Zona autónoma. Price, 2017

Por Jorge Alonso

No hace mucho, viendo a Radiohead en la última edición del Primavera Sound, comentaba con un amigo que menuda canción había elegido nuestra generación como uno de sus himnos, Creep. Esa que dice «soy un desgraciado, soy un bicho raro ¿Qué diablos estoy haciendo aquí?». Una generación así, una en la que decidimos apuntarnos al mirar los zapatos, primero, soltar la franela, luego, aferrarnos al nihilismo y tomar la oscuridad a sorbos o grandes tragos, tenía que estar marcada por el realismo trágico de Nacho Vegas o por la tragedia mágica de Los Planetas. Algo bien alejado del positivismo Lesbianizaliano, en todo caso. Y así lo hicimos algunos. Y ha pasado el tiempo. Tanto que de lo de Radiohead ya hace un año, y de lo de Los Planetas veinticinco y tres semanas.

Cuando Planetas aparecieron gustaron porque sonaban a guiri, y eso es lo que contaba en aquel momento de echar abajo todo lo que oliera a movida o a pana, esas cosas, afortunadamente, se curan con el tiempo, pero antes de hacer algo nuevo ya se sabe que hay que cargarse lo anterior, aunque no sea viejo. Así que quienes optamos por cierto camino estuvimos negando o escuchando a escondidas a un montón de nombres que ya podemos reconocer abiertamente como nuestros y adoptando santos de allende los mares, Pixies, Husker Dü, Sonic Youth, o de algo más cerca, Nick Cave & The Bad Seeds o Einstürzende Neubaten, incluso patrios como Surfin´ Bichos, Cancer Moon o Corcobado, hasta que fueron apareciendo los luceros de nuestra generación, especialmente la conexión Gijón-Granada. De la de aquí ya hablaremos en otro momento, de la de allí estamos hablando, la Granada de los 091 o Lagartija Nick, la que había parido el inmenso Omega de la mano de Morente, Lorca, Cohen y la madre del cordero. Esa Granada nos trajo a unos Planetas que no solo sonaban guiri sino que además tenían esa actitud tirada (y bastante insoportable) a lo Jesus & Mary Chains, que si ella toca de espaldas, que si hago la entrevista pero que se me note que paso de todo, cuando Radio3 y Rock De Lux apostaron fuerte por la escena fresca que conocemos como Indie, ellos venían con las canciones pop perfectas del momento. Tal vez “Qué puedo hacer” sea el primer éxito del nuevo orden, tal vez ahora resulte incomprensible que discutiéramos en barras y baños si decían “Asador” o “Amador“, por si apareces. Pero ya estaban allí.

La verdad es que resulta curioso que el buque insignia del rollo alternativo estuviera amparado mayormente por RCA, o lo que es lo mismo, BMG, o lo que es lo mismo, Sony, pero no se les pueden negar los riesgos que asumieron en su momento. Por ejemplo, con el Pop, disco gracias al que ampliaron público y buenas críticas, pero mosquearon bastante a los despachos. De hecho el siguiente, Una semana en el motor de un autobús, era una moneda al aire. Si salía cara la primavera avanzaba, si venía cruz a buscarse otra casa, que por otro lado tampoco era mucho problema para los chavales. Como en todos los grandes discos salieron ambas, pero con “Segundo premio“, que Jota dedicó a Floren, por mucho que lo usemos como el himno generacional despechado definitivo, “Desaparecer“, “La Playa” o “Cumpleaños total“, además de “Toxicosmos” o “La copa de Europa“, que básicamente filtraban el momento en el que las drogas dejan de ser recreativas y se convierten en cadenas, doradas, ligeras, pero cadenas, la baza era ganadora. De ahí en adelante no hubo discusión, y menos con discos tremendos del calibre de Unidad de desplazamiento, Encuentros con entidades o Los Planetas contra la ley de la gravedad, y menos todavía cuando cambiaron el paso y sumaron a su propuesta popera independiente la tradición flamenca y les salió La leyenda del espacio, nada menos.

