Roco Vargas o las nuevas formas de la aventura

Por Rubén Paniceres

Durante la edad dorada de la historieta de aventuras –el período que abarcó los años 30 y 50 del pasado siglo-, autores clásicos como Hal Foster (Tarzán, Príncipe Valiente), Lee Falk (Mandrake el Mago,El hombre Enmascarado) o Edgar P. Jacobs (Blake y Mortimer), se dedicaban a facturar universos exóticos y narraciones en las que predominaba la fantasía más desbordada. Con una estructura iterativa, contando tramas análogas una y otra vez, satisfacían el escapismo de unos lectores que deseaban sentirse cómodos en un escenario que, superficialmente, no cambiaba con los años. Esto era más reflejo de la evasión del público que de los propios narradores, los cuales estaban más encontacto con su época de lo que parecía, siendo el exponente más claro el soberbio Tintín de Hergé, obra en la que se hace un repaso a los momentos estelares del siglo XX.

Pero lo cierto es que el modelo tradicional acusaba un agotamiento en los años 60 y fruto de ello es la aparición de autores mucho más en sintonía con las crisis políticas y las evoluciones culturales de los tiempos modernos. La colección de álbumes editada por Bonelli entre 1976 y 1980, Un hombre, una aventura, que contó con la participación, entre otros, de artistas como Battaglia, Toppi, Micheluzzi, Crepax, Berardi & Milazzo o los españoles Fernando Fernández y Enric Sio,  era un exponente claro de los cambios en el comic de aventuras, manifestando cuestiones como el colonialismo y las luchas de los pueblos por su autodeterminación; el desencanto por el fracaso de las revoluciones; o la mirada crítica hacia la propia figura del héroe enjuiciado con sus limitaciones, cuando no con sus lacras. Precisamente, uno de los participantes en la serie, Hugo Pratt, había creado en el significativo 1968, en La balada del mar Salado, al marino errante Corto Maltés. Hito de la historieta de aventuras en la que convivía el gusto por el esoterismo junto con un compromiso –tamizado por cierto escepticismo- con los idearios de las corrientes de izquierda. Asimismo, Pierre Christin y Enki Bilal con su saga Las leyendas de Hoy (1974/83) afrontaban las problemáticas más candentes de los 70 y primeros 80, tanto en su vertiente social, política como incluso mitológica, elaborando una obra compleja en la que se retrataba acontecimientos como la herencia espiritual de la Guerra Civil española, el ecologismo, la autogestión obrera, el renacer del pensamiento mágico o la corrupción de la utopía soviética. Además, tenía la particularidad de ser un relato sin figura heroica fija. Al mismo tiempo, Milo Manara en H. P y Giuseppe Bergman (1978), reflexionaba sobre el conflicto entre la aventura imaginada versus las adversas circunstancias del mundo contemporáneo.

Daniel Torres: Rocco Vargas viaja de nuevo

Todo este tsunami de revisiones, desmitificaciones y rupturas desencadenó –como suele suceder en la cultura popular- un movimiento de reacción. La década de los 80 alumbró el movimiento de la llamada nueva línea clara en la que un grupo de talentosos grafistas franco belgas como Yves Chaland, Serge Clerc, Floch, Goffin, Ted Benoit, seguían la impronta de la escuela de Hergé. Asumiendo la limpieza del trazo, los colores planos y la vocación de contar una historia de aventuras sin más, carente de coartadas ideológicas o transgresoras.

http://www.elpunt.cat
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En dicho contexto eclosiona el artista valenciano Daniel Torres con su serie Las aventuras siderales de Roco Vargas, cuya primera entrega, Tritón, se ofreció en episodios en la revista Cairo en 1983. La acción se ambientaba en unos alternativos años 80, donde los diferentes planetas del sistema solar eran un reflejo de la política de bloques de la Guerra Fría. El carácter central era Armando Mistral un escribidor de naifs novelas de Ciencia Ficción. Este ocultaba un pasado,con una identidad diferente, un pionero de los viajes espaciales, el cosmonauta Roco Vargas, quien, decepcionado por no poder conquistar la última frontera de las estrellas, optaba por una vida sedentaria donde la aventura era soñada-recreada en forma de ficción literaria- en vez de vivida. Pero los acontecimientos le obligaban a enfrentarse a figuras y vivencias de su pasado y recuperar su faceta de héroe galáctico.

La colección, que se prolongó en títulos como El misterio del susurro (1985) y Saxxon ( 1986 ), destacaba tanto por su estilizada imaginería como por su elección narrativa. Formalmente la serie retrataba un universo futurista que asemejaba a una década de los 50 adornada de una estética art decó y un grafismo en el que, a las influencias de la aludida línea clara, se unían citas al Flash Gordon de Alex Raymond, Terry y los piratas de Milton Caniff o el vigor cinético de los comic books de Jack Kirby. La acción era luminosa y carente de turbiedades con hombres apolíneos, mujeres fascinantes y secundarios y villanos extravagantes. Todo ello, haciendo del diseño y la pose una unidad de estilo.

