DYLAN O JUDAS. MANCHESTER, 1966

Por Jorge Alonso

Cuando se anunció que Bob Dylan era el ganador del premio Nobel de literatura se levantó una polvareda en la que quien menos tosió, era previsible, fue el propio Dylan ¿Acaso hubo quién creía que iba a ser de otro modo? ¿Hubo quién pensó que Dylan se pronunciaría o incluso se dignaría a ir a recogerlo? No, qué va, pero si este hombre lleva sobreviviendo, o mejor dicho, venciendo, en polémicas iguales o peores que esta.

Tocó ante el papa Juan Carlos II (te quiere todo el mundo), y libró la yugular sin dejar de tocar. Se puso la kipá cuando reverdeció su raíz judía, y libró la yugular sin dejar de tocar. Se arriesgó del lado Hurricane Carter, que ahora parece muy fácil, pero no lo era en absoluto, y libró la yugular sin dejar de tocar. Retorció sus canciones en su Live At The Budokan, y libró la yugular sin dejar de tocar; sólo paró cuando se partió el cuello, y al volver libró la yugular atacada por su giro tradicional, y se destapó poco a poco hasta llegar a las cumbres del Desire o el Blood On The Tracks. Paró de tocar cuando lo del accidente de moto, el resto de las veces siguió, aparentemente imperturbable, pese a todo y a todos. Cuando la moto, paró. Cuando le insultaron en directo respondió y tocó, tocó alto, más alto que nunca. Fue en 1966, pero no fue no en Londres, fue en Manchester.

bob-dylan-1966

A Dylan lo esperaban en Inglaterra con los brazos abiertos y las armas en alto, era el primero que devolvía el golpe a la invasión británica, hasta él la cadencia había sido al revés. EEUU exportaba música de raíz que en Inglaterra era remozada y devuelta a Norteamérica. En esta ocasión las canciones no era una recopilación de Alan Lomax, no era música folclórica con aire europeo que había encontrado su hogar, por ejemplo, en los Apalaches, no eran intérpretes de Blues a quienes nadie hacía caso más allá del circuito universitario y que en las islas podían ser recibidos como héroes, y mandados de vuelta a casa con la etiqueta de “por allí sí que saben valorar lo bueno”, no. Este era un chaval que estaba haciendo temblar los límites del Folk a base de canciones que trascendían lo que conocemos como música popular y se adentraban en la mística, la literatura, el arte y la conexión chamánica sin artificios. Dylan se plantó en 1965 en Inglaterra para mostrarse tan arrogante como le vino en gana, y como probablemente debía mostrarse. Ahí está la famosa película de Pennebaker, esa a la que hacen referencia los deliciosos Belle And Sebastian en “Don´t look back (like Dylan in the movies)”. Del mismo modo que cuando los Beatles aterrizaron en Nueva York se dedicaron a vacilar a los periodistas allí reunidos, Dylan decidió volver locos a quienes creían poder desgranar significados ocultos (Europa es alta cultura, no como esos paletos) o incluso desenmascarar a un emperador que iba desnudo, o casi, con una guitarra y poco más. Tres acordes y la verdad, que decía Bono. Pero este ya no era ese Dylan.

En 1965 el amigo Bob estaba alejándose de las causas y los movimientos sociales, de la denuncia que nunca fue más certera que cuando escribió la prodigiosa, y perfectamente actual, “Masters of war”. Dice Joan Baez que en realidad aquello nunca le interesó mucho, incluso hay quien deja caer que no fue más que una astuta estrategia para posicionarse en el Village y más allá. Puede ser, pero era una estrategia que venía respaldada por discos como The Freewhellin´ Bob Dylan y The Times They Are a- Changing. Cuando llevas esa maleta en la mano la estrategia ayuda pero no hace milagros. Los milagros no existen. En todo caso, eso estaba quedando atrás, decíamos, Dylan había editado el maravilloso paso intermedio que conocemos como Another Side Of Bob Dylan (uno de esas joyas olvidadas que conviene disfrutar de nuevo), y estaba a punto de sacar con tan solo cinco (cinco) meses de diferencia Bring It All Back Home y, ejem, Highway 61 Revisited. Y al año siguiente un tal Blonde On Blonde. Ese era el Dylan que estaba llegando a Inglaterra en 1965, no el de las marchas por los derechos civiles. Con todo, sus conciertos fueron a la vieja usanza, guitarra, micro, Bob. Los del año siguiente, no.

