Escritor: profesión de riesgo

Por Rubén Paniceres

La reciente cinta, Un ciudadano ilustre, es un interesante análisis de la complejidad de las relaciones, en ocasiones peligrosas, entre el escritor y la comunidad. La película de los cineastas argentinos Mariano Cohn y Gastón Duprat nos sirve de punto de partida para reflexionar sobre la evaluación ambivalente del creador literario, visto como benefactor o villano según la diversa naturaleza de las circunstancias.

En el film, Un escritor argentino, Daniel Mantovani es galardonado con el premio Nobel. En su discurso en Estocolmo, afirma sentirse halagado, pero también decepcionado. Según la concepción de Mantovani, el escritor debe ser  la conciencia moral de la humanidad,  la mirada crítica y transgresora hacia las contradicciones de la sociedad.  Por ello cuando dicha sociedad le colma de laureles, el autor pierde sus atributos, digerido por academias, especialistas en literatura y reyes (a los que Mantovani, escritor progresista, nunca ha votado).

Hay una faceta aurea del creador literario, que lo reviste como una suerte de campeón de los valores éticos. La voz de los que no tienen voz. El fustigador de los vicios  e injusticias del poder y las clases privilegiadas. Nos vienen a la memoria algunos nombres. El sardónico Voltaire infatigable polemista contra la intolerancia. Francisco de Quevedo haciendo honor a sus propios versos.: «No he de callar, por más que con el dedo/ ya tocando la boca o ya la frente/ silencio avises o amenaces miedo», enfrentándose al conde duque de Olivares en un panfleto que le costó la reclusión durante los últimos años de su vida. Emilio Zola y su histórico manifiesto: Yo, acuso. Un George Orwell, combatiente por la causa de la república española y autor posteriormente de la mejor denuncia  jamás escrita del totalitarismo y obra maestra de la literatura del siglo XX: 1984.

Voltair, Quevedo, Neruda y Orwell

Pero como diría Eugenio D´Ors, esto está demasiado claro y deberíamos oscurecerlo un poco. Quevedo  era también  alguien a quien podríamos estimar según las orejeras de la actualidad como políticamente incorrecto. Un individuo racista, sexista y violento, muy lejos del modelo para nuestros escolares. Zola en su loable defensa del militar Dreyfuss dio muestras de un exhibicionismo narcisista, al que delata, ese prepotente Yo, con mayúscula, que encabeza el panfleto. Algunos biógrafos de Orwell sostienen que fue manipulado por su esposa, que era a la sazón agente de la CIA. Y en cuanto a Voltaire, este siempre cultivó el mecenazgo de las testas coronadas de su época, reyes y reinas absolutistas a los que nadie había votado. Recordemos también a Pablo Neruda, escribiendo poemas en honor a Stalin, cuyas purgas fueron disculpadas, nada más y nada menos, que por Bertolt Bretch. Luego, parafraseando a Herbert Read, el genio artístico no es siempre fiable desde un plano ético. Notables escritores como Knut Hamsun, Céline, o Ezra Pound  se vieron seducidos, hasta el nivel de la infamia, por el fascismo. Otros como Yukio Mishima quisieron llevar a la práctica las hazañas de sus personajes y devinieron en suicidas terroristas de pacotilla, mientras que autores humanistas y liberales como Stefan Zweig o Arthur Koestler, lograron convencer de manera vampírica a sus respectivas parejas para que se suicidaran conjuntamente con ellos.

Y es que el autor debe ser valorado no por sus intenciones, ni por su vida personal o publica, sino por su obra escrita. Donde se asienta la verdadera razón de su valor para la posteridad, pero también la raíz del conflicto con su entorno.

Apollinaire, Mishima, Celine y Zola

Un enemigo del pueblo

En el film de Cohn y Duprat, Mantovani regresa a su localidad de nacimiento, un modesto pueblecito, escenario dramático de todas sus narraciones, para recibir el homenaje de sus paisanos. Si inicialmente todo son muestras de meloso reconocimiento, poco a poco se irá destapando el resentimiento y el odio, hasta niveles homicidas, de sus  conciudadanos.  A los que  su obra literaria, por un lado llena de orgullo (después de todo los ha puesto en el mapa), pero por otro, de cólera, ya que las novelas de Mantovani son la ilustración de todo lo podrido y corrupto  que ha habido en la villa a lo largo de su historia.  Y es que el escritor puede ser visto como un veneno para la población, como un elemento disolvente para la convivencia. Otro Nobel, este real, John Steinbeck, vio como sus obras eran recibidas con hostilidad en los estados de la América profunda y durante años procuró evitar alojarse solo en hoteles de las ciudades del sur, para no encontrarse con un menor desnuda y una acusación por estupro.

