El Sheriff de Babilonia: principio y fin de la civilización

Por Adrián Esbilla

Tom King fue uno de los muchos americanos que vieron las torres caer y pensaron que debían hacer algo. Algunos, como el hoy actor Adam Driver, se alistaron en los Marines o en la armada, otros vieron la ocasión de regresar al terreno y se convirtieron en contratistas, otros más firmaron como agentes para la Inteligencia. King pasó siete años en la CIA y estuvo en Irak durante otra caída, la de Sadam. Una historia sucia, de manipulación, intereses cruzados, agendas personales y venganzas. El Sheriff de Babilonia también lo es.

No es una autobiografía, al menos no literal porque King no podría hacerlo. Sus acciones, sus recuerdos, están clasificados y pertenecen al gobierno norteamericano, pero sucede cuando estuvo allí, sucede entre los lugares en los que vivió, entre la gente que conoció y en las situaciones en las que trabajó. No es complaciente, no es patriótica, nos es triunfalista. Es, ya lo dije, una historia sucia. King es en parte Chris Henry, un policía de Florida que trabaja como contratista entrenado a la futura policía de Irak (hay que reconstruir, los americanos hemos venido a reconstruir, es uno de los irónicos motivos del tebeo), pero quizás sea también algo Bob, un oscuro operativo de Inteligencia que provoca caos y muerte mientras busca objetivos terroristas, o de Franklin, el espía amable e inofensivo que simula articular ese caos. En cierto modo King ya se había contado a sí mismo, su experiencia en el mundo, en Omega Men, un serie en doce capítulos que realizó para DC donde la guerra contra el terrorismo y Oriente Medido se simbolizaba en uno personajes y contexto espacial drenado de colorido y optimismo y transmutado en opresivo gris moral.

Chris no es tampoco ningún héroe, solo uno de esos americanos corrientes que quería hacer algo correcto, el bien, pero que ni sabe hacerlo, ni sabe si está bien. “Todo debería significar algo”, repite varías veces a lo largo de la historia. Nada lo hace, o tal vez sí pero no somos capaces de entenderlo. Las cosas llevan tanto tiempo boca abajo que ya nos parecen boca arriba. Chris es un cowboy. Un americano fuerte y formal. “Todos somos cowboys”, dice Sofía (o Saffiya), una activista iraquí-americana, suní, nieta de uno de los fundadores del partido Baaz ejecutado por Sadam junto a toda su familia. Sofía, despiadada y hermética, descubre su propio país en mitad de la destrucción, involucrada hasta el fondo en intrincadas lealtades personales y tribales. Irak, Bagdad, es un lugar por igual de nacimiento y de final donde civilizaciones y culturas colisionan: chiíes, suníes, cristianos, asirios, kurdos…americanos.

Otro de los personajes, el delegado kurdo que pone a Sofia en contacto con Franklin, habla de los americanos como de “los viejos dioses, los dioses anteriores a Mahoma” que han vuelto a Bagdad. Son a quien toca rezar hasta que el profeta vuelva para decirles a los iraquíes lo tontos que son. Un dios para cada cosa: la pistola, la bala, el misil, la ración…

18471605_1499886953418689_2053438082_nTras la narración están presentes los contratistas de Blackwater masacrados en Fallujah, las atrocidades de los soldados americanos, la portada del Time con George W. Bush vestido de piloto. Recordatorios constantes del fracaso, de la responsabilidad, de la incompetencia, de la arrogancia, de la avaricia

Pero son dioses que no saben, dioses que improvisan, que solo pretenden controlar sus los actos propios y ajenos. No hay método en esta locura, ni orden tras este caos. Nadie sabe nada. Nada significa nada. Su estructura de elementos aislados que desentierran la gran conspiración es en esencia relato policial clásico y retrotrae, por estructura/personajes a la serie de HBO True Detective. King no trata con personajes con verdadero poder, solo con aquellos que no tienen ninguno o solo uno relativo, capaz de mover pequeños mecanismo. Están envueltos en la gran historia que les pasa por encima. El fondo, la narración en segundo y tercer plano está punteado de esta gran historia: los contratistas de Blackwater masacrados en Fallujah, las atrocidades de los soldados americanos, la legendaria portada del Time Magazine con George W. Bush vestido de piloto… Recordatorios constantes del fracaso, de la responsabilidad, de la incompetencia, de la arrogancia, de la avaricia…

El otro protagonista es Nassir, un chií jefe de policía bajo Sadam. Experto torturador, estoico y arrepentido. Un superviviente duro como la misma tierra. Es el contrapunto. Chris está constantemente perplejo ante la diaria constatación de la inutilidad de su trabajo, del fracaso de su presencia en Bagdad; pero insiste en su ingenuidad, en su mirada recta y esta es la le lleva obstinadamente a perseguir el porqué del asesinato que pone en marcha la trama: uno de sus reclutas tirado en mitad de la calle, tiroteado. Un muerto más… ¿Cómo resolver un crimen dónde todo es un crimen?

Nassir, que empieza y acaba el tebeo asesinando, lleva su propia venganza por dentro. Es un hombre a quien han despojado de todo, sistemáticamente, con una crueldad de dioses. De algún modo siente que lo merece, que ese es su camino. Como solo sabe sobrevivir avanza. Su calma es lo que lo hace ingobernable. Mitch Gerads, el dibujante, le da un rostro formidable, como el de un viejo Teniente Blueberry, parte Belmondo, parte Bronson.

18492002_1499887376751980_1686346284_nFotorrealista, con rastros de Giroud y de Buch Guice, de disposición rigurosa sobre la página según la costumbre de Tom King, las áridas viñetas de Gerads están punteadas de cuadros en negro que resumen la violencia con un laconismo de impacto: Bang. Pow. Son parpadeos de violencia. Ya ha pasado. Inevitable. Sin vuelta atrás. King nunca se recrea en esa violencia que es brutal. No aparta los ojos de ella tampoco. Los muertos son muertos, pero en un contexto donde tal cosa se ha convertido en cotidianidad toda esa muerte tiene algo de desapasionado. La representación es seca, abrupta. La violencia moral es la que resulta más espantosa; la indiferencia no ante el acto efectivo de la violencia, sino ante su cocción, su planificación. La violencia como medio.

El Sheriff de Babilonia comienza y termina con capítulos gemelos y está lleno de paralelismos, repeticiones y elementos especulares según el gusto por la narrativa simétrica que Tom King practica con un estilo austero muy bien aprendido de Alan Moore. Aquí es incluso más sutil que en su excelente miniserie sobre Visión realizada en Marvel con el dibujante melillense Gabriel Hernández Walta. La estremecedora coherencia de las entregas 1 y 12, donde cada viñeta se corresponde a modo de brutal comentario que expone en su misma estructura la evolución de esos tres protagonistas, es el mejor ejemplo. El Sheriff de Babilonia acaba en el mismo punto en que empieza: con dos soldados quejándose por haber encontrado un cuerpo en la calle.