Las grabaciones de los dos discos en los que Dylan introduce la instrumentación eléctrica, con batería, bajo, teclados y guitarras, y todo lo demás, están bien documentadas, sabemos que el famoso arreglo de teclado de “Like a Rolling Stone”, te alabamos, óyenos, fue uno de esos momentos que pertenecen a la mitología Rock, con Al Kooper trasteando y dando con una línea para la historia. Dylan reclutaba músicos que pudieran asimilar lo que él quería hacer en el estudio, y eso no era fácil, nada fácil, pero cuando las sesiones acababan también quería una banda en la que confiar, una en la que apoyarse y girar. Ronald Hawkins, por su lado, era una suerte de trovador con una visión periférica excepcional que consiguió reunir a su vera a Levon Helm, Robbie Robertson, Rick Danko, Richard Manuel y Garth Hudson, y luego dejarles volar con el nombre, primero de The Hawks y luego The Band.

df0d4504a108c360c620782d363b7232El Dylan que aterriza en Inglaterra en la primavera de 1966 va acompañado de los Hawks, lleva los rizos al viento, camisas de lunares y trajes entallados, y ofrece un set dividido en dos partes bien diferenciadas, una acústica y otra… no. Para empezar, ese set acústico no incluía ninguna de las canciones que el público en general quería escuchar.

Ni rastro de los dardos iniciales que le habían convertido en una suerte de gurú artístico y político, todo el repertorio estaba basado en sus tres últimos trabajos, ahí estaban “Visions of Johanna”, “Desolation Row”, “Just Like a Woman” o “She belongs to me”, maravillas sin fisuras que no hablaban de un apocalipsis nuclear, o tal vez sí, pero más bien no, canciones perfectamente construidas y un Bob en plenitud vocal (nadie canta a Dylan como Dylan), que contenían líneas como, por ejemplo: “En el vacío callejón donde las damas juegan a la gallinita ciega con la cadena de la llave, y las chicas de noche completa susurran sobre sus escapadas en el tren D, podemos oír al sereno, que enciende su linterna, preguntarse si es él o son ellas las que están locas.” Nada de respuestas en el viento.

Así, el público, siempre en términos generales, se iba impacientando, calentando, a medida que transcurrían los conciertos, no estaban sonando los himnos con lo que sentirse un revolucionario universitario cómodamente sentado en un teatro, estaban sonando canciones complejas y excepcionales que en el caso de Dylan iban a ser la norma de aquí en adelante. Seguramente habría quien esperara que al final tocara alguno de sus éxitos de puño y cejilla, pero en lugar de eso lo que ocurría era que salía respaldado por The Hawks, y aquello sonaba como un cañón, “Tell me, momma”, directa a los ojos, estruendosa, engrasada y chirriante, la versión del “Baby let me follow you down” que debería ser enviada a cruzar el universo a ver si cae en buenas manos, todo el repertorio va avanzando de un modo firme, seguro y desafiante, parece pensado para filtrar, para librarse de los grilletes y quedarse con las manos libres que quieran seguir la estela del genio y sus halcones.

Bob-Dylan-in-1966-Alamy-770

Pero las cadenas siempre hacen ruido, aunque sea al caer, y tras el murmullo creciente de “Ballad of a thin man”, un tipo se desgañita e insulta a Dylan. Judas, le llama Judas, al mesías le llama Judas. Y Dylan, por una vez, responde. No te creo, dice mientras suena levemente la guitarra, eres un mentiroso, continúa mientras el rumor del patio de butacas va cediendo ante el zumbido del escenario, es entonces cuando se da la vuelta, escupe un “Play it fuckin´loud!”, suena un disparo que es la batería, y retumba “Like a Rolling Stone”. Fin de la discusión.