Gustave Flaubert que en Madame Bovary, quiso, entre otras cosas, denunciar el poder malsano de los folletines románticos, culpables de alienar a su protagonista, se vio en la paradoja de ser llevado a juicio, por escribir una obra que hacía apología de la inmoralidad como ejemplo a seguir. La literatura puede ser un arma, no sabemos si cargada de futuro, pero sí de tóxico presente. Recordar lo amante del insulto y la ofensa a sus conocidos que era el poeta Catulo. Lo temidos que eran en el Renacimiento los libelos de Pietro Aretino. O que el dramaturgo August Strindberg, amenazaba a sus  enemigos con introducirles como personajes en sus piezas teatrales. Además, a los filisteos militantes la sola existencia de la obra literaria parece producirles sarpullidos. Eso lo supo ver muy bien Apollinaire en su deliciosa sátira El  poeta asesinado, en la cual la poesía es prohibida y los vates perseguidos e incluso exterminados, porque los premios líricos están arruinando la economía de los países y llevándolos a la molicie y la vagancia subvencionada. Opinión esta que no sabemos si compartiría Platón, que propugnó que la republica ideal debería expulsar al mismísimo Homero de la polis. Claro que los problemas de los escritores con  sus lectores, la inmensa mayoría de las veces, son culpa de estos que no de aquellos. El autor se ve reducido a nivel de objeto por parte del público, que le destruye cuando no sigue el guion establecido. Como expone Stephen King en Misery, donde un autor de romances es secuestrado y lisiado por una fan fatal. La culpa, pues, como diría Shakespeare no es de las estrellas (los escritores) sino de nosotros porque somos viles.

Un gran libro es un gran mal

Roland Barthes afirmaba que la autoría de un texto es una especie de mecanismo de seguridad que otorga al escrito un responsable y, no menos importante, un significado último que lo clausura. El escritor es así, una especie de demiurgo todopoderoso como lo es el Miguel de Unamuno de Niebla, que dialoga con su personaje Augusto Pérez como si fuera un Dios del Antiguo Testamento, negándole el libre albedrío y dictando su triste destino. Pero, ¿ no es cierto que, a diferencia de lo que sostienen Barthes y Unamuno, el texto literario puede ser un ente autosuficiente que se escapa a las intenciones de su autor?. La publicación de Werther produjo una epidemia de suicidios en la juventud europea. Hecho, que es seguro, no buscaba Goethe. Análogamente, quien le iba a decir a J.D. Salinger, que los psiquiatras que trataron a Chapman, el asesino de John Lennon, tratarían de justificar la conducta del homicida como fruto de la lectura de El guardián en el centeno. Un compañero de universidad me confesó que fumó un porro por primera vez después de leer Los paraísos artificiales. Curiosamente, en dicha obra Baudelaire arremete con virulencia contra el hachís como un veneno que destruye la voluntad y hace un esclavo del ser humano.

La visión del literato no siempre coincide con la percepción del lector. Y a veces el escritor desmiente sus propias palabras, como ocurre en Un ciudadano ilustre, donde Mantovani se contradice ante una admiradora expresando una opinión contraria a lo que el mismo escribió en uno de sus libros. El texto puede llegar a tener una vida propia que supera y ningunea a su autor. Esta es la tesis de Pierre Bayard en El caso del perro de los Baskerville. Divertido ensayo, que pretende demostrar que Conan Doyle se equivocaba en la identificación del criminal de su novela El perro de los Baskerville, por fiarse en exceso de su creación Sherlock Holmes, que no siempre, como en el caso citado, era infalible. Y es que los personajes pueden ser más poderosos que los autores. El mismo Unamuno llego a escribir que Don Quijote y Sancho eran más reales que Cervantes. Igualmente Sherlock Holmes lo es que su creador. Como prueba la ingente cantidad de novelas del genial detective escritas por otros autores.

Pero sin control, el texto literario puede ser una bestia salvaje, que devore el universo como el lobo Fenris del Ocaso de los Dioses. Julio Cortázar en Historias de cronopios y de famas, profetiza un futuro en el que la publicación masiva de libros, que nadie lee, lleva al mundo a la entropía. Mientras que Borges en  Tlon, Uqbar y Orbis Tertius describe como un texto apócrifo, terminara suplantando la historia, el lenguaje y la realidad conocidas para imponer un universo imaginario sustentado en la falsificación  de los orígenes y una cultura fantaseada.

Y ya que empezamos hablando de cine, terminar con una estupenda película de John Carpenter, En la boca del miedo. En la que la obra de un escritor de ficciones terroríficas causa tal adicción en el planeta que lleva al orbe a la locura y al apocalipsis. En resumen Los libros pueden trastornar a sus lectores como a Don Quijote, Emma Bovary, o al psicótico sinólogo de Auto de Fe de Elías Canetti, que comete el error de creer que los libros son unos compañeros fieles que pueden sustituir a la vida. Pero, eso es porque los lectores tenemos unas carencias que nos hacen ver fuego donde ni siquiera hay humo. Los escritores no son seres perfectos ni amenazas peligrosas. Son los hacedores de las ideas, las emociones, la aventura, el sueño o la pesadilla, que nos sirven de catarsis. Aquellos que en palabras de Cortázar, nos dan fuerzas para ablandar el ladrillo, día a día. Y por ello, son, o deberían ser,  considerados ciudadanos ilustres.