con él o para acercarlo al personal universo creativo del cronista. En el primer caso podríamos citar el guion que Jean Paul Sartre escribió a finales de los años 50 para el film de John Huston, Freud, pasión secreta (1962), el cual fue desechado, siendo publicado en 1984 a la muerte del escritor y filósofo .El libreto narra los principios de la teoría psicoanalítica con un novato Sigmund Freud equivocándose a cada paso y buscando desesperadamente una simbólica figura paterna a la que agarrarse. Pero a pesar de sus intenciones desmitificadoras, el escrito de Sartre es una excelente introducción al método freudiano (de hecho fue publicado en una colección de estudios psicoanalíticos) y consigue que los lectores empaticemos con un Freud muy cercano emocionalmente.

daliComo ejemplo de la segunda tendencia aludiremos a las personalísimas biografías sobre Philip K. Dick y Lovecraft, realizadas respectivamente por Emmanuelle Carrere y Michel Houllebecq. Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos (1993), y H. P. Lovecraft, contra la vida, contra el mundo (1991), utilizan a los autores de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? y Los mitos de Cthulhu como un palimpsesto que habla más de los universos narrativos de los dos escritores franceses que de la vida de los autores americanos. Carrere y Houllebecq, recrean el drama vital de Dick y Lovecraft para hablar de la alienación, el miedo, la anomia, la locura que se transparentan en títulos suyos como El adversario o Las partículas elementales, entre otras. Lovecraft y Dick se instituyen así en personajes, que si no hubiesen existido, Houllebecq y Carrere, sin duda, los habrían inventado. Eso mismo en un terreno visual efectúa el ilustrador Edmond Baudoin que en su novela gráfica Dalí (2012) explora el mundo mágico y prodigioso de Salvador Dalí reproduciendo sus motivos pictóricos, pero no intentando clonar el estilo de Dalí, sino adaptándolo al fascinante grafismo del dibujante galo.

En ocasiones es el propio autor quien juega con la ambigüedad en la propia biografía. Tal es el caso del rastro de pistas falsas y juego de máscaras que son los distintos heterónimos de un Fernando Pessoa (Ricardo Reis, Alberto Caeiro, Bernardo de Soares etc). Cada uno con su particular biografía e idiosincrasia estética, una rica polifonía de los diversos avatares creativos del poeta luso. Lección aprendida por Felipe Benítez Reyes en Vidas improbables (1994), una humorística antología de apócrifos poetas, cuyos diversos estilos, todos ejecutados por el autor, se instauran en una alegoría de la reciente historia de la lírica.

Tanto Karl Marx como Nathaniel Hawthorne afirmaron que todas las historias se cuentan dos veces. Eso es lo que el británico J.G. Ballard ha hecho en el campo de la ficción con su novela El imperio del sol (1984) y en su testamento autobiográfico, Milagros de vida (2008).Como todos saben, el autor de Crash, pasó varios años de su infancia en un campo de concentración japonés en China. Ordalía que según confesión propia marcó su experiencia posterior y su carrera literaria, concebida como un exorcismo de su brutal iniciación a la vida adulta. El imperio del sol es la crónica novelada de su estación en el infierno, plena de una descarnada poesía surrealista. Milagros de vida son unas breves memorias escritas, cuando el autor estaba desahuciado del cáncer que acabo con su vida, que se centran esencialmente en su estancia en el asentamiento de prisioneros nipón y de cómo ya en la senectud logra visitar los lugares en los que estuvo recluido y logra liberarse del insufrible peso de una angustia retenida durante largas décadas. Lo curioso es que Ballard resulta más audaz y valiente cuando utiliza el ropaje de la narrativa que cuando adopta el registro documental de las propias vivencias, donde aún persisten las autocensuras. Prácticamente abandonado a su suerte por sus progenitores, eso le impuso una herida psíquica, a la que alude reiteradamente pero no se atreve en ningún momento de Milagros de vida, a exteriorizar plenamente. Así, el drama de su alter ego literario Jimmy, en El imperio del sol, nos conmueve más que la intensa pero discreta contención de su autobiografía. Puede que un gran número de autores solo sean capaces de expresar su intimidad a través del disfraz que constituye su obra literaria. Pero algunos prefieren arrancar esa careta para desvelar el interior fracturado del autor. Ese es el procedimiento adoptado por el cineasta David Cronenberg en El almuerzo desnudo (1991) versión cinematográfica muy libre del texto homónimo de William Burroughs, que es un pretexto para una delirante plasmación de la alucinada vida del escritor beat. El hombre es lo importante y el resto, como diría Verlaine, es mera literatura.

