LA NOCHE QUE MURIÓ ZIGGY STARDUST, 1973

Por Jorge Alonso

Estaba ahí fuera, apostado, mirándonos, oculto tras un manto de silencio frío y oscuro, vino cuando apenas quedaban cinco años para que desapareciéramos. Llegó como un ángel sin sexo definido, o tal vez con todos los sexos posibles y nos ofreció una salvación honrosa. Aunque él no sobreviviera a ella.

Ya habíamos notado su presencia antes de que estuviera. Susurró el teatro Kabuki, dejó caer una naranja mecánica en las manos de Kubrick, y mostró un modo de expresarse con mimo y sin sonido, sí, él ya había estado por aquí antes de volver y mostrarse tal y como era, tal y como nadie era antes de él, tal y como algunos imaginaban ser, tal y como algunos queríamos ser. Había aprendido la lección, ser Mesías en tierra polvorienta de trazos lentos no servía de nada. Había que ser un salvador luminoso, casi escandaloso, eso era lo que hacía falta, lo que la tierra necesitaba, y eso era lo que él tenía, traía, nos daba. Apareció en un callejón del Soho, en Londres, y se apoyó frente a una cabina. Era bello y extraño. Y nos dijo que no venía solo, que venía con una banda, Las Arañas de Marte ¿el Mesías era un estrella de Rock? No, todavía no, pero lo fue muy pronto. Aquellos fueron tiempos puros, los primeros días, mientras la buena nueva se expandía desde la calle K-West, nos encontrábamos en los bares y lo celebrábamos, nos reconocíamos celebrándolo por las calles, celebramos reconocernos en las canciones. Celebramos vernos acariciados en Rock And Roll Suicide, cuando él nos decía “No importa qué o quién hayas sido/No importa cuándo o dónde has sido visto/Todos los cuchillos parecen lacerar tu cerebro/Tuve mi parte, te voy a ayudar con el dolor/No estás solo”, pero no había tenido parte ninguna, no al menos hasta entonces. El dolor fue llegando lentamente.

Tal vez comenzara cuando la multitud tomó las calles de Suffragette City, aunque la mayoría no pudieran permitírselo, o cuando creímos reconocerle en aquel que cantaba sobre la vida en Marte o el Comandante Tom, el que se perdió en su odisea espacial. Puede que cuando su mensaje sonaba en todos los transistores, cuando los periódicos comenzaron a asediarle, cuando los padres y las madres le repudiaban o, peor aún, querían entenderle, cuando el fanatismo comenzó a asediarle, cuando los discípulos quisieron ser maestros y reclamaban incluso su sangre… O puede que todo comenzara tan pronto como llegó a la tierra con su mensaje. Pero terminó una noche de verano de 1973 en el Hammersith.

Nos había dicho que ese era el final de la primera parte, que su primera venida llegaba a su fin, creíamos que desaparecería un poco, que nos dejaría crear una escolástica, que daba por entregado el primer mensaje y entendía que era deber nuestro madurarlo, darle forma. Suponíamos que tal vez necesitara volver a su hogar para retomar luego su misión con más fuerza, pero no creíamos que fuera dejarnos. Dicen que ni siquiera se atrevía a entrar en aquel teatro abarrotado, que fue una desconocida quien le encontró en la calle y le llevó de la mano, tan pálido, tan descolocado, tan delgado. Deberíamos haberlo visto, haberlo supuesto, estaba descargando su última ráfaga, envuelto en luces rojas y tonos brillantes, con las arañar rodeándole, con el semidiós rubio que siempre le escoltaba por entonces. Pero sonreía. A veces un poco tímidamente, otras en forma de sonrisa franca. Recorrió canciones que era suyas y que ahora sabíamos que eran suyas, sí, estuvo maravilloso, se puede ver en las caras, algunos aún no lo sabían pero aquella noche fueron salvados, corrientes de sudor eléctrico en la pista, una explosión cámbrica en el escenario. Afuera era verano, sí. Pero fue un verano extraño desde que nos dejó.

david_bowie_7013_620x“Voy a recordar esto durante mucho tiempo. No sólo es el último show de la gira, también es el último que yo voy a dar”.

Ziggy desapareció del escenario y volvió para hablarnos por última vez, y ante nuestros ojos desbocados, nos dijo: “Voy a recordar esto durante mucho tiempo. No sólo es el último show de la gira, también es el último que yo voy a dar”. Eso fue lo que nos dijo. Pero no le creíamos, aunque muchos llorábamos, muchos maldecíamos y gritábamos, muchos pensábamos que no era posible, que era otro mensaje. Y tal vez lo fuera.

Ziggy despareció en julio de 1973 para no volver. Para no volver así, entre polvo de estrellas. Pero no fue difícil reconocer el brillo de sus ojos al otro lado, en el rostro de Aladdin Sane, entre los Perros de Diamante, en el estilizado Gran Duque Blanco, incluso en el Berlín del muro, o el último Lazarus, por mucho que los ojos estuvieran vendados. Mucho lloramos, sí, cuando murió Ziggy Stardust. Menos mal que dejó a David Bowie para cuidar su legado.