PJ HARVEY & BJÖRK: SATISFACTION (1994)

Por Jorge Alonso

Iba a ser Kate Bush, pero prefirió mantener su agenda, y cuando los Brit Awards tuvieron lugar ella estaba en Alemania promocionando The Red Shoes. Pudo haber sido Tory Amos, también presente en aquella gala de febrero del 94, pero no, tampoco. Björk iba a estar seguro, Pj Harvey fue quien acabó acompañándola. No hubo demasiados ensayos. Y tocaron “Satisfaction”, nada menos.
En 1994 el Grunge se mantenía con vida, pero estaba a punto de perder a su cabeza más visible, Kurt Cobain, sobrepasado por la fama, la presión, las críticas que señalaban el inmovilismo de la fórmula que tan maravillosa parecía apenas tres años antes y con la prensa más sanguinolenta pegada a los talones de su familia (casado con Courtney Love y padre de una hija). Cobain amagó con irse a base de pastillas en marzo, y lo consiguió a tiro limpio en abril. Afortunadamente, la misión del grunge ya estaba hecha. Lo que no había conseguido el punk, la new wave o el primer indie de los ochenta, lo hicieron Nirvana, Pearl Jam, Alice In Chains, Soundgarden, Screaming Trees y compañía. Por fin la música popular alternativa se abría hueco y llegaba a quienes se les había ocultado su existencia tras las radiofórmulas machaconas y la prensa especializada en tendencias circulares en el tiempo. Así nos enteramos de Seattle, y tirando del hilo llegamos a grupos que se escondían tras los grandes nombres sustentados por la industria del entretenimiento. Incluso fue posible que artistas que tenían el techo de cristal muy bajo acapararan horas de calidad en televisión y medios en principio ajenos a sus propuestas.

Que la ex Sugarcubes y la ex Automatic Dlamini llegaran a nuestros oídos sin más impedimento que el de su género, no es poco y da para mucho. Debut de la islandesa, y tanto Dry como Rid of me, de la de Dorset, habían funcionado bien. Pulgares arriba de la crítica más sesuda y público creciente en las tiendas y las taquillas.
Con todo, en aquel febrero de 1994, cuando la franela estaba a punto de ser apartada por los flequillos británicos con la misma violencia que ella había desterrado los cardados californianos, poder contemplar en el escenario de los Brit Awards a Pj y a Björk no dejaba de resultar curioso, e incluso de provocar alguna sonrisa condescendiente. Pese a que esta última había sido la sensación independiente del año anterior, y acabaría ganando dos premios en la misma gala (mejor nuevo artista internacional y mejor artista internacional femenina), la sensación que flotaba en el ambiente, o en ciertos ambientes, era esa tan conocida de ahí van las mocinas, las raritas, el toque de color, la cuota de… Y en eso empezaron.

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En 1994, la revista musical Q lanzó un reportaje titulado “Hips.Lips.Tits. Power” sobre el poder femenino de tres cantantes “alternativas”: PJ Harvey, Björk y Tory Amos

Ahí están las dos. Solas. Sin escenografía, sobrias, austeras, romanas. Pj comienza con ese paso lento de blues que maneja a la perfección y va soltando las primeras líneas desde una cueva oscura, se van arrastrando mientras el colchón del teclado de Björk va dejándose notar y su voz  se suma cautelosa al gruñido de Harvey.

La actuación está en las redes, está dispersa por la dermis y las retinas de quienes lo disfrutaron en aquel momento, de quienes consiguieron el audio en Napster, de quienes se lo tropezaron poco a poco en el camino. Cuando acaba la primer estrofa van tan bien empastadas que parece que llevaran años juntas sin hacer otra cosa que tocar “Satisfaction” día y noche, aunque da la sensación de que estamos ante otra versión depresiva propia de la época, otra vuelta de tuerca oscura, otro revisitar comedido y cabizbajo. Pero continúan, y puede sentirse el modo en que se tensan las mandíbulas. Pj Harvey se deja ir  trepando y ganando en humedad y Björk va desatando su torrente sin que las dos gargantas se desdigan, por mucho que la letra no coincida durante un milisegundo. Ahí están la rabia, ahí la mala hostia, ahí la decisión, ahí la queja encendida, ahí dos serpientes devorando manzanas y acabando firmes, plantando desafiantes los pies que golpeaban el suelo al unísono, y sonriendo a una audiencia disparada a quemarropa en sus casas, en sus asientos, en sus féretros,  dando un nuevo sentido a una canción que parecía pasto de miradas al pasado y batallitas vacías.
Aquel día, en algo tan sospechoso como unos premios, la música popular mostró la fuerza que nunca había perdido, que solo habían hurtado y escondido. Y “Satisfaction”, el himno contra la complacencia que nació en una piscina, el que arrebató al mundo y aupó a los Stones a los altares del incipiente lado peligroso masivo, con sus connotaciones sexuales más que evidentes, sus carreteras libres y  su peligroso aire intrascendente, la canción que vibró en la garganta del negro que los blancos adoraban, Otis Redding, la que parecía afilarse contra los cantos contradictorios del sistema que todo lo prometía pero no siempre daba, la que estremecía los cuellos almidonados y expandía las pupilas de ira, la que contoneaba las caderas, esa canción que con el paso de los años se había convertido en una estándar inofensivo, un lugar al que volver para hacer turismo de rock, un letanía con la misma carga de profundidad que el barco pirata de Playmobil, volvió a incendiarse en todo su esplendor en las manos de dos artistas imprescindibles. Y ahí siguen las tres.