Los aliados descubrieron 1985 y entonces llegaron The Smiths

Por Jorge Alonso

Ya había sido aquello del “colocarse” institucionalizado, ya andaba la izquierda mayoritaria palideciendo y licuándose en una modernidad vacía, estética y en muchas ocasiones efectista, eso que luego se ha dado en llamar postureo. Cuando los Smiths vinieron, Madrid era una fiesta, un estallido de colores que recordaba en ocasiones lo que Londres había sido diez años antes, un canto desaforado al aquí y ahora, un exceso del que se hacían eco los telediarios internacionales para demostrar que España había cambiado, que ya no estaba el dictador, que se habían instalado la luz y el color de Marisol, ahora Pepa Flores, comunista, y que por aquí ya éramos modernos, liberales (en todos los sentidos) y prestos a satisfacer los apetitos del mundo desde la villa capitalina. Sí, Madrid era una fiesta y aún estamos barriendo los restos en nuestras calles.

Hay veces en las que nadie estuvo y otras e las que estuvo todo el mundo. Por ejemplo, en 1945 lo aliados descubrieron pasmados que no había nazis en Alemania, bueno, tal vez un puñado, pero muy pocos, incluso aquellos que habían empleado esclavos en sus fábricas o en los proyectos mesiánicos de Hitler, o en las bombas volantes, no eran nazis, sobre todo estos últimos, tan útiles para la Guerra Fría. En el otro lado de la balanza, tenemos el mayo francés, o las carreras ante los grises, donde hubo tanta gente que resulta increíble que De Gaulle o Franco no cayeran inmediatamente. En Woodstoock también estuvieron millones de personas, aunque los datos nos digan que fueron unos miles. Y en la Movida, en la Movida estuvieron hasta Mecano y Miguel Bosé.

Por no entrar en esto más de lo necesario recomendaremos la lectura o seguimiento de sus andanzas del musicólogo Eduardo Viñuela, que de esto lo sabe todo o casi todo y lo explica de un modo muy lúcido, pero baste decir que hubo varias movidas, o varias olas, incluso variantes de un mismo movimiento que nos trajo, sí, maravillas como Radio Futura, y también un lastre que aún cuesta arrastrar (el de la “Edad de oro del Pop español) y una España que mostró en aquellos momentos que iba a decantarse por el “a colocarse” y aborregarse antes que a desmontar lo que la dictadura había dejado atado y bien atado, a aquello, groso modo, se le llamó, y se le llama, hoy en día, transición. Bueno, pues en aquella movida, en aquel Madrid festivo corría al fin el aire, y con un aire respirable, y una coyuntura favorable a todo lo que oliera a apertura y modernidad, llegaron los conciertos. Sí, el de los Rolling Stones en el Calderón en 1982, otro acontecimiento planetario en el que, si hacemos caso a quienes dicen haberlo visto in situ, millones de seres humanos se empaparon bajo una tormenta que se llevó el recuerdo del heroico concierto que dieron los ingleses seis años antes en Barcelona, con intervención policial en las calles. Pero, aunque molaban, los Stones no eran lo suficientemente modernos, lo suyo era traerse un grupo inglés, pues era a Inglaterra a donde se miraba en aquellos primeros años ochenta, que fuera bueno, casi incontestable, adorado por la critica y con suficiente reconocimiento popular como para que aquello tuviera la resonancia necesaria, había uno que cumplía perfectamente con las dos condiciones. The Smiths.

19850518BigEl 18 mayo de 1985, fiestas de San Isidro, llegaron unos héroes de clase obrera, por así decirlo, que venían a tocar a un país que había decidido olvidar su pasado inmediato y exhibir la cara vista, que era un anuncio de Signal.

