Guía del electorado francés

Por Pablo García Guerrero

Las encuestas electorales plantean una inédita disputa en la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas que se celebrarán el domingo 23 de abril. Los cinco principales candidatos tratan de alejarse de las cenizas dejadas por los cinco años de presidencia de François Hollande, con su balance de paro, austeridad, intervencionismo militar y terrorismo islamista. Un electorado aún en buena parte indeciso puede enterrar la alternancia bipartidista que ha gestionado Francia desde la segunda guerra mundial.

1) Elector bobo (bourgeois-bohème)

Está muy perdido últimamente. Barba de peluquería, playeros Stan Smith y mucha Nueva York; apenado por Alepo; aterrado por los extremismos «de ambos lados»; comprensivo con «las minorías» y defensor ante todo de las libertades individuales; laico esquivando el conflicto; de mal beber, acaba desenfrenado en las fiestas y molestando al vecino del cuarto. Anticomunista. Frente al fascismo, respeto. Le encanta Bretaña y va de fin de semana a Deauville. Se creyó a Hollande y lleva cinco años escondidos por la vergüenza.

Candidato: Benoît Hamon

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Benoît Hamon

Benoît Hamon, victorioso en las primarias que el Partido Socialista organizó para que ganara Manuel Valls y que le salieron tan mal que ahora a Hamon sólo lo quiere el irreductible grupo de los socialistas puros, esos que aún creen en la capacidad de la socialdemocracia para cambiar algo, maniquíes. Hamon plantea que 1) una «renta básica universal» acabará con las desigualdades sociales y creará una epifanía ciudadana que obligará a «los mercados» a ser más «éticos»; que 2) la principal amenaza internacional de Francia es el «unilateralismo» de Trump, Putin y China; que 3) en Europa se imponen «reformas», y que es siempre en el marco europeo donde dicha epifanía podrá encontrar su más afinado eco; que 4) debe ser «igualmente» protegida una mujer con «minifalda» que una con velo, pues ambas sufren la «misma» (o)presión; y que 5) los extremismos se solventan con amor, abrazos y corazón («Hacer batir el corazón de Francia» es su lema). No llegará a la segunda vuelta, porque los líderes del partido, ante tan radical programa, piden el voto para Macron, los que votaron a Hollande aún tienen miedo de salir a la calle y los menos sensatos se van a Mélenchon porque sube en las encuestas.

2) Elector emprendedor

De pelo suavísimo, camisa por dentro y zapatos negros, están los perfiles del «qué hay de lo mío» y del «a ver si pillo», que pueden mostrarse con la misma forma humanoide. Van votando desde hace décadas a derecha (Chirac, Sarkozy), izquierda (Mitterand, Hollande) o centro (Bayrou) como si clicaran likes en Facebook, siempre con la idea en la cabeza de que el «desmesurado» Estado francés les debe algo y de que los demás no se esfuerzan lo suficiente porque sobra protección social. Los impuestos son Satán, los espejos son Alemania o Estados Unidos. Start-ups, Uber, telecomunicaciones. Frente a las clases subvencionadas y a las élites bobo-intelectuales, se definen como los franceses de «clase media» que madrugan para ir a trabajar, pagan todos los impuestos jamás imaginados y encima se tienen que comer los atascos de París por culpa de una alcaldesa socialista que se ha puesto a peatonalizar calles. «Proactivos.» Van también de vacaciones a Bretaña con su Mégane break, Samsung Galaxy y alemán de segunda lengua para sus hijos. El petit peuple impregnado de individualismo y ambición. Gente perdida que cree que sabe pero no. Ya tienen controladas todas las fiestas y puentes de la década y, si quieren algo, te pisarán la cabeza para obtenerlo.

