Una campaña de cinco años

Por Pablo García Guerrero

La elección para la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Emmanuel Macron y Marine Le Pen plantea un dilema político que la realidad política francesa ha convertido en ineludible: impedir o no el ascenso al poder de la ultraderecha

Como en Nochevieja, los resultados electorales se conocen en Francia con una cuenta atrás. Diez, nueve, ocho, siete… Las televisiones, se entiende, tienen los resultados varios minutos antes, un misterio, y en los bares los discretos ciudadanos se abalanzan a la barra para no perderse el segundo de gloria en que aparecerán los nombres de los ganadores. Dos fotografías, dos porcentajes de voto, infografías, colores, luces, la política convertida en un espectáculo audiovisual que no tiene la emoción de las noches electorales españolas, con ese goteo sibilino de datos del Ministerio de Gobernación: se pasa aquí de la ansiedad a la desilusión en unos segundos, mientras la derrota te va flagelando en España durante horas, o hasta que llega el voto emigrante la semana que viene, Javier.
A las ocho de la tarde, hora hexagonal, pues, Macron y Le Pen salieron en las pantallas como estaba previsto, y en el bar del barrio que votó a otro candidato no hubo gritos ni insultos porque entre ciertos votantes la derrota viene asumida desde la cuna. El resto de la velada se pierde en esperar el recuento, que no suele contradecir las extrapolaciones de votos con las que se hacen las infografías, y en ver desfilar a políticos y tertulianos por las mismas mesas por las que ya han estado todo el día haciendo pronósticos equivocados. Se conecta con la sede del partido, se escucha primero a los perdedores y se apunta para quién de los dos de arriba piden el voto. El ir y venir a la barra se ralentiza. Dos lugareños de chándal PSG y pelo al uno entran, ven que no están poniendo el fútbol y se van. Los demás apuran la cerveza y enfilan el catre. No hay gritos ni cánticos en la calle. El partido ha terminado. Social-liberalismo o ultraderecha. Podía haber sido peor…

Una decisión cruel

 

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Manifestación estudiantil en una plaza de París, el pasado miércoles. Fotografía de @alicefrsd.

 

Hace cinco años que se conoce este resultado. No el de Macron, claro, sino el de la ultraderecha en una segunda vuelta de las elecciones presidenciales, como ocurrió en 2002. Han sido cinco años de destrucción del proyecto socialista, de paro, de desindustrialización, de control de la deuda, de austeridad y de liberalismo light, cinco años de terrorismo y de acojone. Cinco años en los que el Frente Nacional ha monopolizado el debate político, ha ganado elecciones locales y regionales (barrido de su control en segundas vueltas) y ha adaptado su discurso para hacerlo digerible por un número cada vez mayor de franceses: patriotismo. Con las variantes, primero, de Sarkozy o de Hollande, y de Fillon o Mélenchon en los últimos meses, no hay elector en Francia que no supiera en realidad que tendría que elegir, de nuevo, entre Le Pen y otro. Cualquier persona mínimamente politizada tendría que haberse imaginado este «escenario», la ultraderecha a las puertas del Elíseo, y, en consecuencia, tendría que saber ya lo que va a hacer el domingo 7 de mayo. Más allá de desilusiones, vanas esperanzas y repetidos lamentos, la realidad política y social francesa lleva anunciando tozudamente desde hace un lustro lo que efectivamente ocurrió en la primera vuelta.

La decisión, para casi todos, está clara. Los principales partidos piden el voto para Macron: el Socialista, porque siempre fue su candidato; Los Republicanos, porque la base de su electorado no es tan ultramontana y porque el Frente Nacional les está comiendo el terreno; las televisiones, radios y periódicos, porque fueron ellos quienes lo crearon; los empresarios, porque con su beneplácito gobernará; Bruselas, Merkel, Obama, porque todo, con él, quedará como estaba. Pero también el Partido Comunista, L’Humanité y los sindicatos han tomado una decisión: impedir la victoria del fascismo, aunque para ello hayan tenido que maniobrar con delicadeza, y no piden «votar» a Macron, sino «impedir» la victoria de Le Pen.
Quien no ha aclarado su posición aún es Jean-Luc Mélenchon. En la noche electoral, se limitó a comentar los resultados, sin aceptarlos hasta que no fueran oficiales, y dejó en manos de una posterior consulta a sus bases la decisión de qué hacer en la segunda vuelta. Abandonó el estrado con la mala hostia de quien está a un paso de la victoria y ve que, enfrente, queda todo aquello contra lo que siempre ha luchado la izquierda: la banca y el fascio.
Los militantes de La Francia Insumisa, el movimiento político creado en torno a Mélenchon, debaten vivamente estos días. Ganan por ahora la abstención o el voto en blanco. En las plazas de la Bastilla o de la República, anarquistas prenden fuego a contenedores, estudiantes bloquean institutos y llaman a la huelga, «Ni Macron ni Le Pen», «Ni patria ni patrón», gritan. Sin embargo, a medida que pasen los días, el número de abstencionistas irá disminuyendo. Macron tranquilizará al electorado progresista, anunciará el mantenimiento del Estado social y dirá que Bruselas va a escuchar su mensaje de solidaridad: ayer, en un mitin, atacó a Le Pen gritando «¡No pasarán!». Al mismo tiempo, tratará de contentar a la derecha con menos impuestos, reformas, «modernización», disciplina: entrevistado en TF1, promete una nueva reforma laboral y tolerancia cero contra la delincuencia. Si se coloca bien de perfil, será presidente.
Para el resto, queda la batalla de las legislativas en junio. Más candidatos, más tertulias, más encuestas e infografías, más decepciones quizá, Roland Garros y una petanca en el canal Saint-Martin. Algún atentado, quién sabe.