Resulta curioso que el grupo que diera su pátina de modernidad internacional a la movida fuera uno que venía de Manchester, de los suburbios, de la Inglaterra golpeada por la reconversión liderada con mano de hierro por Margaret Thatcher (Morrissey la odia con el mismo ahínco que entonces por mucho que la señora ya no cotice entre los vivos), un grupo liderado por el citado Mozz, que venía del mundo de los fanzines minoritarios, casi onanistas, la devoción loca por los New York Dolls y un barrio en el que convenía, y conviene, andar ligero.

En mayo de 1985 los Smiths llegaron para tocar en Madrid, al Paseo de Camoens, dentro de esa larga festividad que es mayo para la capital, y más en aquellos días. Los grupos ingleses, ya está dicho, mandaban mucho entonces. Santiago Auserón decía que mientras en España un grupo tocaba tres veces ante cien personas y luego ya lo hacía ante tres mil, en Inglaterra tocaban mil veces ante trescientas, otras tantas ante quinientas y luego ya ante tres mil, y ensayaban, ensayaban mucho. Generalizaba para lo bueno y para lo malo, pero desde luego allí daban lecciones de cultura pop y de música popular, no las recibían, y allí se grabaron momentos memorables y terribles fiascos de grupos señeros de la dichosa movida: la Canción de Juan Perro estaría entre los éxitos, y algunos arreglos de Nacha Pop entre los fracasos. El caso es que cada vez que venía un grupo de allí se notaba la diferencia, si el equipo técnico lo permitía, que esa es otra, aquí el que se partió la cara para poner la calidad de sonido y la puesta en escena decente fue Miguel Ríos, pero el nivel medio, en aquel 1985 dejaba mucho que desear, tal vez por eso las bandas de fuera, también por norma general, siempre se empeñan en sonar del mejor modo posible, haciendo pruebas largas y trayendo consigo equipo propio, y aquí a veces no le hacemos mucho caso al tema (craso error).

Los Smiths tenían un envoltorio pop cuidado hasta el delirio, las portadas de los singles, de sus discos, los movimientos y el aspecto equivoco de Morrissey, las guitarras de Johnny Marr, la producción exquisita, que ha soportado bastante bien el paso del tiempo, pero festivos, lo que se dice festivos, no eran. No lo era si se escuchaban las letras, no lo eran si una vez escuchadas esas letras se las traducía, de lo contrario podía bailarse hasta la náusea con la sonrisa puesta y dando un salto mortal el Hang the Dj sin caer en la crítica al inmovilismo de las radiofórmulas y de las escenas dominantes, que en la pérfida Albión también se había apostado por el bailar descabezado para desarticular cualquier atisbo de mensaje político en las canciones que copaban las listas de ventas y éxitos. Lo contaba Ray Loriga en su día en El País: los Smiths tocaron aquella noche uno de sus momentos más elevados y arrastrados, Heaven Knows I´m Miserable Now, con su contundente “Era feliz entre la neblina de la hora etílica, pero el cielo sabe que soy miserable ahora, estaba buscando un trabajo, y encontré un trabajo, y el cielo sabe que soy miserable ahora”, allí en el epicentro festivo mundial, en el Madrid me mata y de Madrid al cielo, en la España alocada que estaba a punto de pasar de Garci a Almodovar en los Oscar, en el proceso de convertir el petardeo en la cultura del petardeo, en la rendición de las reivindicaciones sepultadas durante cuarenta años, en el canta y no llores, en el proceso que llevaba de la pana a la lana (en el sentido mexicano de la palabra), en el inicio de la gran burbuja que nos tiene calados hasta los huesos, en las noches y las calles de Madrid que hicieron bien a unos y fueron la tumba de tantos, en la cresta de la nueva ola, en el momento en el que sonaban o se gestaban las canciones que, aún hoy, se pinchan en los bares que ponen “música española”, allí en el reino de la sonrisa en polvo congelada, tocaron unos tipos de Manchester que sonaron mal y no parecían comprender nada, como cuando vinieron los Beatles, pero veinte años más tarde, vinieron los Smiths.