Un puñado de favoritos (menos)

Por Dani Permuy

Salvo tragedia, la primera semana de una gran  vuelta puede narrarse de un modo más bien telegráfico: joven debutante austriaco se estrena con victoria en el Giro. Gorila Lotto gana sprint en segunda etapa. Memorable abanico del Quickstep en Cerdeña… y todo así. Con final en la cima del Etna, la cuarta etapa estaba marcada en rojo en el calendario. Sin duda, parecía la primera jornada propicia para dar que hablar, pero con un fuerte viento de cara y muchos kilómetros de Giro todavía por delante, la verdad es que allí no sucedió gran cosa.  De la quinta etapa a la octava también cabría poco que contar, las micro-historias típicas de cada día: pinchazos, roces, pequeñas caídas, algún ciclista expulsado del Giro y algún otro que se retira;  escapadas que mueren a escasos metros de meta y escapadas que consiguen la gesta con el aliento del pelotón en el cogote (¡que palabra!). También las clásicas pequeñas historias que acontecen fuera del asfalto: azafatas imposibles para los tiempos que corren, comentaristas aburridos buscando qué comentar y una conejita de playboy a punto de provocar una tragedia en el pelotón por hacerse un selfie, ay Dios.

Con todo ello (y mucho más), lo cierto es que tras completarse más de un tercio de Giro todos los favoritos mantenían sus opciones intactas. La maglia rosa, el líder de Quickstep, Bob Jungles, se mostraba pletórico y algunos empezábamos a pensar que podría ser un auténtico aspirante a la victoria, con su aspecto controlador, un pedaleo de los más fluido y un equipo al que todo le salía bien, completamente afinado.

Pero entonces llegó la novena etapa con final en el Blockhause (un puerto temible), y una especie de sentimiento general flotando en el ambiente: después de una montaña así unos cuantos gallos abandonarían la pelea. Lo que nadie podía sospechar antes de empezar el día era que un policía motorizado y penosamente estacionado (¿recuerdan al patrullero Mancuso?) acabaría de un plumazo con las opciones de un buen puñado de favoritos, Adam Yates y los dos líderes del Sky (Thomas y Landa), entre otros. Lo del Sky en el Giro no deja de sorprenderme; supongo que tiene que ver con el concepto de fascinación, que cuando es compartida resulta lo más parecido al verdadero amor que conozco. Para ganar el Giro (o cualquier otra carrera) se necesitan grandes dosis de talento, un equipo fuerte y una fe cercana a la devoción.

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La competición se parece mucho a la vida misma, toda llena de  azar y capricho. Por supuesto, el corredor tiene que poner mucho de su parte pero también necesita que la carretera le quiera, por decirlo de algún modo; como mínimo, necesita que le acepte; de lo contrario, acabará tirado en cualquier cuneta magullado y aturdido, como les pasó a Zakarin y Kriwikisy en la edición de 2016 y como le ha sucedido a medio Sky en esta centenaria edición. Sí, la fascinación debe ser mutua: de nada sirve que tú quieras ganar con todas tus fuerzas el Giro, si el Giro no te quiere a ti. Si entendemos el azar como un figura retórica, la relación del Sky y la ronda italiana resulta una historia digna de Shakespeare, o tal vez un Western: “No te quiero por aquí”, “Mándame a Froome o no vuelvas”.

La novena etapa, con su imponente puerto final, resultó el primer gran filtro de este Giro que en realidad, acaba de empezar. La criba continúo después del estúpido accidente a pie de puerto con el equipo Movistar poniendo a todos en fila india. Quintana pegó el hachazo final a siete de meta y dejó al resto de favoritos fuera de rueda (y a muchos abandonando sus opciones al Rosa en Milán). Entre ellos a Jungles, por la mañana impasible y  por la tarde con rostro de circunstancias, que cedió más de tres minutos en meta y toda la credibilidad de cara a una posible victoria final.

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Quintana, claro, fue el gran triunfador de la jornada; sin embargo, los líderes de equipo que pudieron aguantar en la distancia el ritmo del colombiano auguran muchísima batalla y un resto de Giro de lo más bonito; especialmente un fortísimo Tom Dumouline, aunque también el eterno aspirante Thibaut Pinot y (en menor medida) Bauke Mollema. Los tres se juntaron a regañadientes en un grupito perseguidor y llegaron a solo 24 segundos del nuevo líder, con todas las opciones intactas.

De Pinot ya se sabía que podía dar la talla en la exigencia de la montaña pero lo de Tom Dumouline (hasta ahora etiquetado como supercontrarrelojista que ‘se defiende’ en la montaña) ha dado mucho que hablar; el joven corredor holandés ha dejado a muchos con la boca abierta ante la forma de asaltar el Bockhause, con su marcheta de sígueme si puedes. El carraspeo general al verle pedalear los diez kilómetros finales fue subiendo de tono hasta que alguien dijo lo que casi todos pensaban:

“Oye, ¿éste no os recuerda al Navarro?”
-¿A quién?, ¿A Indurain?
-¿Pero es que hay otro Navarro?

El quinto hombre con opciones a vestirse de rosa en Milán es Nibali, que coronaba un minuto después de Quintana. El resto ya es historia. Así las cosas, de la primera semana del Giro salimos con un puñado de favoritos menos y con cuatro o cinco corredores dispuestos a pelear: Quintana, Dumouline, Pinot, Mollema y (por supuesto) Vincenzo Nibali. Que nadie dé por muerto al siciliano; al fin y al cabo, Nibali siempre ha sentido una devoción fanática hacía el Giro y lo cierto es que hasta la fecha, siempre ha sido más o menos correspondido. La caprichosa carrera también parece aceptar a Quintana (vencedor en 2014), aunque tal vez se acabe cansando de escucharle suspirar por el Tour a la que tiene oportunidad. Si yo fuese Nairo no dormiría tranquilo.