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El comic de Torres devenía en el cultivo de la nostalgia por épocas más inocentes, una búsqueda de la infancia recuperada- parafraseando a Fernando Savater– cuando el “arrebato” de una simple historia aún tenía sentido y significado. Pero la inocencia como la virginidad, una vez que se pierde, no hay Celestina que la remiende. En el contexto del comic mundial a finales de los 80 y principios de los 90, autores como Frank Miller, Alan Moore, Kurt Busiek o Alex Ross agiornaron a personajes tan estereotipados como los superhéroes revelando que detrás de las máscaras se ocultaban toda una galería de psicopatologías de la vida cotidiana, sugiriendo que un mundo sin guardianes todopoderosos, que corrían el peligro de ser y hacer víctimas de la tentación dictatorial, sería, posiblemente, un mundo mejor. Es decir era otra constatación del ocaso de la aventura convencional.

Tal vez por ello, el revival vintage de Roco Vargas se vio afectado y enriquecido con mayores ambiciones que la de suministrar meramente un agradable entretenimiento. La estrella lejana (1987) nos presentaba a Armando Mistral aceptando su real identidad de Roco Vargas y narrándonos sus orígenes. La historia era un amargo mosaico de ilusiones perdidas, de amigos del pasado transmutados en enemigos del futuro, de la verificación de la entraña genocida del “progreso de la civilización” y de los límites de la ciencia del hombre, el cual, a diferencia de la opinión del sofista, no es la medida de todas las cosas.

“Sólo cuando escribo el mundo existe

En los años sucesivos el dibujante se implicará en múltiples proyectos: ilustración, libros infantiles, animación y otros comics como el díptico de El octavo día(1992/96). Antología de parábolas que se cuentan Dios y el Diablo, en la que se revisan casi todos los géneros narrativos .Posiblemente, la mejor obra de Torres. Por ello tardara en retomar a Roco Vargas hasta el año 2000 en que publica El bosque oscuro. Tanto en este álbum como en los siguientes –El juego de los dioses (2004), Paseando conmonstruos (2005), La balada de Dry Martini(2006)-; la serie abordará los desafíos que al milenio aportan las nuevas tecnologías. La inteligencia artificial o los replicantes entre Philip K. Dick e Isaac Asimov, serán los ejes de la narración. Pero el revés de la trama lo constituye la exploración de Roco en los arcanos de su memoria, interiorizando que su yo verdadero es Armando Mistral, el escritor, porque en sus propias palabras: “Escribo, porque sólo cuando lo hago el mundo existe .Y yo con él”. Así, el agón entre la imaginación y su choque con la realidad se resuelve en el campo de la creación. La aventura fabulada, es imprescindible para el ser humano, porque, en palabras de Chesterton, la ficción es una necesidad, y la narración de hechos fabulosos, como defendieron Jung o Joseph Campbell, es esencial a toda cultura.

Javier Urra

Sin embargo el problema de cómo seguir narrando la aventura, cuando el paso del tiempo la va convirtiendo en un juguete obsoleto, sigue sin resolver. Daniel Torres esboza una alternativa en la última entrega, hasta la fecha, de la serie, Júpiter. La trama rehúye el canon aristotélico con su rígidoplanteamiento/nudo/desenlace. Torres delinea un poema cosmogónico, con páginas de fascinante belleza plástica, donde asistimos a un nuevo escenario: El planeta Júpiter. Un orbe, tan enigmático como el Solaris de Stanislaw Lem, en continua evolución y transformación. Una especie de Aleph borgesiano, punto de intersección y de fuga donde convergen y divergen todas las épocas y universos conocidos y por conocer. Ese misterioso ecosistema, apoteosis liquida y vegetal que parece reemplazar a la realidad reconocible esconde una serie de connotaciones sobre el personaje de Roco Vargas y su entorno. Roco vuelve a explorar sus orígenes y la memoria tanto individual como histórica (una constante en la saga) y obtiene una inaugural revelación. Su trayectoria vital es solo un “paso más” en los posibles caminos que se pueden recorrer.

La historia tanto la del individuo como la de la humanidad no es un gran relato (en el sentido que podría darle un pensador como Lyotard), un proceso lineal que llegara su final en un desconocido futuro. Sino una alteración perenne, sin significados absolutos, puesto que estos pueden ser múltiples y abiertos a la interrogación. No hay una historia única, un modelo narrativo ontológico, sino una panoplia de historias que esperan ser desarrolladas/contadas. Como se ilustra en la viñeta final del álbum, en la que la que la astronave que Roco pilotó en su juventud, La estrella lejana, se dirige con este a los mandos a un ciclópeo árbol primordial. Metáfora de un nuevo comienzo plural y diverso, eterno retorno a la semilla inmortal de la fábula. El universo de la aventura, pues, no ha muerto, solo está mutando,y será muy interesante ver cuáles serán sus próximos avatares en Las aventuras siderales de Roco Vargas.