El círculo irrompible: una biografía de La Familia Carter

Por Adrián Esbilla

Al final de La Familia Carter: recuerda esta canción, hay una serie de viñetas que me recordaron al final de El joven Lincoln. En ellas se ve a A.P. Carter salir de un concierto que están dando sus sobrinas y dirigirse tranquilamente hacia una colina mientras suena “Keep on the Sunny Side”, un himno de regocijo.

“In my hand I hold a picture of the old home far away In the other one my sweetheart I’m thinking of today On the sunny mountain side”

Solo vemos su silueta bajo la luz de la luna. Camina a pasos lentos y largos, con las manos a la espalda, entrelazadas, mientras asciende hacia el manzano que plantó siendo un muchacho. “- Has dejado tu huella en el mundo… Espero poder haber hecho los mismo”, le dice A.P. al manzano y luego comienza a canturrear “My Clinch Mountain Home”, que titula también el primer capítulo del tebeo.

– ¿No vas a volver, Abe?

– No…creo que voy a seguir un rato más, tal vez hasta lo alto de aquella colina

Abe Lincoln avanza por el camino de rodadas de carro mientras se mezclan el sonido de una tormenta y el Battle Hymn of the Republic. Despacio, hacia lo alto de aquella colina. Son imágenes de austeridad, melancolía y esperanza, ligadas al paisaje, las canciones y las personalidades singulares. Todo el tebeo de Frank M. Young y David Lasky tiene un aire fordiano, un humor y una humanidad que desprende a la Familia Carter de cualquier halo mítico y de cualquier santificación y los reduce a una admirable sencillez. No se trata, como en El joven Lincoln de un proceso de desmitificación, sino de reconocimiento: en lo básico se encuentra la pureza, las razones de la trascendencia final.

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Para John Ford, Lincoln es un hombre ensimismado que mira un río.

– Abe, sin duda te gusta mucho ese río

– Es un río verdaderamente hermoso, Efe

– Nunca he visto a un hombre mirar a un río como tú lo haces. ¡Algunos diría que es una mujer!

Abe Lincoln no contesta, pero es exactamente eso. Sonrríe quedamente y se pone a tocar un arpa de boca.

«I’m troubled I’m troubled I’m troubled in mind / If trouble don’t kill me I’ll live a long time», cantaban Lester Flatt y Earl Scruggs. «It takes a worried man to sing a worried song/I’m worried now, but I won’t be worried long», decía la Familia Carter y repetía Woody Guthrie. El hombre atribulado, la esencia del folk y el blues, que son uno y lo mismo.

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Cuando veo la imagen de Abe Lincoln, de espaldas, ensimismado en un río que son sus pensamientos oigo a Mississippi John Hurt, que nunca fue un bluesman del Delta sino un canalizador del folklore ribereño. John Hurt era un bracero de Avalon, Mississippi, que nunca sintió el deseo de apartarse de su cabaña. La guitarra y la voz eran bastante. Desde allí experimentó la historia. En los años 20 hizo algunas grabaciones en Memphis e incluso en Nueva York, pero no trascendió hasta los años 60 cuando fue descubierto por el auge de la música folk e invitado al festival de Newport donde lo viejo y lo nuevo se descubrieron mutuamente, donde los jóvenes blancos de clase media reverenciaban a los viejos negros que experimentaron la Depresión y el rigor del Sur.

Maestro del fingerpicking, John Hurt cantaba canciones amargas con voz dulce, en un susurro tranquilo. Sonaba como el lugar donde siempre había vivido en una tarde a finales de verano. Sonaba como las imágenes de El joven Lincoln o las de El juez Priest. El sentimiento trágico de la música tradicional americana persistía, pero no había en John Hurt la dura arrogancia o el lamento inconsolable de los bluesman, si no una tranquila observación de la realidad, del pasar del Gran Río.

En Newport, John Hurt puedo conocer a uno de sus mayores admiradores y continuadores, un blanco ciego de las Blue Ridge Mountains de Carolina llamado Doc Watson que era ya entonces el gran continuador espiritual de la música rural americana. El folk, el blues, el góspel. El rio y la montaña. El Mississippi y los Apalaches. Watson había bebido del sonido de la guitarra de John Hurt y de la técnica singular de Maybelle Carter, escuchando los discos y las emisiones radiofónicas de la Familia Carter en los década de los 30. Cantaba canciones estoicas sobre gente corriente y también aceleradas melodías bailables. Era un músico popular, simple y sin artificios, genuino.

18817020_1520643941342990_1783072232_nEl hilo de las canciones se pierde en la noche de los tiempos, la memoria las conserva como trozos desvanecidos y A.P. Carter y Lesley Riddle asumieron la misión evangélica de reconstruir esa tradición, de actualizarla para el oyente de los últimos 20, los 30, los 40.

Young y Lasky pormenorizan en su tebeo el auge de la industria discográfica en América, cómo fueron productores como Ralph Peer o H.C. Speir los que conservaron el legado tradicional. No lo hicieron como más tarde Alan Lomax o la gente de Smithsonian llevados por una idea moral de la historia, si no por la simple necesidad de alimentar un mercado que acababan de inventarse. Son las compañías las que compartimentan los estilos del folk para poder venderlos en las distintas comunidades, segregando así una música que en la realidad no lo estaba. Country para los blancos, Blues para los Negros.

En la figura, reivindicada y revalorizada de Lesley Riddle, el comic disuelve estos compartimentos. Riddle era un guitarrista y cantante ambulante de memoria prodigiosa, cojo y mulato. A.P. Carter lo conoció en uno de sus viajes, donde ejercía de folklorista improvisado recorriendo los estados rurales buscando las viejas canciones y la gente que las recordase. De Riddle oyó por primera vez “Cannonball Blues”, que Maybelle Carter convirtió en “He’e Solid Gone” que a su vez Junior Parker fusionaría con “Worried Man” para crear “Mistery Train”, la canción fantasmagórica definitiva sobre América. Resignación, perplejidad y misterio: el folk, el blues.

El hilo de las canciones se pierde en la noche de los tiempos, la memoria las conserva a trozos, medio desvanecidos y A.P. Carter y Lesley Riddle asumieron la misión evangélica de reconstruir esa tradición, de actualizarla para el oyente de los últimos 20, los 30, los 40…Estaban en la encrucijada (racial, sonora, moral…) del folk y el blues, estaban creando el sonido rural de América, un hombre blanco y otro negro recorriendo las carreteras, los valles, las montañas, símbolos ellos mismos. De nuevo, Young y Parker transmiten esto sin alzar la voz, con seca naturalidad y un humor que trasluce una realidad acre sin subrayarla. No hay melodrama. A veces recuerda a una versión atemperada de Erskine Caldwell, o su contrafigura que, de algún modo, es perceptible en los rostros enjutos, la ropa sobria, los ojos apagados que dibuja Lasky.

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Estructurado en breves capítulos, siempre con alguna canción como motivo, su escueta brevedad recuerda a las páginas de los dominicales. Cinco o seis páginas, es suficiente. Son, como muchas de las películas de Ford, viñetas vívidas de una realidad melancólica, donde lo anecdótico, lo pequeño, es elevado a la categoría de los trascendente y la gran historia es un eco que se escucha fuera. La Familia Carter. Recuerda esta canción, habla al final de la construcción de un país, de su articulación, y de aquellos que, sin saberlo, estaba haciéndolo. De las canciones como carreteras, como vías del tren. Canciones que crean un sentimiento, una noción de lugar y de las voces emotivas que perpetuán en su franqueza, en su concisión la nostalgia de América como Arcadia, como la tierra prometida.