¿Qué fue de Tonino Pettola?

Por Carlos Hevia

A Tonino Pettola no se le ocurrió otra cosa que anunciar el nacimiento de una nueva iglesia en la TV. Pettola, el viejo pastor, sí obraba milagros. Porque a Pettola, sucio y pobre como un guijarro, sí se le aparecía la virgen María y todos los días curaba enfermos, ante la mirada iluminada de cientos de peregrinos. Cómo osaba el viejo Pettola desafiar al joven  Papa Pio XIII en la televisión, a ese Papa que había descompuesto la curia romana, que había cuestionado la fe de todos los creyentes, que había renunciado a mostrar su imagen en el balcón de San Pedro ante miles de feligreses, que los había condenado a penar su culpa original hasta que revelaran su verdadera fe por Dios, él, bello e inmaculado como un ángel, que sí había sentido la santidad, curando  las heridas de los enfermos con sus oraciones y resucitado a los muertos con la  suave yema de sus dedos y, sin embargo, ya no podía creer en Dios.

Paolo Sorrentino es un director excesivo y manierista y a pesar de o gracias a ello fascinante, hipnótico. En sus películas y ahora en la serie de HBO El joven Papa, la imagen tiene tanto poder como la palabra. O más. Como un Tiziano moderno que pinta sin pincel, acomoda la realidad a su visión personal de ella con una cámara. Por supuesto, para conseguir estos cuadros hay que aceptar una artificiosidad, olvidar el realismo, siempre prosaico y feo, en busca del encuadre perfecto. Sorrentino es un estilista en busca de su simetría, producto de su amor por el arte o quizás de ser un autodidacta, de no haber realizado estudios de dirección. En cada capitulo hay un montón de escenas en las que recrearse, apetece darle al stop y contemplar extasiado el lienzo. Ver El joven papa es casi visitar un museo, como ver La gran belleza te llevaba de viaje turístico por Roma. Tienes la sensación de que el guión es una excusa para entrar en los museos vaticanos y por extensión, en toda la pintura sagrada que la Iglesia ha patrocinado a través de los siglos, imprimiéndole su sello. La escena en la que los tullidos y enfermos esperan la llegada del sanador Tonino Pettola recuerda una pintura de Jan Brueghel de Velours, colorista y llena de personajes.

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Maestros en el marketing y la publicidad desde la alta Edad Media, sucesivos papas patrocinaron la pintura en la que se recreaban escenas del Viejo y el Nuevo Testamento sabiendo que hacer ver esos retratos a color era más efectivo que cualquier sermón para una población mayormente analfabeta. Cada día miles de personas se hacinan en la Capilla Sixtina durante unos segundos para ¿admirar? la cúpula de Miguel Angel. Fascinados por el lujo, la belleza y el barroquismo, lo antinatural de una ciudad estado de apenas ochocientos habitantes entre sacerdotes célibes y monjas estériles en la que la vida real es un remedo, no hay niños, no hay guarderías, no hay gritos, ni juegos ni recreos, todo es tan formal, tan cargado de impostura que uno no puede dejar de pensar que es de cartón piedra, un decorado, y los curas y cardenales, actores. Y en ese escenario, en ese trampantojo de oropeles, souvenirs de agua bendita, medallas de oro y platos decorados camina, reza, duda de Dios y de sus cardenales el recién elegido Papa, el americano y juvenil huérfano Lenny Belardo, del que se espera que imprima un aliento progresista a la anquilosada institución, aunque solo sea en su imagen, cambiarlo todo para que nada cambie. Pero Lenny tiene otros planes, más inspirados en el integrista Marcel Lefebvre.

Cuenta Sorrentino que la Iglesia vaticana no se mostró muy favorable cuando llegó a sus oídos la idea de la serie, y ni hablar de dejar grabar ni en la basílica de San Pedro ni en ningún rincón de los jardines, aunque fueron tan amables de dejarle visitar durante dos días el Vaticano, que luego él recreó en estudio y en diferentes localizaciones romanas. Y eso a pesar de que las críticas al catolicismo y su estructuras son suaves, pellizcos de monja auxiliadora. Luchas intestinas por el poder como en cualquier otra organización, un toque al negocio de la solidaridad surrealista y poco más.

La serie adolece de falta de ritmo y sobre todo de falta de un guión estructurado. Filmada a impulsos, se estanca, es reiterativa en alegorías y viajes al pasado, como el canguro que no acertamos a entender, igual que nos pasa con los regresos al orfanato que no desvelan nada o las alucinaciones recurrentes en las que ve a sus padres. Tratando de mostrarnos al hombre debajo de la santidad inherente al cargo, con sus contradicciones, sus temores, sus batallas internas. Pero no lo consigue porque Jude Law interpreta un personaje casi paródico con el que no sabes si reír o llorar. Si hay un personaje cautivador que sobresale por encima de todos, es el del cardenal Voiello, interpretado por Silvio Orlando, un prodigio de naturalidad y encarnación del personaje. Crees estar viendo a un cardenal no a un actor como ocurre con Diane Keaton o Javier Cámara, que no consiguen transmitir tan bien el oficio religioso. Es de suponer que en la cabeza de Sorrentino todo tendría sentido y probablemente nadie más podría atreverse con una historia como esta, pero el resultado es un conjunto deslavazado e incompleto, lleno de agujeros y a ratos incomprensible, eso si, visualmente fascinadora. Tras diez capítulos, una pregunta inquietante queda en el aire. ¿Qué fue de Tonino Pettola?