NIRVANA ASALTA LA TV (1991)

Por Jorge Alonso

Cuando fingíamos estar muertas, decían las L7, y resulta que no, no había tanto manierismo como pudiera parecer en esa afirmación. Había, hay, más muerte en eso que dimos en llamar grunge de lo que podíamos pensar. Lo que creíamos una pose resultó ser una actitud terminal. Algo nos olíamos en nuestras carnes.

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El grunge como etiqueta falla parcialmente, como todas las etiquetas, se sumó a grupos que no encajaban en el canon ético y estético (Sonic Youth, por ejemplo), y otros entraban más por la forma que por el fondo, es decir, si el Grunge era una especie de mezcla de harapos, hirsutismo (en el caso de los chicos) y actitud punk, Nirvana, Pearl Jam, Alice In Chains, Screaming Trees, Soundgarden, Stone Temple Pilots todos ellos, podían encajar con matices. Gastaban franela, pantalones rotos, botas o bermudas, pero no todos venían del mismo sitio. Los Soundgarden, ay, eran del Hard Rock, lo mismo puede decirse de Stone Temple Pilots o incluso Faith No More, bandas todas con tremendos frontman de voz profunda, especialmente el magistral Cornell cuyo recuerdo duele demasiado como para hablar más en profundidad de él. Pearl Jam o Alice In Chains habitaban otros lugares, especialmente los Jam, exuberantes y americanos hasta la médula, Alice eran más lluviosos y desbocados en su caída, y sí, había muchos antes que ellos y todos será pasto de revisión con el tiempo, porque las cosas solo surgen, aparecen o se crean en la historia sagrada, y esta no lo es.

Esta historia tiene un punto de inflexión definitivo cuando tres descamisados aparecen en un baile de instituto y retuercen los símbolos ganadores de la juventud blanca norteamericana para apropiarse de la senda del perdedor, tal vez reivindicada en exceso desde entonces. El 11 de agosto de 1991, recién empezadas las clases (aquí nada es casual) Nirvana tomaban al asalto las pantallas de la TV. La aparente venganza de los raritos.

Los ochenta habían sido de Prince, entre otros, entre muchos otros, y entre esos muchos otros estaban las bandas que se movían más o menos cómodamente bajo el paraguas de la etiqueta Hair Metal, o, por extensión, los grupos de Heavy Metal o de Rock duro, que no son equivalentes pero pertenecen a la misma familia. Pelos (en ocasiones) cardados, riffs contundentes, sexo, drogas y diversión con doble de testosterona cinturera, ya lo dice Randy (Mickey Rourke) en “El luchador”, la cosa era pasarlo bien, de hecho el personaje de Aranofsky se queja amargamente de la llegada de Nirvana y el grunge ¿qué tenía de malo pasarlo bien? De aquello fueron los ochenta más visibles, de la sonrisa del caimán y el tiburón, de pasarlo bien y hacer pasta a raudales, y bailar en calzoncillos, esos ochenta que ganaron la guerra fría a través de la pantalla y que poco tenían que ver con la realidad mayoritaria norteamericana.

Decía Diego Manrique de “Chica de ayer” que fue una canción que vino a recordarles que había quien no lo estaba pasando bien, pues esos, quienes no lo estaban pasando bien, quienes no encajaban en el sueño americano, vieron más pronto que tarde el video aquel que apestaba a espíritu adolescente y se enamoraron, se vieron reflejados hasta la médula. Aquellos tipos llevaban ropa que podían permitirse, tenían pinta de no haber pasado los mejores momentos de su vida en la secundaria, tenían pinta incluso de no tener muy clara la posibilidad de ir a la Universidad, qué diablos, tenían pinta de que todo eso les importaba más bien poco. Esos tíos eran reconocibles, asequibles, manejables, y estaban vociferando con rabia una canción desgarrada de estribillo imbatible. Estribillo pop.