Candidato: Enmanuel Macron

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Enmanuel Macron

Emmanuel Macron, después de ser chico de oro Rothschild, consejero ojos azules de Hollande y ministro sonriente de Economía, abandonó el Gobierno porque no le había convalidado toda su ley ultraliberal y montó en dos días su movimiento En Marcha con donaciones de grandes empresarios y dice él que de muchos de esos pequeños empleados que madrugan y se comen todos los atascos. Macron lleva desde entonces ocupando más espacio mediático que cualquier otro candidato y, cuando empezaron a salir encuestas, apareció milagrosamente en cabeza. Lo apoya un abanico inverosímil de ministros socialistas, el ex secretario general del Partido Comunista Robert Hue, conservadores, centristas, banqueros modélicos, cantantes, modistos y tertulianos. Escribió un libro que se llama Revolución (!), donde dice que «el Estado, los responsables políticos, los altos funcionarios, los dirigentes económicos y los sindicatos» tienen que cambiar sus «hábitos». Propone: 1) menos impuestos para absolutamente todos y cada uno de los sesenta y siete millones de franceses, empresarios, banqueros, trabajadores, estudiantes, parados, agricultores, modistos y tertulianos; 2) ni izquierdas ni derechas, ciudadanos modernos; 3) amor al país pero sin obsesiones raciales, en Europa de la mano y todos amigos; 4) menos impuestos para absolutamente todos y cada uno de… Sigue líder.

3) Elector responsable

El perfil conocido de chaquetón Barbour, zapatucos, misa y paseín por el centro, etcétera. Asustados de lo que se ve por la calle, con tanta delincuencia y tanto moro. Se manifestaron a gritos contra la ley de matrimonio homosexual, agitando, con una mano, banderas rosa y azul y, con la otra, a sus niños melón de primorosas coletas y nívea piel inmaculada. Se tragan todo lo que diga la privatizada TF1. Sin la tosquedad celtibérica, es el votante del autoproclamado gaullismo, que, como se sabe, puede ir de Malraux a Giscard d’Estaing, de Le Monde y su suplemento de cultura a Le Figaro y sus consejos de moda para bautizos, sin ruborizarse. Están aterrorizados por el ascenso de los «extremismos» y los «populismos».

Candidato: François Fillon

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François Fillon

Tuvieron sus dudas en las primarias de la derecha entre la perfidia de Nicolas Sarkozy y la «moderación» de Alain Juppé (hasta fueron a votarle ilusos del grupo 1), pero fue Fillon quien los convenció con su pose cerúlea, su pelo inmóvil de sacramento y su plan de choque basado en 1) echar a medio millón de funcionarios, 2) bajar salvajemente los impuestos a las empresas para que, con lo que se ahorren, contraten por una miseria a los pringados del grupo 2; 3) frente al multiculturalismo, la Francia de boina y sacristía; 4) tender la mano a Putin, que no parece haber apuntado sus misiles contra París, y salvar a los «cristianos de Oriente». Que su mujer Penelope llevara veinte años cobrando sueldos de la Asamblea nacional sin haber pisado en su vida el parlamento no ha roto la fidelidad de los padres melón, pero otros caballeros menos beatos se están yendo hacia el puro Macron, a ver si así de paso pillan también algo. Los líderes del partido no se hacen fotos con él y, arrinconado, se refugia en el conservadurismo moral y en la obsesión contra el sector público para arañar votos de donde sea. Se quedaría al borde de la segunda vuelta según unas encuestas que nunca tienen en cuenta la disciplina militar en el voto de la derecha.

4) Elector lumpen

Variaciones sobre un mismo tema: el analfabeto, el nazi, el hater. Como hay más pobreza y menos para repartir, más violencia y menos trabajo, mucho inmigrante y poco para los de aquí, el lumpen se multiplica. Y al lumpen lo ronronean los haters y lo adoctrinan los nazis de toda la vida, Juana de Arco, Pétain, los pieds noirs, las esencias y purezas, lo nuestro, la casta (¿la trama?), cerrar fronteras para que no entren más. Unos: agricultores que no ven más allá de sus fertilizantes cancerígenos, los profesionales del blablacar, los parados de larga duración en Lille o los jubilados horteras en Niza, esos obreros y peones «desencantados» que lanzan ahora al inmigrante todo el odio acumulado por los fracasos de los que antaño se acusaba al capital. Otros: mamporreros, pistoleros, ultras, fascistas de libro, monárquicos y nacionalistas, que han convertido al nuevo-viejo fascismo en un movimiento presentable y respetable al que hasta le han cambiado el nombre: populismo, patriotismo, orgullo nacional. Quedan por fin los hijoputas habituales, haters de las redes sociales, veneno, gente tóxica que crea ganchos para conseguir un clic y ampliar así la bola de mierda. Lo tienen claro y les funciona.

