La atracción del hedor

Por Pablo García Guerrero

«Hoy más que nunca, Francia es el país donde se da la concordancia entre las intenciones de la Bolsa, de los judíos, que son sus animadores, y los deseos de la dirección del Estado, nacional y chauvinista. […] Este pueblo que cada vez abre más sus puertas al ennegrecimiento representa una amenaza permanente a la existencia de la raza blanca en Europa por el hecho de su identificación con los objetivos de la hegemonía mundial judía», proclamaba Hitler, citado por Wilhelm Reich en La psicología de masas del fascismo, señalando los tres miedos principales sobre los que la ideología nazi asienta su discurso: corrupción de la raza, pérdida de la independencia nacional y dominio del país por parte de las élites financieras [judías].

Reducidas a su esencia italo-germana, las bravatas con las que Marine Le Pen ha convencido a nueve millones de franceses se resumen en que Francia está dominada por unas élites antipatriotas y mundializadas que abren las fronteras a millones de extranjeros, que imponen sus costumbres y religiones, desnaturalizan el ser nacional y son utilizados como mano de obra barata por esas mismas élites, mientras que el milenario pueblo francés asiste al languidecimiento de la nación tal como siempre ha existido.

Sometidas sus bravatas por el caritativo discurso socialdemócrata de Emmanuel Macron y reducidas su virulencia, su agresividad y su perfidia por la presión de la campaña, no quedó de su proyecto en el debate del miércoles entre los dos candidatos más que ese concentrado de repulsión y odio, ese hedor germano inherente al Frente Nacional que torticeramente lleva ocultando desde hace años, arropada por los medios de comunicación e impulsada por el fracaso social del liberalismo, pero que a duras penas pudo contener durante las dos horas de emisión.

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Alterada, nerviosa, sin el más mínimo dominio de los temas abordados, con una sonrisa espeluznante atravesándole la cara cada vez que se veía en dificultades, Marine Le Pen atacó a Macron por banquero (las élites), por rapsoda de la mundialización (independencia nacional) y por compadre de los islamistas (inmigración, terrorismo, pérdida de la francesidad). Se obcecó en ataques personales, insinuó que Macron tenía cuentas en paraísos fiscales, se perdió con las fotocopias, se armó un lío con el euro, el ecu y el franco, y terminó preguntándole a Macron a quién pondría de primer ministro (dándose, pues, por perdedora), mientras giraba sobre sí misma en la silla con la cicatriz de su sonrisa enterrando sus opciones de ganar las elecciones. Macron acusó los golpes al principio, y luego fue imponiendo su discurso, explicando que el país necesita reformas, cordialidad y libertad para las empresas, y que la paz y el bienestar viven felices en el seno de una Europa responsable y protectora.

La rapidez y la facilidad con las que cayó la máscara que cubría a Marine Le Pen suponen la demostración de que la extrema derecha es derrotable con el uso de la razón, pero que ha sido precisamente el recurso a lo irracional propio del fascismo la herramienta utilizada durante esta crisis para atraer a unas clases media y trabajadora martirizadas por la retórica tecnócrata y la competencia animal por la supervivencia. Se extiende entre esas víctimas la atracción psicológica del fascismo con la simplicidad intelectual de su mensaje, la identificación física de un enemigo, sus soluciones quirúrgicas y su «fraseología revolucionaria», que dejan aturdidos a varios millones de votantes hermanados, ochenta años después, con los que Reich identificó durante la Alemania nazi: «Los tránsfugas de la socialdemocracia y de los partidos liberales de centro, llegados al nacionalsocialismo, pertenecían sin excepción a las masas revolucionarias que antes formaran parte del grupo de los apolíticos y los indecisos».

El dilema último y cruel que se plantea el domingo es, pues, permitir la llegada al poder del fascismo o seguir apuntalando la democracia liberal cinco años más. Un debate como el del miércoles puede haber condenado las ambiciones de Marine Le Pen, pero el hedor de su ideología seguirá impregnando y pudriendo la vida política francesa en el futuro. Ayer, en un acto en Bretaña, le tiraron huevos. A Macron, antes de un mitin, se contentaron con abuchearlo.