“Carga las pistolas, trae a tus amigos/Es divertido perder y fingir/Ella está exageradamente segura de sí misma/Oh no, ya se, una palabra sucia ¿Hola, hola, hola? Hola, hola, hola, ¿cómo de bajo (vas a caer)? Hola, hola, hola, ¿cómo de bajo (vas a caer)? Hola, hola, hola/Con la luz apagada, es menos peligroso/Aquí estamos, entretennos/Me siento estúpido y contagioso/Aquí estamos, entretennos (…) No soy bueno ni en lo que mejor hago/Y me siento bendecido por este don/Nuestro pequeño grupo ha estado siempre/Y estará siempre hasta el final.” ¿Cómo no iba a ser este el primer himno súbito de la famosa Generación X? De quienes se sentían engañados por no ver el modo de llegar a esa vida que la famosa igualdad de oportunidades, la cultura del esfuerzo y el Just Do It de Nike les habían prometido, de quienes se estaban empezando a dar cuenta de que las películas en las que Michael J. Fox encarnaba a un joven emprendedor que empezaba desde abajo y acababa llegando a lo más alto y casándose con la chica (que para eso era el trofeo prometido, por mucho que la vistieran de ejecutiva), no eran precisamente documentales basados en la realidad cotidiana.

Quienes estaban cayendo en que el liberalismo patriotero de Reagan no era para todo aquel que hubiera nacido en la tierra de la libertad, que estaba pensado para los mismos hombres blancos de toda la vida, con alguna rendija para que no se diga y por no desperdiciar algo del talento que nace entre el barro. Desgraciadamente para cuando se dieron cuenta esos ya habían ganado y el terror rojo era pasto de merchadising, de camisetas y complementos, de chavales patinando y saludando a palma abierta la llegada de Pepsi a la Plaza Roja. Para aquella legión se lanzó el grunge, protestón, crítico, desencantado, pero mayoritariamente individualista, nihilista en sus planteamientos y pesismista en su actitud vital. Igual de peligroso que el pop bailable que había triunfado en las listas inglesas durante los ochenta. O sea, nada. En esa época, la ochentera, la apuesta americana fue ganar la Guerra vendiendo una imagen que aplastara la estética y los valores de la izquierda aún vinculada con el bloque soviético, y de paso al posible enemigo interior, que los aplastara bajo la imagen y el mensaje del “tú también puedes hacerlo, mira a estos yuppies con teléfono en el coche, ayer eran chavales en un pueblo de mierda y hoy están bebiendo copas en Manhattan y metiéndose coca todas las mañanas”, a ver quién luchaba contra aquello.

f4f87cb79bbfa205257c6f767c99dfd2En los noventa americanos, en cambio, el modo de mantener la paz, y la impermeabilidad, social fue hacer saltar a la legión inadaptada al ritmo de canciones que les hicieran sentir menos solos en el mundo y les atara entre sí mediante el sentido de pertenencia a un grupo social muy concreto del que no debían pensar en moverse, y cuyas condiciones debían aceptar sin más rechistar que el rechinar de dientes. En líneas generales, claro. Y sin embargo las bandas venían cargadas de sinceridad.

Cobain y los suyos no pensaban ser nada más que lo que eran, tres tipos de Seattle sacando el corazón por la garganta y dándole la vuelta a los iconos que les habían amargado la adolescencia, las animadoras, la pista de baloncesto, las gradas… solo que ahora ellos, Kurt, estaban en el centro y con libertad para cargarse todo en una explosión de ira bien cierta y nada controlada. De ahí en adelante comenzó a rodar una bola que visibilizó lo invisible y que se hizo tan difícil de manejar que ha ido sembrando de cadáveres el camino. De cadáveres y de discos y conciertos memorables, de grupos y voces que difícilmente nos hubieran llegado de no ser por ese torbellino que puso patas abajo lo que era masivo y lo que era alternativo. Costó sangre y fue un síntoma de lo poderoso y bien engranado que está el famoso establishment que, incluso cuando estornuda es porque se ha hecho cosquillas en la nariz. Hasta ahora, al menos.