Candidata: Marine Le Pen

 

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Marine Le Pen

Se hizo con el poder dentro del Frente Nacional apartando a la vieja guardia de su padre, todo correajes y negacionismo, y le ha lavado la cara contándole al personal lo mismo pero en verso: que la culpa de todo es de la casta (¿la trama?) y de los inmigrantes, y que su pueblo de petit français harto de «los políticos» no merece a esa casta (¿trama?) que todo lo mangonea con el objetivo de a) saquear el país y b) venderlo a los moros. Los analfabetos han logrado por fin descifrar ese simple mensaje y ya van corriendo en el posindustrial norte y la hortera Costa Azul a vitorear desgarrados a la rubia enriquecida con los negocios oscuros de su padre y protegida por la inmunidad parlamentaria de sus corruptelas en Bruselas, que les da el odio que necesitan y la identificación física del enemigo que los conforta en su mediocridad. Los haters pueden hablar por fin dando la cara, porque su mensaje se hace querer y ella sale todos los días en la televisión normalizando el discurso, ganando votos. La aúpan por fin los nazis porque es quien es, leña al extranjero y cierre de fronteras, aunque preferirían que sacara las pistolas y el brazo en alto a pasear de vez en cuando, como su padre, y se dejara de moderación y sonrisas. Según el día, lidera las encuetas. Quizá, al final, barra.

 

5) Elector desencantado

Perfil estético difuso, donde predomina el «pues yo me veo bien», que todo lo allana. Nostálgicos de un mañana que no fue. Siempre han vivido malos tiempos para… Los obreros que no han caído en el fascismo mantienen la tensión en las fábricas pero últimamente les ha comido el terreno la CFDT con su sindicalismo cristiano y pactista, y pierden más tiempo peleando con los compañeros que con el patrón. Profesores de enseñanza media, conductores de metro, twiteros, montañeros. También, desde que al candidato socialista lo han dejado tirado, se dejan caer por aquí algunos elementos del grupo 1, que siempre menospreciaron a la izquierda anticapitalista y que ahora se ven ante el dilema de tirar a la papelera su sobre con la rosa y el puño, votar a un rojo o quedarse en casa viendo Netflix; llenan los arribistas la primera fila de los mítines, con banderas tricolores y pegatina de la Francia Insumisa en el suéter, suben las encuestas y desbordan los retuits. Pues estupendo.

Candidato: Jean-Luc Mélenchon.

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Jean-Luc Mélenchon

 

Caso único en el universo de quien, en vez de entrar al PS cuando ganaba, se fue. Senador y ministro, Jean-Luc Mélenchon los dejó plantados, fundó el Front de Gauche y concurrió en coalición con el Partido Comunista a varias elecciones, siempre rondando las plazas con premio, pero nada. La dirección del PCF quiso tumbarlo en octubre, pero sus bases votaron mayoritariamente por que el partido lo apoyara en las presidenciales. Lleva un phi griega como lema, phi de filosofía ilustrada, de hombre cultísimo sin elitismos de Complutense, robesperriano, guillotinesco, ambicioso y combativo, el escudo contra el capital, el piolet contra el fascismo. Quiere 1) salir de la OTAN, 2) renegociar los tratados europeos, rechazar «el chantaje de la deuda pública» y, en último término, plantear un referéndum de salida de la Unión, 3) contratar a sesenta mil profesores y ¡pagarles más!, y hasta 4) prohibir la presencia de cargos públicos en actos religiosos. Arde Twitter con sus discursos y sus mítines multitudinarios y las encuestas lo sitúan a un paso de la segunda vuelta, a un dedo del Elíseo, gobernado por un rojo. Tiemblan las mesas de los tertulianos.

 Los demás. Hay otros siete candidatos a las presidenciales, sin apenas posibilidades de llegar al cinco por ciento de votos. Su intención es agitar al electorado de su bando, hacer currículum o tocar los huevos. Hay friquis, fascistas y trotskistas. De los votos que dejen sueltos puede nutrirse cualquiera de los de arriba que llegue a la segunda vuelta. O no, vete tú a saber.

Misterio. El misterio de las elecciones, y que en realidad es lo que puede hacer cambiar todo el plan rigurosamente detallado por las últimas ocho mil encuestas y por las líneas garabateadas hasta aquí, es el del casi cuarenta por ciento de franceses indecisos, abstencionistas compulsivos, pasotas o que no se enteran. También están los hijos de la inmigración, cuyo desafecto hacia Francia resulta electoralmente imprevisible. Y los islamistas, que quizá se queden en casa a la espera de que en 2022 se presente a las elecciones el imán del barrio o el próximo suicida de DAESH.