EL DESEMBARCO EXTRANJERO EN LA CORSA ROSA

Por Dani Permuy

En unas horas comienza un nuevo Giro de Italia, la Corsa Rosa, tal como lo llaman por allí. ¿Que qué significa corsa?: corsa quiere decir “raza” (suponemos que habrá quien por fin entienda el terrible carácter de los corsos, o al menos lo adecuado de su toponimia). Claro que corsa también significa “carrera”, y en realidad el Giro de Italia tiene mucho de ambas acepciones.

Sí, la nueva edición del Giro, ya centenario, empieza hoy y lo hace, precisamente, en la isla vecina de Córcega; serán tres días de esos que llaman para sprinters, en los que el pelotón recorrerá media Cerdeña y en los que habrá muy  poco que ganar para casi todos y mucho que perder para los equipos y corredores que viajan a Italia con objetivos serios. Ya se sabe que ningún ciclista gana una gran vuelta en la primera semana, pero algunos sí que la pierden. Después de esas tres primeras etapas de contacto y llanas, llega un primer día de descanso en el que el pelotón volará a la legendaria Sicilia. En la cuarta etapa (martes 9 de Mayo) aparece por primera vez la montaña, que estará muy presente en todo el recorrido, con un final en la cima del cono volcánico del monte Etna.

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Desde hace unos pocos años, la ronda italiana ha sumado dos novedades que para algunos aficionados mejoran el espectáculo y para otros (seguramente los más puristas) sencillamente sobran.  La primera es hacer tres jornadas de descanso (en vez de las dos tradicionales). Este hecho, bastante insólito, hace que el Giro empiece de viernes para poder finalizarlo en domingo, ¡amén!. La segunda novedad es mucho más relevante y consiste en hacer terminar la carrera con una etapa contrarreloj (que en esta ocasión transcurrirá por las calles de Milán). Particularmente, siempre defenderé para las tres grandes vueltas la forma, ciertamente tediosa, de una última etapa en ‘modo cicloturista’. No deja de ser una buena forma de acabar: un epílogo en el que el vencedor aparece brindando con champán, o lambrusco, encima de la bicicleta; los ciclistas charlan relajados y sonríen a cámara y algún sprinter caza-fortunas (que aguantó el palizón de Los Alpes sin retirarse) saborea un pedazo de gloria. Cambiar este formato (reconozcámoslo, un tanto excéntrico) por una contrarreloj final de 30 Kilómetros puede que tenga, comercialmente hablando, todo el sentido del mundo pero en el fondo resulta un auténtico desastre. Los aficionados ciclistas tienen motivos que la razón desconoce.

Al margen de estos pequeños/grandes detalles, lo cierto es que empieza un Giro  espectacular que, sin duda, superará en emoción y acontecimientos a cualquier otra carrera ciclista del calendario mundial y en el que encontraremos muchísima exigencia (¡hasta diez etapas de montaña!!) y un buen puñado de corredores con verdaderas opciones de victoria. Aquí van algunos: el colombiano Nairo Quintana (sin duda, el gran favorito), el holandés de apellido impronunciable Steven Kruijswijk (que estará con ganas de revancha después de quedarse a las puertas del rosa en 2016), el joven portento Tom Dumouline (¿podrá responder ante tanta montaña?), otro joven talento más: Adam Yates; dos compañeros de equipo que no se llevan precisamente bien:  Mikel Landa & Geraint Thomas (¿quién de los dos acabará mandando en el equipo Sky?) e incluso el vencedor de la edición anterior, el siciliano Vincenzo Nibali, aunque nadie piensa realmente que Nibali pueda volver a ganar. El año pasado obró el milagro en el tramo final pero, entre otras cosas, lideraba al poderoso Astana. Este año estrena -literalmente- equipo: el Bahrain-Merida, toda una incógnita.

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Hay algunos corredores más dispuestos a dar la campanada. Ninguno es italiano. Esto es lo verdaderamente llamativo del grupo de favoritos: que todos -salvo Nibali- son extranjeros. Este hecho resulta de lo más extraño porque si por algo se caracteriza la Corsa Rosa (con pocas excepciones que confirman la regla) es por su facilidad para aupar a lo más alto a los ciclistas italianos y dejar caer a los foráneos. A diferencia del Tour, el Giro siempre ha mirado hacia dentro más que hacia fuera. Los tifossi, el pelotón e incluso la propia organización de la carrera han favorecido siempre a los corredores locales (en ocasiones de un modo escandaloso). Solo hay que comparar el número de podios de ciclistas italianos en el Giro (más de doscientos) con el de ciclistas franceses en el del Tour (menos de cien) para ilustrar este localismo.  Así es la Corsa Rosa, una carrera de raza (preferiblemente italiana) en la que, como sucede con el tiempo en primavera, cualquier cosa puede ocurrir.