Volviendo a Marcel Schwob ya destacamos que el autor también era capaz de inventarse personajes inexistentes con el mismo aplomo que fabulaba sobre los reales. Esta faceta ha influido igualmente en muchos escritores posteriores. Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges (cuya Historia Universal de la Infamia, es descendiente directo de Vidas imaginarias) nos propusieron en 1967 con Las crónicas de Bustos Domecq una sátira sobre los callejones sin salida a los que han declinado la literatura y las artes plásticas. Conducida a través de una jocosa recensión de autores inexistentes, como el novelista que dedica toda su vida a escribir un libro donde sólo figura su nombre de pila. O el pintor que impresiona minuciosamente la realidad en lienzos y murales para luego hacerla desaparecer bajo capas de betún. Por no contar su profecía sobre la realidad virtual, donde en un desopilante relato se nos descubre que los estadios de futbol hace años que están en ruinas y que los partidos son solo una escenificación para los medios audiovisuales. Si algunos hablan de la verdad de las mentiras, Bioy y Borges testifican que ya solo existe el simulacro, y la creatividad se ha reducido a la pose y la representación vacía de significado.

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Asimismo, Roberto Bolaño también crea toda una panoplia de simulados creadores literarios en su, a la vez, inquietante y divertida, novela camuflada de ensayo, Historia de la literatura nazi en América (1996). Bizarra galería de monstruos del sueño de hierro del totalitarismo fascista, que son tanto la crónica política de los demonios del continente americano como del lado oscuro de la cultura popular y el arte.

Un último aspecto interesante de la antología de Marcel Schwob es su apreciación de que “el arte del biógrafo consistiría en valorar por igual la vida de un pobre actor y la vida de Shakespeare”. Los perdedores, los segundones, pueden ser material atrayente para los creadores. Encontramos dicha tendencia en El secreto de Joe Gould escrito en 1965 por el periodista Joseph Mitchell. El libro se centra en un ser excluido de la gloria, un mítico mendigo neoyorkino Joe Gould, muy apreciado por los intelectuales de la época, que escribió durante largos años en miles de cuadernos una “historia oral de nuestro tiempo”, recopilación enciclopédica de los dichos y los hechos de la gente de a pie, con la voluntad de que lo anecdótico alcanzara estatus de categoría universal. Pero Gould era una esfinge sin enigma. En el tramo final del relato se descubre que el magno opus de Gould es un reiterativo, confuso e indigesto laberinto de palabras, fruto de una estéril grafomanía. La triste conclusión es que, en ocasiones, los olvidados por la historia, lo son porque no poseen nada por lo que se les recuerde.

Retratos imaginarios o reales, identidades falsas o dolorosas investigaciones sobre el yo, el ejercicio de la biografía nos demuestra que en la vida siempre habrá solistas y meras voces del coro. A la mayoría nos pasa como a los desapercibidos amigos del príncipe Hamlet, personajes secundarios de los que se apropia el dramaturgo Tom Stoppard en su obra Rosencratz y Guildersten están muertos (estrenada en 1966 y llevada a la pantalla por el propio autor con idéntico título en 1990), que recorrerán la escena ignorados e ignorantes de la trama de la obra shakespeariana, reconvertida por Stoppard en una reflexión sobre el teatro. Finalmente, Rosencratz y Guildersten desepareen sin poder revelar cuál es su papel en el mundo. El silencio parece destino inexorable para muchos. Claro, que parafraseando a Wittgenstein, lo mejor que se puede hacer, sino se sabe que decir, sea callarse.