Con todo, los conciertos irregulares, no son muy de tocar y cuando trascienden sus cachés se produce cierto prejuicio, sus declaraciones, hace poco Jota dijo que habían acabado con la industria y el capitalismo ellos solitos, y las adhesiones inquebrantables desde ciertos medios de comunicación, les convirtieron en unos dinosaurios a escala que empezaba a molestar e incluso amagar con ser un jarrón chino al que sacar brillo de tanto en tanto. Alguno pedía que no sacaran más discos y se dedicaran al revival. Y en esto se descolgaron con la Zona temporalmente autónoma, precedida por un single planetario perfecto, “Espíritu olímpico“, y una de las mejores canciones de su carrera, la inmensa “Islamabad” (sí esa en la que hay guiño al Trap, que hasta comparte single en Jabalina con Yung Beef) y la fresquita “Porque me lo digas tú“, un disco que ha supuesto un nuevo hito en la carrera de la banda y que ha levantado pasiones dormidas de un lado u otro, aunque mayormente del lado de los elogios y las pasiones renovadas.

Cuando anunciaron gira, y por gira nos referimos a una decena cortita de conciertos, subió la temperatura de los cuarentones y cuarentonas, y de la nueva generación de fans que se han unido al carro Planetas, sea por contagio filial o vía internet, que decidieron aprovechar la oportunidad de verles en sala y no en medio de un festival o las fiestas de alguna ciudad enrollada. Servidor pudo acercarse al Circo Prize y comprobar in situ que durante la primera hora apetece subirse al escenario y menear por los hombros a Jota, o a cualquiera de los miembros de la banda, excepto Eric (el mejor baterista o uno de los mejores que jamás haya tomado las baquetas por estos lares), ahí desplegaron su psicodelia aflamencada con maestría pero desidia, y con todo el público, que había abarrotado la sala, agotando las entradas en horas, estaba mayoritariamente entusiasmado. Solo faltaba que ellos, Los Planetas, se metieran en el concierto, pero pasaba el tiempo y no se animaban a ello, probablemente porque el sonido no estaba ayudando gran cosa. Y en esto, salió Soleá Morente.

Es cierto que la cantaora no acabó de encajar con Jota, porque puede que faltara engrasar la colaboración y ella canta como canta y él hace lo que hace, pero valió para que el líder galáctico se metiera del todo en el evento, y con eso y la aparición a continuación de La bien querida, que sí encajó perfectamente con la voz y con el grupo, ya estaba todo bien preparado para tomar altura, con ellas sonaron “Una cruz a cuestas“, “No sé cómo te atreves” y “Espíritu olímpico“, a partir de ahí el repertorio se fue llenando de clásicos y de las perlas del nuevo álbum, clásicos en los que triunfaban las referencias al desamor y a las drogas, y esto resulta tan significativo como, en cierto modo, escalofriante (cuándo una pareja canta abrazada por la cintura «Jose y yo sólo somos enfermos, pero es que nunca tuve una enfermedad más dulce, así que por ahora seguiremos» y luego se besan ¿saben lo que cantan?), sonó todo, sonó “De Viaje“, sonó “Pesadilla en el parque de atracciones”, sonó la excelsa “Corrientes circulares por el tiempo“, la preciosa “Amanecer“, y sobre todo, hubo uno de esos momentos que justifican las horas de autobús, la soledad, el peaje que has pagado para llegar hasta allí y entender y sufrir en la propia carne y la vida real lo que es transitar por esas canciones, uno de esos momentos en los que piensas “es aquí, es ahora”, uno de esos en los que no importan las colas del baño o de la barra. Salieron en su segundo bis y bordaron “Islamabad“, y cuando uno sentía que acababa de ver un concierto realmente maravilloso, con los últimos acordes de la anterior sonó el trueno de Eric para atropellarnos con “Segundo Premio” y dejarnos desgañitar sin cinismo, dejarnos incluso sentir un temblor en el ojo al recordar lo que los dos podíamos hacer. Fue bueno vivir temporalmente en la zona autónoma, tal vez incluso mereció la pena.