DICCIONARIO DANDY: A

El-nuevo-dandiARTIFICIO.- Lo prescribe Giuseppe Scarafia: «El dandi prefiere a la espontaneidad, la originalidad; a la naturaleza, el artificio; al abandono romántico, el dominio de sí o, mejor dicho, la presencia del yo a sí mismo». El dandi, por tanto, siempre vende una construcción, una locura personal, lo contrario a un lugar común, donde la única brújula es siempre uno mismo. Dejarse llevar por la espontaneidad -viene en Baudelaire– sería entregarse a la masa, al rebaño, a la grey. El dandi goza de la muchedumbre, pero desde la distancia. Sólo el artificio –insiste Scaraffia- permite ser natural: la lógica interna es quien ejecuta y sitúa. Ese artificio, asunto curioso, a veces es estético: el llamado “rappel”, la prenda fuera de época, sí, que alude a un tiempo pasado, ajena al modelo productivo. El presente es el terreno de la utilidad y, fuera de ese escenario, comienza lo gótico de lo inútil: ficción pura donde se insiste sin tregua ni pausas. Los mismos personajes de las Diabólicas de Barbey d´Aurivilly: siempre alrededor de elegancias pasadas, el traje del Conde de Savigny donde brillan dos pendientes de zafiro, encajes de camisas que ya nadie lleva o los pantalones de raso negro –también del propio Barbey- completamente desfasados. Artificio y, algo más importante, artificiosidad: «el dandi –señala Scaraffia- es artificio porque se ha redescubierto y se ha reconstruido. Parece una marioneta porque se mueve de manera distinta a las demás marionetas» El dandi no sólo se presenta sino que pretende negar a los demás con su ejemplo, estético pero también ético; la paradoja y el exceso –según Baudelaire- son sus mejores armas. Niega a los demás porque, realmente, lo que está negando es cuanto le es extraño, esa segunda naturaleza social. La continua presencia del dandi ante sí mismo, su íntimo acoso personal de sí, no es más que evitar la contaminación del poder de los otros. Es –según Scaraffia- la actitud vigilante del rebelde. El dandi vive en vilo y alerta: no obedecer a la llamada de la naturaleza es también rechazar el mecanismo o red de los placeres propuestos por la sociedad. El artificio en el plano estético y la inutilidad en el plano moral es lo propio del dandi.

BaudelaireABULIA.- No hay dandi sin tedio, apatía, desgana, indiferencia, desinterés y, por encima de todo, insensibilidad. Dice Sabina en “Esta boca es mía”: «es mejor que aprendas a vivir sobre la línea divisoria que va del tedio a la pasión”. Cuanto no es pasión, es tedio, y la pasión implica entrega absoluta y el dandi no se entrega sino a su propia causa. Baudelaire lo lleva al extremo: «No follar con nadie. El dandi jamás sale de sí mismo». El tedio es insensibilidad prolongada –«Despreciar a los demás, y no amarse a uno mismo», decía Valle Inclán– pero también escudo, coraza, clima interior. La abulia, la indiferencia, sí, Baudelaire la explica mejor que nadie: «La vida no posee más que un encanto verdadero: el encanto del juego. Pero ¿y si nos resulta indiferente ganar o perder?». El dandi siempre vive en la suspensión del juicio, a veces de la voluntad, no cree en el progreso, la virtud es para él artificial, sobrenatural, el mal se hace sin esfuerzo (por fatalidad) y el bien es siempre producto de un arte, de una creación. Baudelaire en su Elogio del maquillaje (1863) aboga por la huida de lo natural en favor de aquellas conductas humanas que tienden a sobrepasar la naturaleza, a hacer un permanente y sucesivo esfuerzo de reforma de la naturaleza. El lujo es lo artificial, y «el desinterés, el desánimo, la sensación de aislamiento insoportable, la ausencia total de deseos, la imposibilidad de encontrar cualquier diversión», como Charles escribe a su madre en 1957, no hace sino certificar que vivimos en la cuneta, en el margen, donde la conciencia se fragmenta y, a la manera de Poe, «somos homicida y suicida, asesino y verdugo». Estar siempre borracho ayuda al dandi –otra vez Baudelaire- a librarse del peso y paso del tiempo que fatiga la espalda e inclina hacia la tierra.

valle-inclanABSTRACTO. – Lo indeterminado, lo vago, lo impreciso, lo indefinido, lo inexacto, lo ideal, son las construcciones básicas del dandi en su intimidad. Huye de la definición, porque la definición sería naturaleza, donde todo el mundo se define, y también las coordenadas precisas de esa época que le ha tocado vivir, cuando él está fuera de época. Siempre en el lugar ideal. Lo escribió Remy de Gourmont: «Dos hechos son necesarios para formar una verdad: un hecho y una abstracción». El dandi vive en la segunda y no hace caso a la primera. El único hecho es vivir y morir frente al espejo. Baudelaire lo dejo muy claro desde el principio: «Hay que ser sublime sin interrupción. El dandy debe morir y vivir frente al espejo». El espejo es también locura y soledad: crear arte supone estar loco –escribe Bukowski– y solo para siempre. La belleza de las cosas solo existe en el espíritu de quien las contempla, y se pesa en ellas su inutilidad exacta, todo lo contrario a cualquier tipo de consenso. El dandy vive en pose: un gesto (grave, espectral, afirmativo) alrededor de un brumario de interrogaciones. Etienne Soriau, en su Diccionario de Estética, ve cómo Brummell no sólo es indefinido para su época, sino también cínico, bifronte, su desafío mismo es no dejarse comprometer por los sentimientos porque estos siempre llevan a la norma social. La indefinición del dandy, su imprecisión, es todo lo opuesto a la precisión del burgués: ambos son sociales, muy sociales, pero uno por oposición y el otro por integración. En mitad de la abstracción, en mitad de la vaguedad o imprecisión, dos armas tiene el dandy para no dejar de ser fiel a sí mismo y su escuela: a la manera del Marqués de Bradomín (personaje de Valle Inclán, uno de los personajes de Luces de bohemia), decadentismo y provocación. El dandy es vago e indefinido por lo que Walter Benjamin define como la “fuerza del recuerdo” en contraposición a la realidad física del tiempo. El Ideal en el dandy vive en progresiva descomposición (indefinición) volviéndose, lo ya dicho, cada vez más inútil y artificial.